Admiro a Jorge Oliva por la virtud moral —moral en el mejor sentido de la palabra— de esta poesía entre la luz y la sombra. Tenemos aquí a un auténtico poeta de estos éxodos y exilios que tanto definen el siglo XX. Lo cual no quiere decir que Oliva
sea un poeta “documental”; es un poeta que nos da noticia de su vida, y al hacerlo, nos da noticia viva, descarnada, hermosamente
colérica, de los hombres de hoy, nuestros contemporáneos.
Ramón Xirau
(“Nota liminar” del libro Donde una llama nunca de
apaga, de Jorge Oliva;
Madrid, Editorial Playor, 1984)
Jorge había huido de Cuba a nado por la base naval de Guantánamo, en una aventura que pudo costarle la vida y que resultó triunfante. Su único objetivo era la libertad. No era una sensibilidad política, no convirtió su hazaña en heroísmo y jamás la mencionó
para ganarse simpatías extraliterarias. Era, simplemente, un enamorado de la libertad, que no podía vivir sin ella, que se ahogaba
sin ella, cuya poesía no era posible imaginar sin ella. Su héroe era el hombre libre.
(“Para decirle
adiós a Jorge Oliva”, en El Nuevo Herald, Miami, 28 de junio de 1986, página 5)
Entre Borges, Gelman, Sabines, Amalia Batista, Lezama Lima, Heberto, Silvio, Dylan Thomas y lo cotidiano, lo instantáneo, los anuncios
de la sociedad de consumo, lo popular y su guitarra, y siempre la ironía finamente sentimental (…) caminan estos temas, estas páginas
que no caerán acribilladas por la historia, y que Federico, el arcángel de Poeta en Nueva York, que también fue huésped de la Universidad
de Columbia, mira con tanta simpatía: un poeta claro, directo, con la poesía a flor de alma cubana en la levedad del mundo. Gracias, poeta Jorge Oliva, por devolvernos, entre la palabra y el silencio, a Guantánamo de Cuba.
Alberto Baeza Flores
(“La
llama que nunca se apaga” , en Diario las Américas, Miami, 22 de marzo de 1990, página 5-A)
Resulta muy saludable que frente a tanto barroquismo inflado y gratuito y tanta poesía con afanes de trascendencia, alguien apueste
por un discurso sencillo e inmediato, en el que apenas recurre a las imágenes, y cuyo lenguaje es primo hermano de la conversación
cotidiana. Si en lo formal Oliva tiene una propensión a acercarse al habla coloquial, en el contenido busca una prolongación
de la existencia diaria, del aquí y el ahora que le ha tocado vivir. Estamos, por tanto, ante una poesía empapada de la experiencia,
con conciencia de temporalidad, y que como pedía Gabriel Celaya, reivindica lo humano contra lo precioso.
Carlos Espinosa Domínguez
(Del
libro El peregrino en comarca ajena;
Boulder, Colorado, Society of Spanish and Spanish-American Studies, 2001, página 173)