DECIR DEL AGUA / Segundo ciclo / Primera entrega / Enero de 2007
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OTROS ÁMBITOS
 
La Editorial Betania cumple 20 años
Este año la Editorial Betania llega a su vigésimo aniversario, y nos complace hacernos eco de ese hecho tan estimulante.  Bien sabemos lo difícil que ha sido para los cubanos del exilio encontrar vías de expresión, espacios culturales apropiados que nos acojan.  Sólo un puñado de esfuerzos que los propios cubanos han realizado por crear órganos de difusión, editoriales, publicaciones periódicas serias, han logrado sobrevivir las primeras etapas de tenacidad y convicción y se mantienen hoy en plena actividad, al cabo de los años.  Betania es uno de esos esfuerzos, y ha subsistido gracias a la labor del poeta Felipe Lázaro y al apoyo resuelto de sus compatriotas, que tanto ansiaban publicar sus respectivas obras y lo secundaron financieramente.
 
Sin ese apoyo de los autores, Betania no existiría; pero tampoco existiría sin la fe apasionada, el sentido de la continuidad cultural y la voluntad constructiva, aglutinante, de nuestro amigo Felipe.  Sin él, sin esa mirada amplia y tenaz que él ha logrado poner incesantemente en su trabajo de Betania durante estos 20 años, a los escritores y artistas del exilio cubano (y a otros  intelectuales de muchos otros países que han publicado en esa editorial) nos faltaría algo fundamental, un respiro en la aridez, un consuelo alentador para seguir adelante.  En próximas entregas, nuestra revista seguirá reconociendo otros esfuerzos editoriales (o milagros de tenacidad) como este de Felipe; pero hoy, sin vacilaciones, nos sumamos con satisfacción a la fiesta del cumpleaños betaniano.  Estos textos que  presentamos en OTROS ÁMBITOS son nuestro sincero regalo, expresan nuestro tranquilo júbilo.
 
Reinaldo García Ramos
 
 
Portada de la antología poética Fatiga ser dos sombras , del poeta cubano Ángel Escobar (1957-1997), publicada por la Editorial Betania en 2002, con selección y prólogo de Efraín Rodríguez Santana.
Efraín Rodríguez Santana
 
FELIPE LÁZARO, LA ISLA ENTERA

A finales de 1994 viajamos a Madrid un grupo de poetas cubanos invitados a participar en el Encuentro La Isla Entera, que auspiciaban el Ministerio de Asuntos Exteriores de España, la Universidad Complutense y Casa de América.  Luego de casi cuatro décadas, creíamos estar rompiendo con una barrera política que nos desunía, que nos hacía extraños, incluso en el terreno de la poesía.  Allí tuve la posibilidad de conocer a algunos poetas cubanos del exilio que se convertirían en muy buenos amigos y que con el tiempo me abrirían las puertas de otra Cuba, antes mal entendida y a veces desconocida por mí, una Cuba múltiple que se construía en diversas partes del mundo.

            Recuerdo que en la Complutense compartí mesa de trabajo con Gastón Baquero, el Gastón de Orígenes, de la Cuba Secreta zambranista, de Testamento del pez, de Palabras escritas en la arena por un inocente, el periodista de toda una época convulsa y oscura de la república cubana.  El poeta de un largo exilio, entregado a la recuperación de su imaginario poético, a la reinvención de la historia como única identidad válida para la creación.

             En esa Isla entera conocí a Heberto Padilla, el Heberto de Infancia de William Blake y Fuera del juego.  Al principio quedé un poco desubicado; por un instante tuve la impresión de estar ante un hombre arrebatado por un humor corrosivo que nos condenaba a todos por “espías”, refiriéndose a mujeres enigmáticas, casi ficticias, que de pronto aparecían frente a él como espejismos eróticos, enviadas, según sus propias acotaciones, por las mismísimas fuerzas represoras de la Isla partida.  Heberto, el paranoico perseguido, el bebedor incansable, el conversador ríspido, transformado en su momento en protagonista de uno de los episodios más oscuros de la historia cubana contemporánea, sometido a encarcelamiento y retractaciones, censurado y condenado, convertido sin más en “caso Padilla”. Mucha razón tendría él al augurar: “Vivir la vida no es cruzar un campo”.  Ese era el lema de su libro Fuera del juego en el concurso de la UNEAC de 1968.  Fue premiado y tuvo que cruzar un campo minado.

Una mañana me invitó a desayunar y salimos de la Residencia de Estudiante donde estábamos hospedados hacia uno de los tantos cafés de la ciudad. Tuvimos una larga conversación, Heberto estaba reposado y preguntaba con verdadera curiosidad sobre La Habana y amigos ausentes, sobre sus últimos acontecimientos, de esa manera me convirtió en sus ojos habaneros en aquella ocasión. Fue amable e ingenioso, también inevitablemente cáustico. Como en Memorial de un testigo, “...yo estaba allí, en el Allí de un Espacio escribible con mayúscula...”

Pepe Triana y Chantal me depararon otras sorpresas agradables; con ellos había tenido en Cuba una relación prolongada.  A Pepe le gustó mi primer libro, El hacha de miel, yo había quedado fulminado por su Noche de los asesinos y por sus poemas, de una imaginación vertiginosa, que él leía con una fuerza dramática propia de grandes escenarios. Pepe era de una voluptuosidad y de una sencillez impresionantes. Verlo en Madrid, en esa Isla entera, tantos años después, fue extraordinario y me remitió a aquellos encuentros en su casa del Nuevo Vedado o en la calle 110 de Miramar, junto a otro inolvidable, Ezequiel Vieta. Cuando nos vimos, comprobamos que podíamos callar y al mismo tiempo saber.  Claro que intermediados por aquella cara suya, tan especial.  Y como el gran dramaturgo que es, al terminar nuestras sesiones de trabajo, se retiraba diciendo jocosamente que tocaba ahora llegar al hotel a “hacerse la cara”.  Decía “necesito tiempo para hacerme la cara”.  Después nos veíamos en la noche y allí estaba con su cara recién hecha, sempiterno rito teatral.

Otro convidado particular para mí fue José Kozer, no se cansó de elogiar la capacidad creativa de ciertos jóvenes poetas cubanos de dentro. Como su propia escritura neobarroca, era inabarcable, ofrecía tantas aristas al conocimiento, que quedé sorprendido con sus reflexiones y sus poemas.  Después tuve la dicha de compartir con él y Guadalupe en La Habana.  El “autor camaleón”, como escribiera su crítico y traductor brasilero, Claudio Daniel, es una de las figuras más dinámicas y sólidas de la llamada “poesía diaspórica”, que se construye en ese vasto archipiélago cubano disperso por el mundo, a partir de una constante mezcla de lenguajes y culturas, registros éstos que operan y se renuevan en la ya mítica Torre Kozer.

También conocí a Mario Parajón, a Nivaria Tejera, a Orlando Rossardi, a Pío Serrano, con quien he mantenido una relación muy cercana a lo largo de los años.  He publicado en su editorial Verbum Otro día va a comenzar, libro que mereció el Premio Internacional de Poesía Gastón Baquero.  De nuevo Gastón, y con él, algunos amigos que han sido como guardianes de su obra: Víctor Batista, León y Pilar, Pío y Aurora, Felipe y Marisa, Ángel Rodríguez Abad.

(Este texto continúa en la página siguiente)
Felipe Lázaro durante una presentación en Casa de América, en Madrid.