POEMAS
DE MAGALI ALABAU / Selección de Maya Islas
Frente a la gran
responsabilidad que me ha dado Reinaldo García Ramos de presentar
a la poeta Magali Alabau en este número de DECIR DEL AGUA, he quedado
petrificada: ¿cómo puede cubrirse, en pocas líneas, la obra de una
mujer inmensa con una poesía inmensa?
Como Rimbaud, Magali experimentó
y se fue; cortó de golpe sus líneas de expresión: el teatro, la escritura. Explorar y abandonar; llenar y vaciar: así ha sido ella de huidiza.
Teme quizás a la inmortalidad; cuando ya presiente su grandeza, se
esfuma; no se da tiempo a saborear su naturaleza de mujer marcada
por una iluminación. Dejó su obra en el agua de las metáforas
y dio la vuelta, como la que muere en un campo minado, hundiendo su
pie a propósito.
He salido a buscarla, a pesar de que las preguntas
están vedadas.
No se atreva usted a soñar con esta literatura
como si leyera a Bécquer, porque en la obra de Magali no va encontrar
romanticismo ni balcones diseñando amor; en cambio, va a encontrar
la realidad directa, va a descubrir cómo son las cosas: no hay flores
ni suspiros, más bien flechas que caen en el centro de la experiencia.
DECIR DEL AGUA abre sus compuertas de agua y mar y
río y transparencia a Magali Alabau y se ilumina con su voz, y así le rinde homenaje por su legado a la literatura cubana. Su obra poética es realmente un “Ras”, título de uno de sus libros;
un golpe fugaz y certero de tres letras negras sobre un fondo blanco
que nos advierten que el alma (“tabula rasa”, según el filósofo Locke)
toma forma a través del golpe, y la experiencia resuena como el látigo
que deja una marca; así es el poema alabaudiense: la escritura que
ha definido un canto mayor. He aquí el canto...
Soy el
refrigerador de casa de mi madre cuando abro sus fauces.
Soy el pescado
con ojo repentino que despierta
cuando al buscar el agua se desploman
las gotas sobre el suelo.
Soy la ventana que da a un par de gatos salvajes
que
yacen en las ramas del patio vecino. Gatos de esos
que no se ven en
las ciudades. Descuidados, rabiosos,
maltratados, sin gentes
regalando abundancia.
Soy esos dos. Soy el sofá de hule que sin
lustro
aguanta las muñecas, soy la cama en la sala,
la que ya nuncaveo sino en los hospitales.
Soy la tapa que falta en la cocina,
el hedor de los cuartos,
la charca de agua que sale de la ducha,
la plomería
rota, soy la cortina que tiene tanta mugre
el jabón y la astilla que
no encuentro.
Soy la voz de mi hermana que habla de inyecciones
de
su pelo sin bleach, color violeta.
Soy el mismo apartamento de hace
siglos,
descuidado y fatal,
tan dividido.
El pasaje al patio se parece
a las ruinas de Sicilia.
Soy los años posteriores a la guerra.
Ellos
son los desolados que quedaron pasando
por las piedras y las piedras
de
las casas bombardeadas y deshechas.
Soy el pedazo de piña sustituto
del postre después de la comida,
el mantelito de tela que está sucio
y no está sucio.