Podrían haber firmado la paz
ayer mismo,
por la tarde,
entre todos los hombres del mundo;
oímos la noticia en
una radio cualquiera,
el aviso inesperado y gozoso,
la calma increíblemente
cerca.
Aparecieron de golpe las risas,
la lógica del sentimiento,
un
dulce llanto
y el vocerío alegre de los niños
corriendo sobre la hierba;
habríamos
bebido las palabras
como una señal para las gentes,
un acto generoso,
como
nubes blancas de banderas
al viento, limpias,
sobre unos cielos muy
profundos
y sin final.
Se podrían escuchar ahora
las palomas dibujadas
de Alberti
llamándonos a parar el instante,
el pálpito de vivir,
y a
dormirnos entonces para siempre.
Te presto el rostro,
con arrugas y accidentes
y ojos miopes
a los
que todavía es posible confiar lágrimas.
Te doy la espalda por todos
los diluvios,
experta en pulmonías, adioses y encomiendas.
El sexo te
fío; hábil caballo en brama,
vacunado contra el virus de pensar con
el glande.
Las manos te ofrezco, diez luceros bebés
y surcos de azúcar
blanco directo en las palmas.
Te presto hasta los pies: convertibles,
ideales
para sigilos, trochas;
de poliespuma / envidia de los gatos.
Úsalo
todo, gástalo. Soy tuyo.
No pido reciprocidad ni gracias.
Y mucho
menos que me devuelvas nada.
Prométeme,
eso sí,
no decirle a nadie
que
son míos.