Antonio Desquirón (Santiago de Cuba, 1946) ha publicado, entre otros poemarios, El jugador (1991), El aceite y el vinagre (1995), El lado humeante (2000) y Cómo criar un perro (2003). Reside en Cuba, donde concluyó estudios de museología en 1987 y trabaja
como comentarista de arte y escritor de radioteatros. En 2005 le fue otorgado el Premio de la Crítica de Arte del Consejo de
las Artes Plásticas. La revista Decir del Agua dedicó a este escritor su sección OTROS ÁMBITOS en su sexta entrega, de
abril de 2004. Para consultar esa sección, use el enlace que figura en ENTREGAS ANTERIORES, en la página 23 de la
presente edición.
Conocí a Jorge Oliva en 1966. Fui amigo suyo y dejé de verlo cuando se fue a nado por la bahía de Guantánamo. Era alto,
más bien delgado, de un color como aindiado y facciones finas. En el 66 ambos estudiábamos en
Como compartíamos un apellido y habíamos nacido en regiones cercanas, afirmaba que éramos parientes. En
las residencias de estudiantes es donde empezamos a conocer a los personajes importantes que la vida nos depara: en aquellos tiempos
yo ni imaginaba que Jorge era poeta. Mucho menos que un día iba a escribir unas líneas como éstas. En realidad,
alguna vez vi dos o tres textos suyos, escritos con letra amplia y suelta sobre hojas de taquigrafía, pero él jamás mencionó las palabras
“poema” o “poesía”. Nunca fue un homme de lettres; todo lo contrario: vivió, gozó y conoció a lo mejor que hubo en
Éramos muy jóvenes y aún no teníamos otras responsabilidades que las de aprobar los estudios, limpiar la residencia, asistir
a trabajos voluntarios, etc., lo cual no impedía que adoráramos al Fellini de Julieta de los espíritus y viéramos mucho cine europeo. Y lo considerábamos “dulce vida”. Como muchos otros estudiantes de la Escuela de Letras, frecuentábamos la Cinemateca de 23 y 12,
en El Vedado. Después de cada filme, Jorge regresaba transido a la beca: en aquel mundo dado a lo visual, él imaginaba
ser un personaje más de la cinta recién vista.
Años más tarde yo regresé a Santiago y él a su Guantánamo natal. Ya él era un hombre casado, que comenzaba a ser conocido como poeta. Sin embargo, su carácter no cambió: lo comprobé al menos una vez más, pues en cierta ocasión tuvo que visitar mi calurosa ciudad y
se hospedó en mi casa. Después que se marchó de la isla, pasaron años en que no supe de él, hasta que un día me enteré casualmente
de que ahora sí se había ido de verdad.
Jorge Oliva pertenece a esa zona casi ignorada de la poesía cubana que se manifestó entre
mediados de los años sesenta y principios de los ochenta, autores que tuvimos que sobrevivir en unos tiempos frágiles y vagos,
pero intensos; esa zona poética cuenta no sólo con los recordados Reinaldo Arenas y Delfín Prats, sino también con Carlos Victoria,
David Lago, Roger Salas, el propio Jorge, el que firma este texto y varias decenas (digo bien: decenas) que, o no persistieron o fueron
dispersados por el olvido de las publicaciones o llevados por esa diáspora que los cubanos llamamos de tantas maneras. En definitiva,
todos hemos seguido el destino de nuestra época y nuestra isla: ímpetu, ambigüedad y lejanía.