DILEMA
Rodrigo de la Luz (Villa Clara, Cuba, 1969). Estudió
actuación y dirección escénica en el Teatro Nacional de Cuba. Salió de su país en 1998. Ha publicado el poemario Mujer de invierno
(2002). Sus poemas han aparecido en revistas y periódicos
de los Estados Unidos y en diversas publicaciones electrónicas. Reside en Miami. Los poemas que aquí figuran eran
inéditos.
EL CRISTO VIEJO
Hace ya muchos años
que
nadie viene a pedir perdón
por los pecados.
El comején roe mis
brazos sin cesar.
Unos pocos ancianos
y una muchacha hermosa
vienen
a dejar pequeñas limosnas a mis pies.
Me he puesto viejo a la
intemperie,
he permanecido por años
al aire libre del claustro de la
iglesia.
Y aunque alguien robó los clavos que me ataban
aún permanezco
crucificado eternamente.
Soy de una madera muy barata,
no como
esos preciosos crucifijos
que viven bajo techo.
En mi mano derecha
hace algún tiempo
una pareja de palomas hizo nido;
luego anduvieron
volando por el pueblo
como llevando un mensaje de fe.
En la época
de vientos y tornados
se me cae la corona varias veces
y araña la madera
de mi rostro.
En ocasiones parece que lloro
pero es la cera que
el sol ha derretido
y ahora relumbra en la noche misteriosa.
Yo
soy un Cristo más,
yo soy un Cristo,
estoy desnudo como muchos otros
pero
mi desnudez es aún más grande
y la herida que llevo a mi costado
nadie
la ve, no sangra, pero duele.
Vuelvo al silencio de las ecuaciones,
a mi soledad geométrica,
a
la memoria de crucigramas siempre en vilo.
Vuelvo a la acera
de pasos que deambulan,
a la palabra y la frase ininteligibles,
a los
alucinantes resplandores.
Vuelvo de nuevo a las visiones progresistas,
a
mi idea natal de estrella libre,
a las ventanas que se cerraban en
mi espalda.
Vuelvo, finalmente asisto con los ojos vendados
a
la primera emanación casi divina.
Cómo se fue borrando el alfabeto
y
de pronto me ví desamparado.
Loado sea quien toque a esta puerta,
quien
extienda una mano caritativa y ciega;
pero el que toque o la que toque
a esta puerta
debe saber que...
le serán dadas la esperanza y la renuncia
y
elegirá cuál va a decir su nombre;
le serán dadas las múltiples deshoras
que
regodean sin los deleites del ayer.
Se vestirá de monja o de
soldado,
se vestirá de prostituta o de bufón.
Entonces bastará
con la mirada
sin lágrimas de vieja arquitectura
para intentar —una
vez más— dejarlo todo.