DECIR DEL AGUA /
(continuación)
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Decimoquinta entrega / julio de 2006 / página 8
Homenaje al poeta cubano Jorge Oliva / Testimonios
EL MÁS ALEGRE ERA ÉL
Antonio Desquirón Oliva
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Santiago de Cuba, julio de 2006

Antonio Desquirón (Santiago de Cuba, 1946) ha publicado, entre otros poemarios, El jugador (1991),  El aceite y el vinagre (1995), El lado humeante (2000) y Cómo criar un perro (2003).  Reside en Cuba, donde concluyó estudios de museología en 1987 y trabaja como comentarista de arte y escritor de radioteatros.  En 2005 le fue otorgado el Premio de la Crítica de Arte del Consejo de las Artes Plásticas.  La revista Decir del Agua dedicó a este escritor su sección OTROS ÁMBITOS en su sexta entrega, de abril de 2004.  Para consultar esa sección, use el enlace que figura en ENTREGAS ANTERIORES, en la página 23 de la presente edición.

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Jesús Selgas: Lucky Numbers Series X-13 (1-2-3-4-6-9).  Acrílico sobre papel, 2006, 18 x 24 pulgadas.

Conocí a Jorge Oliva en 1966.  Fui amigo suyo y dejé de verlo cuando se fue a nado por la bahía de Guantánamo.  Era alto, más bien delgado, de un color como aindiado y facciones finas.  En el 66 ambos estudiábamos en la Escuela de Letras de la Universidad deLa Habana y vivíamos en el edificio de becados de 12 y Malecón.   En el noveno piso, los “literatos” formábamos una comunidad alegre; pero creo que el más alegre era él.  Desde la puerta abierta del ascensor recuerdo que nos gritaba: “Traps!”, para convocarnos a alguna salida o paseo.  Así decía, porque para él todo y todos éramos traps, personal belongings, el mundo que él arrastraba consigo.

 

Como compartíamos un apellido y habíamos nacido en regiones cercanas, afirmaba que éramos parientes.   En las residencias de estudiantes es donde empezamos a conocer a los personajes importantes que la vida nos depara: en aquellos tiempos yo ni imaginaba que Jorge era poeta.  Mucho menos que un día iba a escribir unas líneas como éstas.   En realidad, alguna vez vi dos o tres textos suyos, escritos con letra amplia y suelta sobre hojas de taquigrafía, pero él jamás mencionó las palabras “poema” o “poesía”.  Nunca fue un homme de lettres; todo lo contrario: vivió, gozó y conoció a lo mejor que hubo en La Habana de aquellos años.  Sin embargo, Jorge era una de las personas más informadas de mi entorno, uno de los que tenía más conexiones y opiniones mejor sustentadas.  Y era muy generoso: una vez, una familia de mi ciudad, de paso por la capital, me invitó a comer a un sitio elegante; Jorge insistió en prestarme ropa suya, porque yo carecía del atuendo apropiado.  Así fue que, con un pantalón suyo, verde y muy bonito, pero enorme para mi talla, hice el ridículo en el restaurante del Centro Vasco de El Vedado; eso me enseñó a preferir siempre mis propias cosas, por humildes o poco vistosas que sean.

Éramos muy jóvenes y aún no teníamos otras responsabilidades que las de aprobar los estudios, limpiar la residencia, asistir a trabajos voluntarios, etc., lo cual no impedía que adoráramos al Fellini de Julieta de los espíritus y viéramos mucho cine europeo. Y lo considerábamos “dulce vida”. Como muchos otros estudiantes de la Escuela de Letras, frecuentábamos la Cinemateca de 23 y 12, en El Vedado.  Después de cada filme, Jorge regresaba transido a la beca: en aquel mundo dado a lo visual, él imaginaba ser un personaje más de la cinta recién vista.

Años más tarde yo regresé a Santiago y él a su Guantánamo natal. Ya él era un hombre casado, que comenzaba a ser conocido como poeta. Sin embargo, su carácter no cambió: lo comprobé al menos una vez más, pues en cierta ocasión tuvo que visitar mi calurosa ciudad y se hospedó en mi casa.  Después que se marchó de la isla, pasaron años en que no supe de él, hasta que un día me enteré casualmente de que ahora sí se había ido de verdad.

 

Jorge Oliva pertenece a esa zona casi ignorada de la poesía cubana que se manifestó entre mediados de los años sesenta y principios de los ochenta, autores que tuvimos que sobrevivir en unos tiempos frágiles y vagos, pero intensos; esa zona poética cuenta no sólo con los recordados Reinaldo Arenas y Delfín Prats, sino también con Carlos Victoria, David Lago, Roger Salas, el propio Jorge, el que firma este texto y varias decenas (digo bien: decenas) que, o no persistieron o fueron dispersados por el olvido de las publicaciones o llevados por esa diáspora que los cubanos llamamos de tantas maneras.  En definitiva, todos hemos seguido el destino de nuestra época y nuestra isla: ímpetu, ambigüedad y lejanía.