DECIR DEL AGUA /
Poemas de Joaquín Gálvez

RETRATO DESDE LA CUERDA FLOJA

(La sección PUERTAS ABIERTAS continúa en la página siguiente, con otro poema del mismo autor)

REPORTAJE SOBRE LA LUNA

EN EL ANOCHECER URBANO

Decimotercera entrega / enero de 2006 / página 11

PUERTAS ABIERTAS

Esta sección de PUERTAS ABIERTAS fue creada a petición de nuestros lectores, y aspira a ser un espacio en que destacaremos, si a nuestro juicio su calidad lo amerita, la obra de aquellos poetas que nos envíen un grupo de textos inéditos con la intención de publicarlos en esta revista.
 
Los poetas que decidan enviarnos sus textos no deberán remitirnos más de diez poemas, con una extensión total máxima de 300 versos.  Ese envío deberá venir acompañado de una ficha biográfica de no más de seis líneas.  Para más detalles, véanse las ACLARACIONES EDITORIALES que figuran al final de la págna 2 de cada número de DECIR DEL AGUA.
 

Mientras bailo Rock and Roll, ronda una bala

cuyo blanco es mi corazón.

Y he salido, sin la compañía de un dios,

a encontrar el Cielo en un Nightclub

de esta ciudad…

 

—Hijos míos, la vida es un rompecabezas

que sólo se logra armar apelando a la ficha de la soledad.

Quien soy, he sido y seré, sino el deseoso habitante

condenado a nunca poblar su sed.

Mas siempre nos vendrá a visitar una lluvia  sin nombre

—desposeído diamante del instante—,

que entra, en nuestros ojos,

                                            entre el abismo y la luz.

 

¿Por qué ningún periódico anuncia:

“en la otra orilla de una voz el barro vuelve a ser

     [el esplendor”?

 

Otra vez, calzo el júbilo de unos zapatos

para bailar Rock and Roll

                         sobre la eterna cuerda floja.

Waldo Balart: Orange Square, 2003.  Tres módulos de 40 x 40 cm,
 acrílico sobre lienzo.
Para Reinaldo García Ramos

La luna hace su aparición por encima de los rascacielos,

como una impostora que escupe en la mismísima cara

del divino neón urbano. 

Y no le importa ser la decapitada de la displicente

pupila rauda,

que sale de las oficinas, o atraviesa los expressways,

con la orfandad de su luz a un  lado

(ah, sonata olvidada en la honda senda del latido humano).

Pero la luna prefiere seguir sonriendo en su habitual patíbulo,

acaso porque sabe que el que nunca firma contratos,

todos los días conquista lo ya conquistado;

acaso porque avizoró que, un día, esas displicentes pupilas

     [raudas,

hartas de promisorias vallas, de sueños empeñados,

sentirían el peso de esas quimeras de luz

que deshabitan el latido humano.

Por eso la luna, tan segura,

vuelve a ofrecer su luz ante la displicente pupila rauda.

Y ahora ha dejado de parecer una súbita mancha que profana

a los rascacielos,

y escucha, con la misma virginidad, la balada

que provoca en este latido humano;

y comienza a recordar aquel tiempo

en que éramos los pobladores del anónimo valle,

cuando toda su luz entraba plenamente

                                                en nuestra pupila avispada.

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