DECIR DEL AGUA /
(continuación)

GUANTÁNAMO BAY

Decimoquinta entrega / julio de 2006 / página 14
decir15014004.gif
Homenaje al poeta cubano Jorge Oliva
decir15014003.gif
PÁGINA ANTERIOR
PRIMERA PÁGINA
PÁGINA SIGUIENTE
POEMAS
Del libro DONDE UNA LLAMA NUNCA SE APAGA

Selección de Reinaldo García Ramos

El texto de los poemas de  Donde una llama nunca se apaga procede de un ejemplar de la edición de Madrid de 1984 que Jorge Oliva me regaló y dedicó el 14 de abril de 1985 en Nueva York.  En todos los casos, he atendido las correcciones que el propio Jorge hizo en ese ejemplar (por ejemplo, en el último verso del poema “Guantánamo Bay”, en que cambió U.S. American Forces por  U.S. Armed Forces).

 

El texto de los poemas de Guantánamo Bay, el tiempo roto está tomado de un manuscrito de ese poemario que el autor me entregó en Nueva York poco antes de morir.  En los poemas de ese segundo libro también hemos atendido las correcciones a lápiz que Jorge indicó en el mencionado manuscrito, y las hemos cotejado con las correcciones hechas por Antonio Ismail en un manuscrito que preparó Vicente Echerri en mayo de 1989 para editar dicha obra; ese segundo manuscrito no llegó nunca a publicarse como se esperaba.

 

Agradezco nuevamente a estos dos amigos la generosa ayuda que me han prestado en la compilación y reproducción de estos textos.

R. G. R.

decir15014002.gif

La noche se tiende sobre la bahía.

 

Es la hora del viento cálido y salado,

del rumor del mar,

del feroz cantar de los grillos,

de las luces insomnes de Caimanera

y su perenne y erizada vigilia

en la aparente quietud del verano.

 

No lejos,

donde se abre el mar y despunta la bahía

los Beach Boys desgarran violentos la noche,

patean,

           aúllan

con sus flamantes guitarras eléctricas

desde la U. S. Armed Forces Radio Guantánamo Bay.

decir15014001.jpg
Jesús Selgas: Lucky Numbers Series X-6 (3-4-6-7).  Acrílico sobre papel, 2006, 18 x 24 pulgadas.  Detalle.

PEQUEÑAS CATÁSTROFES

Un día te levantas,

vas al baño,

adviertes casi con horror unas arruguitas

pequeñas, finas, casi imperceptibles,

pero ahí están firmes, cercándote los ojos,

las comisuras de los labios;

adviertes una, dos, tres, cuatro

                       [impúdicas canas,

ahí están relucientes, ofensivas,

violando la negrura de tus sienes…

Sonríes,

superas esa pequeña catástrofe.

 

Otro día

enciendes la radio: una vieja canción

de esas que ya nadie canta,

recuerdas la letra,

                       (oh, aquellos tiempos!)

y piensas, con cierta doméstica filosofía,

que verdaderamente veinte años no es nada…

Cualquier día

te asomas a la tarde,

descubres la casa vieja,

el flamboyán del frente cuajado de rojo,

la irascible belleza de una tapia rayada,

una puerta oxidada,

los niños que juegan a invadir a Marte…

Te asaltan tremendas nostalgias,

piensas en Gagarin, el Apolo 11, Ray Bradbury

y luego en las hormigas

                       —demasiado tarde.

 

Esa noche

te acuestas levemente indigesto

y en medio de tanta belleza descubierta,

te mueres.