LOS AMORES DE ZENOBIA
1
Todo sucede en
nosotros mucho antes de haber sucedido —dijo él. Zenobia sonrió con
un sí, mientras lo ayudaba a colocar las hebillas en los zapatos que
él mismo había hecho en el taller de calzados de su padre. Ella, que
siempre había sentido encanto por los zapateros y mantenía una imagen
de San Crispín en el lado izquierdo del armario, se regocijaba con
el oficio de su bien-amado. Junto a él, se sentía devuelta a la vida
libre. Se conmovía con los mínimos desvíos de la tijera sobre el cuero
y se deleitaba con las gotas de cola que quedaban en las orlas de
botas y sandalias. Allí, con Olavo, el tiempo no tenía ni peso ni
falta. Y el amor parecía estar siempre en los detalles.
2
Raras veces aparecía Ilidio para
decirle que allá, donde nunca estuvo, estaría siempre. Ella sonreía
y lo invitaba a un té de melisa con galletas de jengibre. En las delicias
de aquellos días, sus brazos intercambiaban un contacto, casi caricias.
Hasta que una tarde fría, él la abrazó y la llamó querida. Zenobia
se sintió infinita. Presintió que aquel abrazo era indicio de una
larga alegría. A partir de entonces, comenzaron a encontrarse durante
tardes impares. Al inicio, trocaban sólo abrazos en silencio. Después,
besos sin malicia. Con el tiempo, ya no se daban más cuenta de lo
que hacían. La noticia que se tiene es que siguieron juntos hasta
el momento en que alcanzaron lo que un poeta llamó la inercia feliz
del movimiento.
3
4
Amancio era un joven de cuerpo medio y color intenso.
Tenía en el rostro algo de incisivo e inconcluso. Su dorso era dúctil
y en sus ojos se veía casi todo lo que pasaba en el fondo. Zenobia
no lo pensó dos veces: en aquel hombre estaba su rumbo, el resumen
de su más cercano y distante futuro. Previó que, en poco tiempo, se
sabría de memoria el diseño de sus uñas, la curva de su nuca, la trama
de sus venas y los vellos de sus muslos. Y que, sin él, el mundo duraría
poco. En veintiún nocturnos, escritos en ocho noches de junio, celebró
el jugo de ese amor. Y un día lluvioso, en medio de tuyas y latanias,
descubrió con él que hay cosas (y personas) que no se dejan nunca.
Maria Esther Maciel (Patos
de Minas, Minas Gerais, 1963). Reside en Belo Horizonte. Autora de
Dos haveres do corpo (1985), Triz (1998) y O livro de Zenobia (2004). De este último libro, escrito en prosa, provienen los textos incluidos
aquí.