DECIR DEL AGUA /
Duodécima entrega / octubre de 2005 / página 7
(La sección OTROS ÁMBITOS continúa en la página siguiente)
Anasor ed Searom:  Criaturas do Fogo, 2005. Óleo sobre tela y oro, 15 x 10 cm.
Cinco poetas contemporáneos de Brasil
OTROS ÁMBITOS /
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Poemas de Maria Esther Maciel

LAS EDADES DE ZENOBIA

1

 

A los dieciocho años, Zenobia tenía ojos ávidos y no usaba lentes. Los cabellos, de un negro inestable, caían en breves ondas sobre los hombros. Su cuerpo delgado le imponía una fragilidad que no tenía. Sonreía siempre como si escondiese el rostro bajo las sombras.

 

2

 

A los treinta y dos años, Zenobia tenía ojos obvios y todavía no usaba lentes. Los pómulos, de un moreno oscuro, casi encubrían la nariz menuda. Los cabellos, reclusos. Una línea —casi arruga— le daba a su cabeza un aire de austera blandura. Pero ninguna dureza en el conjunto, ningún soturno trazo.

 

3

 

A los cuarenta años, Zenobia tenía ojos sobrios y comenzó a usar lentes de aros de tortuga. Los cabellos, cortos. La línea en la cabeza, ahora un surco. Su semblante era raro. La sonrisa esquiva: su punto de fuga. La ganaba una incierta elegancia, casi absurda.

 

4

 

A los cincuenta y ocho años, Zenobia tenía ojos sólidos, bajo sus lentes rústicos. Con el susto de la edad comprendió que todavía estaba a tiempo y quiso experimentarlo todo. En los cabellos grises, ninguna señal de pudor. Inmune al peso del mundo, parecía no tener culpa o temor.

 

5

 

A los setenta y cuatro años, Zenobia tenía ojos estoicos por detrás de los lentes de armadura curva. Llevaba el cabello de nube al nivel de la nuca. Y a pesar del luto, no perdía su esplendor. Sabía sacarle el jugo a todo, incluso a las cosas lúgubres. Su vida era el resumen de su nombre. Todos decían que no moriría nunca.

 

6

 

A los ochenta y dos años, Zenobia parece tener setenta y cuatro. Los ojos, bajo los lentes sin aro, están inlágrimes. Los cabellos, ralos, de un blanco insomne. Es evidente que ya no existe dolor o noche para su alma. En el aura de la edad, ya sabe casi todo. Y todos ya piensan que ella es un milagro. O un sueño.

MIRABILIS Y BONINAS

1

 

Plantas de raíces drásticas eran cultivadas por Zenobia en 1976. Eran doce las especies que crecían en el raro jardín que había creado en su nueva casa. De ellas cuidaba como si fueran una dádiva, una belleza ideal o su nada.

 

2

 

Cuando murió su primer perro, Zenobia sintió tanto dolor que escribió cien veces el nombre del animal en el piso del cuarto. Eran las once menos cuatro cuando completó el cuadro. Fue a dormir casi sin culpa o cansancio. Soñó con un pájaro sin ala.

 

3

 

En 1987, Zenobia conoció en la calle a una mujer que vendía palabras. Eran todas inventadas. Le encantó “inlágrime”. La compró, sin alarde. Sin embargo, más tarde supo que esta era una palabra robada.

 

4

 

Alicia Mirabilis fue el nombre que Zenobia usó cuando publicó su libro sobre los milagros de Santa Clara. Ya al escribir sobre Teresa de Ávila había escogido el nombre Notylia. Lo descubrió cuando estudiaba las orquídeas en una isla que inventó el día de su mayor alegría.