DECIR DEL AGUA /
Séptima entrega / Julio de 2004 / página 3
OTROS ÁMBITOS /
En elogio de Magali Alabau
Magali Alabau, en 1989.
Foto tomada de la contracubierta de uno de sus libros, "Hermana" (Editorial Betania, Madrid, 1989).
NI FLORES NI SUSPIROS
Maya Islas
Nueva York, junio de 2004

POEMAS DE MAGALI ALABAU /  Selección de Maya Islas

 
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Frente a la gran responsabilidad que me ha dado Reinaldo García Ramos de presentar a la poeta Magali Alabau en este número de DECIR DEL AGUA, he quedado petrificada: ¿cómo puede cubrirse, en pocas líneas, la obra de una mujer inmensa con una poesía inmensa?

 

Como Rimbaud, Magali experimentó y se fue; cortó de golpe sus líneas de expresión: el teatro, la escritura. Explorar y abandonar; llenar y vaciar: así ha sido ella de huidiza. Teme quizás a la inmortalidad; cuando ya presiente su grandeza, se esfuma; no se da tiempo a saborear su naturaleza de mujer marcada por una iluminación.  Dejó su obra en el agua de las metáforas y dio la vuelta, como la que muere en un campo minado, hundiendo su pie a propósito.

 

He salido a buscarla, a pesar de que las preguntas están vedadas.

 

No se atreva usted a soñar con esta literatura como si leyera a Bécquer, porque en la obra de Magali no va encontrar romanticismo ni balcones diseñando amor; en cambio, va a encontrar la realidad directa, va a descubrir cómo son las cosas: no hay flores ni suspiros, más bien flechas que caen en el centro de la experiencia.

 

 

DECIR DEL AGUA abre sus compuertas de agua y mar y río y transparencia a Magali Alabau y se ilumina con su voz, y así le rinde homenaje por su legado a la literatura cubana. Su obra poética es realmente un “Ras”, título de uno de sus libros; un golpe fugaz y certero de tres letras negras sobre un fondo blanco que nos advierten que el alma (“tabula rasa”, según el filósofo Locke) toma forma a través del golpe, y la experiencia resuena como el látigo que deja una marca; así es el poema alabaudiense: la escritura que ha definido un canto mayor.  He aquí el canto...

No tengo preguntas.

Soy el refrigerador de casa de mi madre cuando abro sus fauces.

Soy el pescado con ojo repentino que despierta

cuando al buscar el agua se desploman las gotas sobre el suelo.

Soy la ventana que da a un par de gatos salvajes

que yacen en las ramas del patio vecino. Gatos de esos

que no se ven en las ciudades.  Descuidados, rabiosos,

maltratados, sin gentes regalando abundancia.

Soy esos dos.  Soy el sofá de hule que sin lustro

aguanta las muñecas, soy la cama en la sala,

la que ya nuncaveo sino en los hospitales.

Soy la tapa que falta en la cocina,

el hedor de los cuartos,

la charca de agua que sale de la ducha,

la plomería rota, soy la cortina que tiene tanta mugre

el jabón y la astilla que no encuentro.

 

Soy la voz de mi hermana que habla de inyecciones

de su pelo sin bleach, color violeta.

Soy el mismo apartamento de hace siglos,

descuidado y fatal,

tan dividido.

El pasaje al patio se parece a las ruinas de Sicilia.

Soy los años posteriores a la guerra.

Ellos son los desolados que quedaron pasando

por las piedras y las piedras

de las casas bombardeadas y deshechas.

Soy el pedazo de piña sustituto del postre después de la comida,

el mantelito de tela que está sucio y no está sucio.

(De: Hemos llegado a Ilión, edición revisada, 1995)
HEMOS LLEGADO A ILIÓN
(Fragmento)
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