Esta nueva sección, MAR DE LOS ELOGIOS, será un espacio
de reconocimiento y alabanzas para quienes, a nuestro entender, se
hayan destacado en la promoción de la poesía actual en español,
ya sea con su propia obra o con esfuerzos y logros como editores o
estudiosos, y hayan abierto vías para la difusión y supervivencia
de este género literario. A este mar de oleajes amplios
también traeremos, ocasionalmente, a otros autores que hayan luchado
por conectar y estimular los distintos modos y lenguajes de la
poesía con publicaciones, intercambios, antologías, compilaciones,
o cualquier actividad encaminada a propugnar la expresión poética
en su independencia, su diversidad y su misterio.
La revista digital de poesía
DECIR DEL AGUA cumple ahora un viejo deseo, el de reconocer y saludar
con entusiasmo la labor de Francisco Morán (La Habana, 1952), quien
desde hace años ha venido desplegando sus energías en varios terrenos
de la cultura y en particular el de la poesía. Esa labor, hoy
en día, ya ha cobrado dimensiones indudables. Desde la publicación
de sus primeros poemarios en 1997,
Ecce Homo y
Habanero tú,
y más tarde con la fundación en 1998 y el constante esplendor de su revista
digital,
La Habana Elegante (
www.habanaelegante.com), las energías
y la personalidad de Morán no han dejado de manifestarse y fructificar.
En 2000 publicó en Madrid, por la Editorial Verbum, y con selección
y prólogo suyos, una antología de poesía que definitivamente
lo colocó en el panorama de la insólita diversidad cubana:
La
isla en su tinta. Con criterios renovadores y decantada
osadía, Morán expuso en esa obra su visión personal y estimulante de
las corrientes temáticas y las imantaciones que primaron en la
poesía cubana del siglo XX. Despertó revuelos, como ocurre con
todo gesto realmente creativo. Pero no descansó ni se olvidó
de sus propios versos: en 2001 publicó un nuevo poemario,
El cuerpo
del delito, en que reafirmó su voz y sus propósitos expresivos
. Por
todo eso, y por los poemas inéditos que nos ha entregado y publicamos
a continuación, lo saludamos aquí con gran fervor y regocijo.
Bajo el cielo de Corinto
las
uvas cuelgan ausentes de sí mismas,
suspendidas sobre el gusto,
alzadas
en vilo por la mano que las condena,
no a la mordida,
sino a la convicción
profunda de la boca.
Míralos danzar desnudos.
Parecen inmortales,
con
los ojos fijos en la carne,
empapados de vino.
Bajo la túnica transparente
de la piel
se mueven animales que nadie ha nombrado nunca.
Hay que trabajar
la piel
hasta conseguir el ardor deseado.
Ellos lo saben, y por eso,
bajo el sol de Corinto
bailan desnudos.
No temen a las epidemias, ni
a las hambrunas,
o a las guerras.
Sus cuerpos se balancean
como racimos
henchidos de jugosa
podredumbre.
No les importa.
Descubrieron que la lepra
no es más terrible
que el tiempo.
Mientras echan ratas por la boca,
se besan unos a otros,
y
se contagian amorosa,
apasionadamente.