DECIR DEL AGUA /
(continuación)
Duodécima entrega / octubre de 2005 / página 8
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OTROS ÁMBITOS /
Cinco poetas contemporáneos de Brasil
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Poemas de Maria Esther Maciel

LOS AMORES DE ZENOBIA

1

 

Todo sucede en nosotros mucho antes de haber sucedidodijo él. Zenobia sonrió con un sí, mientras lo ayudaba a colocar las hebillas en los zapatos que él mismo había hecho en el taller de calzados de su padre. Ella, que siempre había sentido encanto por los zapateros y mantenía una imagen de San Crispín en el lado izquierdo del armario, se regocijaba con el oficio de su bien-amado. Junto a él, se sentía devuelta a la vida libre. Se conmovía con los mínimos desvíos de la tijera sobre el cuero y se deleitaba con las gotas de cola que quedaban en las orlas de botas y sandalias. Allí, con Olavo, el tiempo no tenía ni peso ni falta. Y el amor parecía estar siempre en los detalles.

2

 

Raras veces aparecía Ilidio para decirle que allá, donde nunca estuvo, estaría siempre. Ella sonreía y lo invitaba a un té de melisa con galletas de jengibre. En las delicias de aquellos días, sus brazos intercambiaban un contacto, casi caricias. Hasta que una tarde fría, él la abrazó y la llamó querida. Zenobia se sintió infinita. Presintió que aquel abrazo era indicio de una larga alegría. A partir de entonces, comenzaron a encontrarse durante tardes impares. Al inicio, trocaban sólo abrazos en silencio. Después, besos sin malicia. Con el tiempo, ya no se daban más cuenta de lo que hacían. La noticia que se tiene es que siguieron juntos hasta el momento en que alcanzaron lo que un poeta llamó la inercia feliz del movimiento.

 

3

 

Belmiro tenía una curiosa hipocondría. Quería todos los dolores que no sentía para, sobre ellos, escribir poemas tristes. Sus achaques eran el eclipse necesario para que surgiera la poesía. Y no había fin que pusiera término a aquel vicio. Al principio, Zenobia tomó tales enfermedades como un capricho. Le divertían, por ejemplo, los versos que él hizo un día a la luz de las alergias que lo atacaban las noches de fastidio. O la oda iluminada por las manchas que le aparecían cuando escuchaba el Vals Mefisto, de Liszt. Su lista de males era casi erudita. Por no decir exquisita. Pero, poco a poco, Zenobia acabó cansándose de aquellas sandeces. No dijo nada: lo dejó al primer solsticio del año. Sin conflictos.
Daniel Vicolli: Meteoro ou A maior obra de arte jamais realizada, 2003.  Collage, 77 x 44 cm. 

4

 

Amancio era un joven de cuerpo medio y color intenso. Tenía en el rostro algo de incisivo e inconcluso. Su dorso era dúctil y en sus ojos se veía casi todo lo que pasaba en el fondo. Zenobia no lo pensó dos veces: en aquel hombre estaba su rumbo, el resumen de su más cercano y distante futuro. Previó que, en poco tiempo, se sabría de memoria el diseño de sus uñas, la curva de su nuca, la trama de sus venas y los vellos de sus muslos. Y que, sin él, el mundo duraría poco. En veintiún nocturnos, escritos en ocho noches de junio, celebró el jugo de ese amor. Y un día lluvioso, en medio de tuyas y latanias, descubrió con él que hay cosas (y personas) que no se dejan nunca.

Traducción de Jesús J. Barquet  / 
Lea el texto portugués en:
MACIEL

Maria Esther Maciel  (Patos de Minas, Minas Gerais, 1963). Reside en Belo Horizonte. Autora de  Dos haveres do corpo  (1985), Triz (1998) y O livro de Zenobia (2004). De este último libro, escrito en prosa, provienen los textos incluidos aquí.