RETRATO DESDE LA CUERDA FLOJA
REPORTAJE SOBRE LA LUNA
EN EL ANOCHECER URBANO
PUERTAS ABIERTAS
Mientras bailo Rock and Roll, ronda una bala
cuyo blanco
es mi corazón.
Y he salido, sin la compañía de un dios,
a encontrar
el Cielo en un Nightclub
de esta ciudad…
—Hijos míos, la vida
es un rompecabezas
que sólo se logra armar apelando a la ficha de la
soledad.
Quien soy, he sido y seré, sino el deseoso habitante
condenado
a nunca poblar su sed.
Mas siempre nos vendrá a visitar una lluvia
sin nombre
—desposeído diamante del instante—,
que entra, en nuestros
ojos,
entre el abismo y la luz.
¿Por qué ningún periódico anuncia:
“en la otra orilla de una voz el barro vuelve a ser
[el esplendor”?
Otra vez, calzo el júbilo de unos zapatos
para
bailar Rock and Roll
sobre
la eterna cuerda floja.
La luna hace su aparición
por encima de los rascacielos,
como una impostora que escupe en la
mismísima cara
del divino neón urbano.
Y no le importa ser la
decapitada de la displicente
pupila rauda,
que sale de las oficinas,
o atraviesa los expressways,
con la orfandad de su luz a un lado
(ah,
sonata olvidada en la honda senda del latido humano).
Pero la luna
prefiere seguir sonriendo en su habitual patíbulo,
acaso porque sabe
que el que nunca firma contratos,
todos los días conquista lo ya conquistado;
acaso porque avizoró que, un día, esas displicentes pupilas
[raudas,
hartas de promisorias vallas, de sueños empeñados,
sentirían
el peso de esas quimeras de luz
que deshabitan el latido humano.
Por
eso la luna, tan segura,
vuelve a ofrecer su luz ante la displicente
pupila rauda.
Y ahora ha dejado de parecer una súbita mancha que profana
a los rascacielos,
y escucha, con la misma virginidad, la balada
que
provoca en este latido humano;
y comienza a recordar aquel tiempo
en
que éramos los pobladores del anónimo valle,
cuando toda su luz entraba
plenamente
en
nuestra pupila avispada.