EL OTRO JUÁREZ
Recuerdo una
cama de latón en un cuarto
segadoramente blanco, una mujer vestida
de café tomando mi cabeza, y en la pared
colgado el icono de un santo.
Recuerdo
el agua del bautismo resbalando
en mis sienes, el olor del incienso
en el recinto sagrado, el gorjeo de palomas
anidado en la torre y
las monedas de oro
que daba el campanario.
Recuerdo los cotidianos
viajes de la casa
a la escuela, el manchón de uniformes
que corría por
las calles, y el olor de la tarde
perfumando la fruta.
NATURALIZACIÓN
Recuerdo las preñadas higueras en el patio
vecino, el viñedo escurriendo sus racimos
de tiempo, las altísimas
puertas de madera
labrada y el zaguán reluciente en casa
de mi abuela.
Recuerdo
los huéspedes frecuentes en épocas
de invierno, el almuerzo impaciente
esperando
en la mesa y los niños montados en la inmensa
tortuga: ómnibus
trazando una ruta doméstica.
Recuerdo el runrún de los trenes
devorando
la vía y las noches de viaje que el insomnio
alargaba, el
aroma del musgo, la textura
del heno, el desvelo excitante de la noche
de reyes y el adiós a la infancia de alfajor y cajeta.
Recuerdo
las visiones lejanas de una ciudad
distante, las facciones exactas
de los que ya
no existen, mas siguen transitando persistentes
y vivos
en esa otra ciudad también llamada Juárez.
Yo me declaro tuya
pero tú no me reconoces.
Me nombras extranjera.
Mira
en mi piel el mismo color
de tus arenas, y el mismo sol
en el desierto
de mis manos.
No me llames extraña.
Comprueba mi identidad,
mi
religión, mi lengua.
Sobre tu historia y geografía
interrógame y declárame
ciudadana de tu cuerpo.