Querido amigo: Hace ya diez años
que te nos fuiste para siempre. ¿Cómo decirte, sin que me tildes de
dramático, que aún no he podido reponerme del todo? Te siento aún
demasiado presente, demasiado vinculado a mi vida. El uno era
para el otro la confirmación de que habíamos tenido un pasado, de
que no éramos solamente de este lado, sino que veníamos de otro sitio,
de un lugar (Cuba) que tu ausencia hace hoy aún más remoto y neblinoso
en mi memoria.
¡Te recordamos tanto! La llegada del otoño por
estas latitudes es casi una llamada tuya desde Washington. Las
primeras nieves no hacen sino traerme tu rostro, tus recuerdos, tus
constantes juegos y todo lo que dejamos atrás. ¡Ah, cómo olvidar el
viejo campanario de Matanzas, cuyo repiqueteo nos deleitaba al mediodía,
cuando lo escuchábamos desde tu ventana del segundo piso! ¿Y la preciosa
colección de cactus que tenías en el patio de tu casa solariega, unos
rojos, otros amarillos como el oro, otros morados y redondos, algunos
decididamente extraños? Las piedras exóticas y los corales aún deben
de estar en aquel armario blanco, esperando por que alguien los revise. En las tardes de estío me recitabas los peores poemas de Tagore o
de Whitman (¡cómo te fascinaban los versos más cursis; no había quién
te hiciera callar!): “I am Walt Whitman, a cosmos, the universe,
of Manhattan the son...”, gritabas a todo pulmón. Y yo: “¡Por
Dios, Valero, cállate, habla bajito, que te va a escuchar la presidenta
del Comité! ¡Que nos van a venir a buscar los policías del G-2! Pero
era como hablarle a la pared; no me hacías el menor caso.
El miedo. ¿Qué me dices del
miedo que teníamos a que nos sorprendieran leyendo aquel ejemplar
único de Tres Tristes Tigres que habías sacado para siempre de la
Biblioteca Nacional y que habías forrado con la carátula del Diario
del Ché en Bolivia? ¿Ya se te olvidó el miedo? Y las carcajadas llovían,
ante las piruetas que Cabrera Infante emitía desde el texto. Nosotros
sólo queríamos ser libres. No pedíamos otra cosa: leer lo que nos
diera la gana, reírnos de las brigadas de agitación y propaganda,
de los discursos interminables, de la miseria, incluso de nuestra
miseria... Pero todo eso estaba estrictamente prohibido. Valero,
¿no te das cuenta de que nos van a meter 30 años por la cabeza? Pero
tú buscabas a Bulgakov, a Solzhenitsyn (lo más aburrido del mundo),
a Octavio Paz, a Milosz o a Bunin, a todos los problemáticos... Te
encantaba lo que era conflictivo.
Entonces la vida nos salía
a raudales y éramos tan felices, que de un salto hubiéramos alcanzado
los montes de Libia, como decía Teodoro Tapia, nuestro amigo, en ese
poema suyo. Éramos jóvenes y hermosos, pero ya no lo somos. Ahora somos unos viejos feos, gordos, calvos, que enseñan literatura
y otros horrores en las universidades americanas, que piensan en retirarse
lo antes posible, para echarse como sapos en las playas de la Florida... Mi amigo: no creas que pierdes demasiado con haberte marchado de aquí,
de una vez y para siempre.
Y ahora te dejo porque yo no tengo, como tú, todo el tiempo del mundo. En tus travesuras por el Más Allá, te ruego que tengas mesura, por Dios. Y si ves a Arenas por esos lugares, no te reúnas demasiado con él, porque todo el mundo dice que ese sujeto es el Diablo. Pero dile que escribí una tesis doctoral sobre su obra, y que se va a morir de risa cuando la lea. Dile también que su autobiografía es muy simpática; pero que ésa no es su vida, que esperamos por la verdadera. De cualquier forma, escríbeme. O mándame un e-mail. Te abraza y te besa,
24
de septiembre de 2004
Miguel Correa Mujica (Cuba, 1956) salió de su país en 1980 por el
puente marítimo entre Mariel y Cayo Hueso. Ha publicado dos
novelas, Al norte del infierno (1983), que tuvo en 2002 una edición
revisada, y Fragmentos del discurso humano (2000). Perteneció
al grupo de colaboradores de la revista MARIEL (1983-1985).
Es profesor de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY). Reside en Weehauken, Nueva Jersey.
EN ELOGIO DE ROBERTO VALERO (Continuación)