EL RÍO
CANCIÓN DEL VOLGA
Me quiero navegable como el Volga
y que un hato
de esturiones o de tencas
salten por mi estómago.
En invierno quiero
dar calor a una comarca
y en verano arrancar el escalofrío de un niño.
Me quiero navegable
y que los barcos crujan en mis huesos
y
bailen las muchachas
al compás de una orquesta,
que los viejos pesquen
en mi orilla
y al arenero no falte su jornal,
su vaso de alma.
Me
quiero navegable
y ser reflejo de esos pájaros
que cruzan volando
el continente,
nubes a quienes nada importa quedarse
[en el camino
o deshacerse como uva en el lagar del cielo.
Me
quiero navegable y estar pasando ahora
y cantar a mi modo
No me creeréis. De cuando en cuando un río viene a visitarme.
Un río tan pequeño que apenas pesa nada. Cruza por mi puerta y un
poco sorprendido mira el zócalo, las rejas, el alero. No sabe que
es un río. No sabe que es pequeño. Recuerda, sí, que otras veces pasó
por este sitio, bajó esta calle y se perdió, humilde, por el caño.
Tiene,
como el vencejo, sus fechas convenidas y guarda memoria inquebrantable
de un mar que no conoce.
Mi río es tan pequeño que se olvida
con frecuencia de nacer y, ya nacido, se olvida de morir.
Lo
he visto correr seco, vacío, olvidado de sí mismo, y como el pájaro
que ignora que es calandria o golondrina, pero sabe del Sur y del
Estrecho, mi río se presenta cada invierno modesto como un dios.
A cada
hombre su luna y su salario,
su tanto de sal, su pobre mano
abrasada
y hueca. Yo fui
con esos hombres y como uno de ellos
he vuelto a casa
con la luna en los ojos.
Como cualquiera de ellos
he visto sucederse
la lluvia en los plantíos
y el sol en los últimos jaguarzos de la tarde,
cuando
es la luna todavía un ojo helado.
Cada hombre tiene su luna y
su prodigio,
su tormenta y su hora de estar viendo llover
impasible
a la lluvia. Yo vi a los hombres,
a muchos de esos hombres llegar ante
mi puerta,
llamarme por mi nombre y pues he sido
uno de esos hombres,
y con ellos
dormido en el barbecho
y grabado en este tronco mi memoria
y
su sazón, espero ahora,
aterido y débil, la luz de mi salario.
Manuel
Moya nació en 1960 en Fuenteheridos, lugar donde reside. Ha publicado La noche extranjera (1994), Las islas sumergidas (1997), Salario(1998), Pese al combate (2000), Lección de sombras (2001), Habitación
con islas (1999, antología de los libros anteriores), Taller de máscaras (2002),
Interior con islas (2006, en curso de publicación) y, bajo el
seudónimo de Violeta C. Rangel, La posesión del humo (1998) y Para
nada (1999). Obtuvo, entre otros, los premios Gabriel Celaya, Ciudad
de Córdoba, Leonor y Fray Luis de León. Dirige con Gerhard Illi
la revista digital Hwebra (http://www.hwebra.com).