CONVERSACIÓN CON EMILY DICKINSON
Con la canción
ríspida de sus hojas y el ajetreo de las ardillas el otoño acarrea
paraísos
redondos como nueces.
El sillón frente a la ventana acoge el cuerpo
tembloroso de Emily que oprime contra
su pecho un libro, ataúd
de una rosa en su perfil.
La luz extendida sobre el alféizar la envuelve
sin tocarla;
calladamente traduce la biblia de los saltamontes,
explica
la cárdena vestidura de los tulipanes
mientras abriga sus manos con la taza de manzana caliente.
Emily, Emily, la llamo en un susurro y
acude con un trébol
engarzado en sus palabras y el corazón deshecho
en fúnebres migajas,
el legado de amor para los petirrojos.
Pregunto por el texto, aéreo de compasión, que le escriben los
murciélagos,
pregunto por su bandera de abejas ondeando en la catedral
de olmos
y me responde con un viento sombrío y un ramillete de
margaritas secas.
Se aleja la tarde con su manto de soledad y enciende
ella entonces el farol,
que ilumina su rostro, pálido y afilado de
sufrido fantasma.
“Todos visitan mis senderos y repiten mis discursos
esenciales
con palabras ya cubiertas de nieve y arrastradas,
arrastradas
con las piedras hacia el fondo de las aguas.”
Busco el rostro, aprieto
sus hombros delicados
y le digo que el amor es una luz oscura delante
de los ojos,
que teje hilos invisibles alrededor de corpúsculos que conforman la piedad.
Pero esto lleva mucho tiempo, Emily. Aguarda
en tu casa de granito
o quizás en algún otro sitio con tu falda de
brisa tejida por los colibríes.
Aguarda, Emily, que el bosque de la eternidad te pertenece
porque tu corazón está hecho de mariposas
y tu
pie tamborilea el mundo como un ciervo en la espera.
MI SOMBRA
Por las ruas lisboetas Fernando Pessoa
pasea
—y medita— con su sombra.
Mi sombra se me sube a los zapatos,
se arrastra tibia, deshojada,
cautelosa
y se echa a andar dejando su inocencia
por los bordes, sin
prisas, seriamente,
besándome los dedos de la mano.
Se vierte de ella
en ella misma y se devora,
como si no fuera a acontecer en su
reposo
y su cuerpo intacto ya no fuera el cuerpo mío.
Mi sombra
se columpia, se incorpora
y posa, como amada, a mi costado;
se cuela
y precipita de un lado al otro de la calle,
y se va luego, sola, regada
en las aceras
sumándose a las cosas que fluyen por la vida.
Mi
sombra escala y me penetra el alma,
me llama por un nombre que no entiendo
y
se me anida, con su luz, entre las piernas
con sus ropas renegridas
y fragantes,
entre vuelcos y revueltas, como si ella fuera,
--y yo con
ella--, un solo y preterido cuerpo
como si todo ese ir y venir fuera
una seña,
la ruta más exacta de uno hacia uno mismo,
el puerto de ida
y vuelta a Tierra Firme.