Carmen Amato (Aguascalientes, 1952). Ha
sido coordinadora de los Encuentros de Poetas en Ciudad Juárez. Ha
publicado los poemarios Hoy somos el silencio (1994), Ciudad que se
restaura (1995), El silencio que se hiela en la blancura de
las hojas (1996) y El silencio de lo que cae (coautoría con Edgar
Rincón y César Silva, 2000). Reside actualmente en Tempe, Arizona,
donde termina su doctorado en español. Los poemas que aquí aparecen
eran inéditos.
LA PUERTA ABIERTA
Para
mi abuela Doña María,
Doña
María dejó cinco hijos:
el menor de sesenta años.
Del hombre no
conoció el amor
sí el desengaño.
Fue padre y madre en su casa,
refugio,
corazón, labranza.
Cruzó fronteras recolectando frutos,
cumplió
su jornada sin reclamo.
Tan sólo fue un engrane en la fábrica
del
mundo y, a veces, por ella
el mundo se paraba.
Doña María se
fue en el momento justo,
antes que los demás
se dieran cuenta
que no
la necesitaban.
Ya se podía prescindir de ella para comer,
para
dormir, para hacer el amor,
para ir al cine o la plaza.
Le gustaba
contar historias de su infancia,
de Doroteo Arango, de su orfandad
temprana.
Fue la piedra angular del matriarcado Almeida.
Por cuatro
generaciones marcó la pauta.
Enseñó que una mujer jamás se rinde
ni
bajo la sombra del hombre descansa.
Campesina del tiempo: siembra y
labra.
Pero ya Doña María no era rama
que diera sombra, ni fruto
que alimentara.
Ya no era tronco que sostuviera,
vivía para sí
y su circunstancia.
Se cansó de ser raíz, se le agotó la savia,
quiso ser pájaro, cometa o estrella,
Doña María se fue ayer
sin avisarnos.
De despedida
(o como invitación)
dejó la puerta abierta.