DECIR DEL AGUA /
Cuarta entrega / Agosto de 2003 / página 4
Un animal extraño me visita
Delfín Prats
ANIMALES EXTRAÑOS, CONTEMPLADOS
A diario los vemos, o raras veces; creemos conocer sus movimientos, o suponer su próxima postura. Pero no. De repente ellos nos sorprenden con un súbito estremecimiento, un salto, una ferocidad insospechada; tienden un gesto sobre su ámbito conocido y se establecen en otra dimensión. Sólo ellos, sólo sus silenciosas premoniciones les permiten adentrarse en esos predios y reordenarse en ellos, muy lejos, fuera del alcance de la estrechez humana. Los pintores y los poetas los persiguen, con ademán de juego, casi sin esperanza, hasta el borde mismo de ese ignoto universo.
Jesús J. Barquet
EL ALBATROS
A Baudelaire
En Torishima
—y en nada será esto (¿o quizás sí?)
un poema modernista—, especie en extinción,
volando sobre aguas primordiales,
con gesto señorial, con tu poema
oculto entre las alas, va el albatros
poderoso y esdrújulo evitando
el mal humor marinero, sin hallar
aún tierra o cielo o manantial de luz
donde anidar o simplemente aliviar
su infatigable vuelo.
En Torishima
dicen que aún quedan, y se los ve
al anochecer deambular por los remansos
azarosos del océano
adonde acuden peces encubiertos
y otros anónimos pájaros con prisa
a desovar sus miedos.
El albatros
los deja ser y comparte con ellos
su nocturna afición de pescar
y a la vez ser pescado,
para luego seguir en su vuelo
sin atisbo ni fecha segura
de extinción.
Iraida Iturralde
MÍSTICA DEL POTRO
Yo veo en el ojo noble
del caballo
un acertijo oscuro e indomable.
Por eso me retraigo. Embiste su mirada
contra el muro de la piel y entabla
en carne propia
un coloquio endemoniado.
Por eso indago. Puede la bestia
penetrar
el muro si el alma,
a todo trote, se espanta ante su ojo
rebelde y asustado. Por eso me detengo.
Acaso no es heraldo de una fe y oculta
la sonrisa
tras la máscara del susto,
azuzado su gran rictus por el dogma,
las
riendas en la nuca
tirantes y anudadas por el miedo.
Por eso imploro. Si nací yo bestia
también en el ocaso, quién unta la piel seca
de un
paladar divino, y si perdí el aliento
en el festín de asombros, de
quién la flecha
que me hiere el vientre. Por eso pienso.
Si la
conciencia que en fugaz rescate
con dulce néctar a ratos me alimenta,
qué
absurdo desespero el del caballo,
imitando al ciego temeroso y descarriado
que
lo amarra en un jardín,
apenas floreciente. Por eso digo.
Ah,
que yo alcance subirme desnuda
en su ancho lomo, aún cerrero y puro.
Qué
libre soy. Qué incierto júbilo me aguarda.
Francisco de Goya y Lucientes: "Retrato ecuestre de María Teresa de Villabriga". Museo de los Oficios, Florencia.
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[Del libro inédito "Preso el antílope]
Bartolomeo Passerotti: "Caballero y perra". Museos Capitolinos, Roma.
Néstor Díaz de Villegas
VIDA DE PERRA
Sobre lustrosos pisos de caoba,
despatarrada, henchida de placer,
Goya saluda. Sin nada que hacer,
de la puerta cerrada hasta la alcoba
va, postulando la lógica del Ser.
¿Quién se oculta detrás –cuando se arroba–
de esos ojos de extática Pavlova
que responden a un timbre de alquiler?
Semejante a la Infanta Margarita
el interior de un Coral Gables vano
la concibe, la apaña y delimita.
Su universo y perímetro es urbano;
sus maneras, de hermana carmelita
con pespuntes de gótico cubano.
[Del libro inédito "Paño de lágrimas"]