Néstor Arenas nació en Holguín, Cuba, en 1964. Cursó estudios de bellas artes en el Instituto Superior de Arte de La Habana, donde se graduó en 1990. Ha sido galardonado con más de catorce premios de artes plásticas.
Entre sus exposiciones personales recientes, cabe señalar Recent Works, en el Art Center South Florida, de Miami, en 2003; Paisajes clásicos, en la Galería Lausin & Blasco, de Zaragoza, España, en 2000; y Pinturas, en la Galería Colón XVI, de Bilbao, España, en 1996.
Ha participado también en innumerables exposiciones colectivas, entre ellas en la Bienal de Pamplona, España, en 2001; en Six New Visions, Reynardus & Moya, en Nueva York, y Siegel Gallery, en Lehigh University, Pennsylvania, en 2003; y enOptic Nerve, Scott White Gallery, en San Diego, California, en 2004.
Su obra está representada en colecciones de Cuba, España, Holanda, México, Puerto Rico y Estados Unidos, así como en las galerías de arte de Lehigh University.
Recibió una beca del Art Center South Florida para el período 2003-2004.
Reside
en Miami.
Los interesados en comunicarse con este artista pueden escribirle por vía electrónica a la siguiente dirección:
Dictan los viejos tratados de urbanismo que el trazado y los límites
de la ciudad son sagrados y no se pueden alterar, y amenazan a quienes
cambien los planos, y a la ciudad que lo permita, con maleficios,
desastres naturales y epidemias. Las grandes ciudades de la modernidad
han pactado tácitamente con esos tratados y han sabido mantener sus
fronteras de aguas y horizonte, apostando a la verticalidad arquitectónica
y a las catacumbas de los rápidos trenes subterráneos.
Miami,
esta gran aldea con pretensiones de metrópolis, cumple ya 109 años
de fundada y se ha convertido en paraíso de urbanistas y arquitectos
que, vacunados contra epidemias y maleficios, comienzan a secar el
pantano que ya no pone límites al oeste de la ciudad. Por
el este y el sur también Miami ha perdido sus fronteras y desde hace
medio siglo sus puertas —puertas que son puentes— han quedado abiertas
a recibir las almas que emprenden viaje desde sus nacimientos, escapando
a la dura mano de la miseria y a los trasnochados fundamentalismos
dictatoriales de izquierdas y derechas.
Millones de inmigrantes
y exiliados, en su gran mayoría hispanos, han sentado sus casas en
la ciudad, y todos, inevitablemente, han venido cargando con sus oficios
y con su lengua. Entre los oficios de esos inmigrantes también
está el de lidiar con las palabras, escribirlas, trocarlas, cincelarlas
en busca de un sentido; desde este oficio nacen los escritores, los
artistas y los poetas, y Miami —viejo paradigma de los desiertos culturales—
ha devenido en una plaza de perfil multicultural donde el idioma español
es protagonista, y la plaza se ha llenando de poetas. Una ciudad
también se funda y crece en la palabra, en las palabras que ponen
en sus calles los poetas que llegan a vivirla, los que nacen en ella
y los grandes poetas que han tenido que venir a morir entre sus muros.
Las
más recientes muestras y compilaciones de poetas cubanos en Miami,
viciadas e incompletas —como toda antología cabal— por los placeres
estéticos y críticos de quien antologa, han arrojado luz sobre el
panorama poético de la ciudad y sobre los derroteros de nuestros mejores
hacedores de versos. Cabe señalar entre esas muestras los tres
últimos empeños: Reunión de ausentes: antología de poetas cubanos (1998),
el Dossier Miami en el número 18 (2000) de la revista Encuentro de
la Cultura Cubana y La pérdida y el sueño (2001); siendo esta última
obra, compilada por el crítico Carlos Espinosa Domínguez, la más abarcadora
y la que más profundiza en análisis críticos sobre la evolución de
la poesía cubana en Miami y sus poetas.
La dicha no se escribe, nos
basta con danzarla