LAS EDADES DE ZENOBIA
1
A
los dieciocho años, Zenobia tenía ojos ávidos y no usaba lentes. Los
cabellos, de un negro inestable, caían en breves ondas sobre los hombros.
Su cuerpo delgado le imponía una fragilidad que no tenía. Sonreía
siempre como si escondiese el rostro bajo las sombras.
2
A
los treinta y dos años, Zenobia tenía ojos obvios y todavía no usaba
lentes. Los pómulos, de un moreno oscuro, casi encubrían la nariz
menuda. Los cabellos, reclusos. Una línea —casi arruga— le daba a
su cabeza un aire de austera blandura. Pero ninguna dureza en el conjunto,
ningún soturno trazo.
3
A los cuarenta años, Zenobia tenía
ojos sobrios y comenzó a usar lentes de aros de tortuga. Los cabellos,
cortos. La línea en la cabeza, ahora un surco. Su semblante era raro.
La sonrisa esquiva: su punto de fuga. La ganaba una incierta elegancia,
casi absurda.
4
A los cincuenta y ocho años, Zenobia tenía
ojos sólidos, bajo sus lentes rústicos. Con el susto de la edad comprendió
que todavía estaba a tiempo y quiso experimentarlo todo. En los cabellos
grises, ninguna señal de pudor. Inmune al peso del mundo, parecía
no tener culpa o temor.
5
A los setenta y cuatro años, Zenobia
tenía ojos estoicos por detrás de los lentes de armadura curva. Llevaba
el cabello de nube al nivel de la nuca. Y a pesar del luto, no perdía
su esplendor. Sabía sacarle el jugo a todo, incluso a las cosas lúgubres.
Su vida era el resumen de su nombre. Todos decían que no moriría nunca.
6
A
los ochenta y dos años, Zenobia parece tener setenta y cuatro. Los
ojos, bajo los lentes sin aro, están inlágrimes. Los cabellos, ralos,
de un blanco insomne. Es evidente que ya no existe dolor o noche para
su alma. En el aura de la edad, ya sabe casi todo. Y todos ya piensan
que ella es un milagro. O un sueño.
MIRABILIS Y BONINAS
1
Plantas de raíces drásticas
eran cultivadas por Zenobia en 1976. Eran doce las especies que crecían
en el raro jardín que había creado en su nueva casa. De ellas cuidaba
como si fueran una dádiva, una belleza ideal o su nada.
2
Cuando
murió su primer perro, Zenobia sintió tanto dolor que escribió cien
veces el nombre del animal en el piso del cuarto. Eran las once menos
cuatro cuando completó el cuadro. Fue a dormir casi sin culpa o cansancio.
Soñó con un pájaro sin ala.
3
En 1987, Zenobia conoció en
la calle a una mujer que vendía palabras. Eran todas inventadas. Le
encantó “inlágrime”. La compró, sin alarde. Sin embargo, más tarde
supo que esta era una palabra robada.
4