MOSCAS EN LA MESA
Sergio de los Reyes (La
Habana, 1978). Inició estudios de Ciencias de la Información
en la universidad de su ciudad natal y los interrumpió al salir de
Cuba en enero de 2001. Ha vivido en Madrid y Miami. Actualmente reside en Toronto, Canadá. Los poemas que publicamos
pertenecen a su primer libro, Juegos de una casa, aún inédito.
Las moscas sobrevuelan el rostro
de un eterno vacío,
un vacío fino como el pan de ajo sobre la mesa.
Las
moscas, en el aire, se agrupan
para crear el velo de los sentidos
y
después se frotan sus seductoras patas.
Las moscas no son ajenas
a
ese vaso de leche tibia junto al pan
y se precipitan en la nata blanquísima,
jadean
en el siniestro mar de la lactosa
y en el empeño de salvar sus vidas
resbalan
tristemente
y el cristal queda empañado.
Ese temor a la
muerte las hace humanas
y abren sus enormes ojos como un enfermo
[ante la puerta.
El silencio se acerca con un traje muy viejo
[sobre los hombros
y muestra un libro infinito, lleno de nubes.
Las
moscas, inmóviles, quedan flotando en su codicia,
mientras las otras
se alejan espantadas de la escena.
TRANSPARENCIA
En este momento tocan a la puerta,
dan voces desde afuera,
gritan
nuestros nombres,
observan por las persianas
como buitres al acecho,
avisan
a la policía, los niños hacen preguntas,
los ancianos se ofuscan, exigen
el orden.
En este momento llegan los bomberos,
derriban la puerta,
corren presurosos
por los pasillos, nos vuelven a llamar,
interrogan
la oscuridad con sus linternas,
quiebran los adornos como si fuesen
hojas de papel, encienden las luces,
apagan la música, registran los
armarios,
las gavetas, las huellas en la cama
y no encuentran nada,
absolutamente nada.
PERMANENCIAS
Y van desapareciendo las partes
que una vez le dieron nombre a cada imagen,
sin detenerse así el infinito
lenguaje de las formas.
De seguro han dejado, sobre las aguas
livianas,
aquella mano extendida
que sube al techo y emite señales
cifradas,
como el solitario curso de las horas.
De seguro permanecen,
como esa infancia
que jamás abandona el espacioso salón de los juegos
y esparce en la memoria una vibrante voz
[que no nos deja.
Y van surgiendo así los incesantes sueños
que
nos convocan en la noche
y nos hacen despertar sedientos, con la mirada
turbia,
con un fino silencio,
anunciando que aún no se han marchado.