(fragmento)
...encontré la mayoría de los versos (...) en Miami Beach, en el tramo
de playa comprendido entre las calles 15 y 30. Allí hay de todo: medusas
blanquiazules que los niños, después de admirar, arrastran por el
cabello y machacan contra la arena; ancianos barrigones y barbiblancos,
con melena a lo Whitman, que desean a todo el que pasa la felicidad
de tener una botella de vino, un buen lecho y alguien con quien hacer
el amor a la hora de la muerte; cadáveres de peces cuyos ojos quedaron
bailando en las profundidades del océano o agolpándose e intercambiando
miradas en el buche de algún ave marina; jóvenes europeas que toman
el sol con los senos descubiertos y la carne de los pezones tirante
y achicharrada; adolescentes negros que se despojan de la ropa y,
en calzoncillos, crispados de insinuaciones, se tumban cerca de ellas;
cuadruplégicos a quienes sus madres traen a ver el mar en grandes
sillas de ruedas, atestadas de almohadones y trapos de colores; amantes
vagabundos que después de intercambiar golpes e improperios comparten,
con igual pasión, tragos de alcohol y besos; dementes que se desarman
bailando al son de una música que sólo ellos escuchan; adolescentes
negras que a la salida del sol caen de rodillas sobre la arena y,
en absoluto silencio, alzan los brazos en señal de adoración; piedras
pulidas, pelícanos solitarios, restos de papalotes, avíos de pesca,
esponjas lujuriosas, matrimonios respetables, manchas de petróleo,
perros, sirenas, conchas, canciones, barcos distantes, tardes de maravilla
y lunas llenas.
Entre ellos, semidesnudo,
con los pies metidos en la espuma, en días de sol o de tormenta, pero
invariablemente espléndidos, mascullé por primera vez muchas de mis
redondillas, y hasta las dije en voz alta, ajustándoles ritmos y rimas,
para perplejidad de algunos bañistas que seguramente habían visto
arrojar margaritas a los puercos, pero nunca, redondillas a las gaviotas.
En esto consiste
su arte poética: él espera tranquilo a que lleguen las horas más tránsfugas
del sueño. Digamos a las tres de la mañana. Entonces, sigiloso, desanda
los corredores y atraviesa la neblina y los gatos hasta llegar a cierta
calle estrecha. Los ojos, dos punzones afilados. Lleva una alforja
negra tirada sobre un hombro, con el gastado ademán de los viejos
caballieri della luna. Llega hasta el basurero de cierto poeta iconoclasta
que conoce. Acopia todos los papeles donde todavía huele a pesadilla
la tinta fresca. Al regresar, la luz escasa de una farola polvorienta
le hace un guiño a su frente ancha, plagiadora y grasienta y un murciélago
cuelga, vigía y grave, del tejado. Finalmente se sienta y pone luz
en los poemas de sombra y pone sombra en los poemas de luz para que
nunca se conozca su secreto.
Orlando
González Esteva (Palma Soriano, 1952) reside en Estados Unidos desde
1965. Ha ofrecido charlas y lecturas de versos en universidades
de Estados Unidos y en centros culturales de España, México y Brasil. Escribe para la radio y ha desarrollado una intensa labor de
investigación, rescate y divulgación de la música popular cubana e
hispanoamericana. En 2005 publicará Casa de todos, un nuevo
libro de versos. De Mi vida con los delfines (1998) tomamos
el fragmento que aparece en esta página.
Juan Jennis (Colón, 1973)
salió de Cuba en 1995 y desde entonces reside en Miami. Estudia
Filosofía y Religión en Florida International University. Ha
colaborado en varias revistas literarias publicadas fuera de Cuba. Su libro Para medir los sueños apareció en 2003. El texto
que publicamos en esta selección pertenece a un libro inédito.