Hace diez años que murió en Miami
el poeta Amando Fernández, concretamente el lunes 28 de febrero de
1994; al día siguiente, el martes, moriría René Ariza en San Francisco,
y el miércoles, en México, Eliseo Diego, poeta admirado por nuestra
generación. Quizás la proximidad de los Idus de Marzo fraguó
esta catástrofe poética bajo el signo de Piscis. Pero la "coincidencia"
da testimonio del drama de la poesía cubana, cuyo antecedente fue
José María Heredia. En la vida de muchos de nuestros poetas
está presente el destino del transterrado, el desarraigo, el exilio,
incluso el exilio interior, como fue el caso de José Lezama Lima o
el de Dulce María Loynaz.
Amando Fernández es uno de los mejores poetas cubanos del exilio,
calificativo que tiene bien merecido quien hizo de la poesía la única
razón de su existencia. El dominio verbal, la riqueza del léxico,
la fuerza expresiva de sus imágenes y el impulso hacia un velado
orden místico y metafísico descansan sobre un acervo cultural formado
por las literaturas griega y latina, los Siglos de Oro españoles y
la poesía española más reciente del siglo XX, con una especial predilección
por algunos poetas cubanos, como el propio Lezama Lima y Gastón Baquero,
y el gran poeta de la lengua inglesa T. S. Eliot. En la obra
poética de Amando Fernández se palpa el rigor del oficio, el ejercicio
más exigente y la más alta consideración hacia el género. El temperamento
está siempre moderado por la contención, aun en los momentos más dramáticos,
aquellos en los que vida y obra se fundieron sin fisuras. Quiso
hacer una poesía auténtica y perfecta, porque para él ella era no
sólo su trascendencia, sino su salvación. Así nos dice en el
poema "La Sibila": Tú escribes. / Tal vez eso te salve.
Su poesía está
formada por poemas tan bien estructurados como "Praxis de la expresión
poética", donde se manifiesta el dominio del oficio y el derroche
verbal, uno de los mejores poemas de su obra, hasta el hálito sombrío
que recorre sus últimos poemas, cuando la aceptación de la muerte
inevitable se traduce en una incontenible desesperación creadora:¿Cuánto te queda? Tú no sabes. / No pides nada y, sin embargo, / quisieras
una extensión, una espera / más larga para acabar lo que empezaste. Y es que ya no espera el milagro de la vida, sino simplemente un poco
más de tiempo.
En esos últimos años de su convivencia con la certeza
inevitable de lo que vendría, el poeta hace un recuento de su trayectoria,
como tratando de poner las cosas en orden, y así desfilan por sus
poemas las ciudades en las que vivió, mencionadas explícita o sugeridas
implícitamente, la cultura que lo formó, las obras pictóricas (con
descripciones sin títulos sobre "La rendición de Breda" de Velázquez
y "Los fusilamientos del dos de mayo" de Goya), la música, la familia,
la casa natal: Pero tu única ciudad es/-te guste o no-/aquella que
llamaron ciudad de las columnas. Porque el poeta trata de rescatar
las referencias que puedan salvarlo de lo irremediable: Di que no
es verdad. / Que esto le ha ocurrido a otro. / Que es el sueño de
un niño / en una noche de invierno, sin su madre. Sabe que la
Muerte no sólo va devorando su tiempo: Hoy ellos te rodean. Te pudren.
/ Y tú ya no eres tú, sino su espíritu, un espíritu formado por lo
intangible: la Estética y la Memoria.
EN ELOGIO DE AMANDO FERNÁNDEZ (Continuación)