Una gata blanca ha escogido mi casa como refugio
del verano abandonado
y la prepara sigilosamente como tibia estufa
del invierno inminente.
Una gata blanca me ha aceptado para que la
alimente;
ha visto en mí la expresión apropiada de la tontería que
me torna vulnerable;
se ha dado cuenta de que en ciertas horas, que
se hacen largas y tristes,
siento con callada y sufrida urgencia la
necesidad de alguien.
No he sido yo quien la ha aceptado ni quien le
ha brindado mi casa:
ella entra y sale cuando quiere como si me la
hubiese decomisado,
y se restriega contra mis piernas, simula una carita
de gata de María Ramos;
salta a mi pecho como un amante mimoso, todo
para hacerme creer que hay un intercambio de afectos
y no una mera
demarcación de su territorio
impregnando su olor en cada rincón de mi casa y mi cuerpo. Soy
suyo.
Su nombre es Minnie Ripperton, como el de la cantante con voz de ruiseñor.
Algunas noches se cuela en mi cama y reposa tranquila a mi lado, sin apenas
[molestarme.
Pero otras veces tiene una extraña manera de llamar la
atención:
insiste en acercarse a mi boca como si pretendiese besarme.
He
pensado que era una suerte de zoofilia a la inversa,
algún mal hábito
heredado de alguna otra víctima, y no hay maneras de protegerme:
de
nada vale que me cubra con la sábana, que le ponga peor cara de la
que ya tengo,
que le hable con pretendida energía, como un padre severo;
ella sabe que no lo soy y se burla calladamente,
aunque he de
reconocer que ha perfeccionado la astuta simulación de una caricia
que casi creo humana cuando con su garra izquierda, férreamente cerrada para no
[herirme,
la
desliza por mi mejilla como si supiera con cuánta necesidad preciso
de ese roce
[tan suave y ligero.
Desgraciadamente, me he dado cuenta del engaño,
y después de varias noches de interrumpido sueño, ante la insistencia de la supuesta
[caricia,
he adivinado que sólo era una estratagema para hacerme levantar
y hacerle saciar su hambre nocturna,
puramente animal,
puramente interesada,
puramente humana.
Luego de comer, ni siquiera se ha echado a
mi lado.
Y yo me he percatado, entonces, a los cuarenta y ocho años, acostado en medio de la
[cama,
de la terrible y patética soledad que siente un hombre cuando
le falta alguien que abra
[su mano, o la cierre,
y en la oscuridad de la noche la haga deslizar
por su mejilla como la garra de un gato.