GUANTÁNAMO BAY
Selección de Reinaldo García Ramos
El texto de los poemas de Donde una llama nunca se apaga procede de un ejemplar de la edición de Madrid de 1984 que Jorge
Oliva me regaló y dedicó el 14 de abril de 1985 en Nueva York. En todos los casos, he atendido las correcciones que el propio
Jorge hizo en ese ejemplar (por ejemplo, en el último verso del poema “Guantánamo Bay”, en que cambió U.S. American Forces por
U.S. Armed Forces).
El texto de los poemas de Guantánamo Bay, el tiempo roto está tomado de un manuscrito de ese poemario
que el autor me entregó en Nueva York poco antes de morir. En los poemas de ese segundo libro también hemos atendido las correcciones
a lápiz que Jorge indicó en el mencionado manuscrito, y las hemos cotejado con las correcciones hechas por Antonio Ismail en un manuscrito
que preparó Vicente Echerri en mayo de 1989 para editar dicha obra; ese segundo manuscrito no llegó nunca a publicarse como
se esperaba.
Agradezco nuevamente a estos dos amigos la generosa ayuda que me han prestado en la compilación y reproducción de estos textos.
R. G. R.
La noche se tiende sobre la bahía.
Es la hora del viento cálido y salado,
del rumor del mar,
del feroz cantar de los grillos,
de
las luces insomnes de Caimanera
y su perenne y erizada vigilia
en la aparente quietud del verano.
No lejos,
donde se abre el mar
y despunta la bahía
los Beach Boys desgarran violentos la noche,
patean,
aúllan
con sus flamantes guitarras eléctricas
desde la U. S. Armed Forces Radio Guantánamo Bay.
PEQUEÑAS CATÁSTROFES
Un día te levantas,
vas al baño,
adviertes casi con horror unas arruguitas
pequeñas, finas, casi imperceptibles,
pero ahí están firmes,
cercándote los ojos,
las comisuras de los labios;
adviertes una, dos, tres, cuatro
[impúdicas canas,
ahí están relucientes, ofensivas,
violando la negrura de tus sienes…
Sonríes,
superas esa pequeña catástrofe.
Otro
día
enciendes la radio: una vieja canción
de esas que ya nadie canta,
recuerdas la letra,
(oh, aquellos tiempos!)
y piensas, con cierta doméstica filosofía,
que verdaderamente veinte años no es nada…
Cualquier día
te asomas a la tarde,
descubres la casa vieja,
el flamboyán del frente cuajado de rojo,
la irascible belleza de una tapia
rayada,
una puerta oxidada,
los niños que juegan a invadir a Marte…
Te asaltan tremendas nostalgias,
piensas en Gagarin, el Apolo 11,
Ray Bradbury
y luego en las hormigas
—demasiado tarde.
Esa noche
te acuestas levemente indigesto
y en medio de tanta belleza descubierta,
te mueres.