DECIR DEL AGUA /
(continuación)
Sergio de los Reyes

MOSCAS EN LA MESA

para Luis Carlos,
que se ha ido para siempre
(La sección PUERTAS ABIERTAS continúa en la página siguiente)
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Sergio de los Reyes (La Habana, 1978).  Inició estudios de Ciencias de la Información en la universidad de su ciudad natal y los interrumpió al salir de Cuba en enero de 2001.  Ha vivido en Madrid y Miami.  Actualmente reside en Toronto, Canadá.  Los poemas que publicamos pertenecen a su primer libro, Juegos de una casa, aún inédito.

Decimocuarta entrega / abril de 2006 / página 16
PUERTAS ABIERTAS
Ofill Echevarría: Deshoras , 2003.  Óleo sobre tela, 180 x 95 cm.

Las moscas sobrevuelan el rostro de un eterno vacío,

un vacío fino como el pan de ajo sobre la mesa.

Las moscas, en el aire, se agrupan

para crear el velo de los sentidos

y después se frotan sus seductoras patas.

 

Las moscas no son ajenas

a ese vaso de leche tibia junto al pan

y se precipitan en la nata blanquísima,

jadean en el siniestro mar de la lactosa

y en el empeño de salvar sus vidas

resbalan tristemente

y el cristal queda empañado.

  

Ese temor a la muerte las hace humanas

y abren sus enormes ojos como un enfermo

                                                    [ante la puerta.

 

El silencio se acerca con un traje muy viejo

                                                  [sobre los hombros

y muestra un libro infinito, lleno de nubes.

Las moscas, inmóviles, quedan flotando en su codicia,

mientras las otras se alejan espantadas de la escena.

TRANSPARENCIA

En este momento tocan a la puerta,

dan voces desde afuera,

gritan nuestros nombres,

observan por las persianas

como buitres al acecho,

avisan a la policía, los niños hacen preguntas,

los ancianos se ofuscan, exigen el orden.

 

En este momento llegan los bomberos,

derriban la puerta, corren presurosos

por los pasillos, nos vuelven a llamar,

interrogan la oscuridad con sus linternas,

quiebran los adornos como si fuesen

hojas de papel, encienden las luces,

apagan la música, registran los armarios,

las gavetas, las huellas en la cama

y no encuentran nada, absolutamente nada.

PERMANENCIAS

Y van desapareciendo las partes

que una vez le dieron nombre a cada imagen,

sin detenerse así el infinito lenguaje de las formas.

 

De seguro han dejado, sobre las aguas livianas,

aquella mano extendida

que sube al techo y emite señales cifradas,

como el solitario curso de las horas.

 

De seguro permanecen, como esa infancia

que jamás abandona el espacioso salón de los juegos

y esparce en la memoria una vibrante voz

                                                  [que no nos deja.

 

Y van surgiendo así los incesantes sueños

que nos convocan en la noche

y nos hacen despertar sedientos, con la mirada turbia,

con un fino silencio,

anunciando que aún no se han marchado.