Desnuda de plata y nieve.
Desnudos, y ebrios de noche,
tus senos de luna y de sangre.
Mis manos amando tu espalda.
Rozando las rojas
uvas
de tus besos
que se extienden en mi cuerpo:
lentos, cayendo
como en copos bermejos,
calándome los huesos
de fuego y de amor.
Desnuda
de plata y nieve.
Blanca y sedosa
estás entre tus labios.
Una lágrima como un plomo
de cristal; un vidrio azul
que va arañando mi cuerpo:
Ah,
es la cicatriz de tu mirada.
Dulces uñas
en la miel callada bajo mi pecho.
Tus dedos aman las horas
que mueren pálidas sobre mi piel.
Y
la noche va desangrándose en la luna;
y el sol eleva su dorada lanza de guerra.
Ya la mañana cerrará tus ojos
que me miraban,
y que me
lloraban
esas cicatrices de hielo azul…
Otoño, hojas en paz;
y la suave y terrible serenidad
del tiempo amarillo…
Tiempo, tiempo y tiempo.
Y el dolor del frío, y los cuerpos
cuando
se ausenta el amor.
Sopla el frío gris, el hielo de ceniza.
Lentas lluvias sobre el mar;
mares de olas
de verde espuma,
violentas esmeraldas
mordidas
por relojes de sal…
Silencio en el sol:
es la luna eterna y funeral
la que cubre el frío negro.
El otoño es el fin,
la muerte en toda
su plenitud,
los instantes de plata y niebla.
Es la risa helada y otoñal que no muere,
como la luna en una estatua
que ríe su blanca
burla.
Tiempo de otoño:
envuelto en brisas
de hojas de bronce
y cielos nevados de neblina.
Y la estatua, la estatua ríe,
con el
tiempo entre los dientes.
La muerte en toda su plenitud,
en los segundos que caen,
implacables como las hojas muertas…
Y un tiempo
te está buscando.
Un instante
que deslizará su final
en tu muerte de otoño,
en tu muerte de tiempos fríos y amarillos.
El sol entra por las cortinas;
la mujer de los labios rojos,
palpado un cutis de ámbar.
Cortinas verdes, igual a bosques sutiles;
la
cama bajo el esbelto cuerpo
de la mujer.
Bailando en un polvo de duraznos
se difunde la luz del día.
Y en los ojos de la mujer
naciendo
el sol,
como las olas sobre la mar.
Sal en las pupilas. Pestañas en azúcar.
Las manos visten una piel,
de seda y delicada; y el amor
dejó
su sombra en ella.
Hoy es un nuevo día.
Labios rojos.
Besos que la noche aguarda:
la luna abrazará aquella boca.
Y un hielo blanco, quieto
y amable,
sobre el caliente aliento
de una boca en medio de su sangre.
Sol que va entrando por las cortinas;
y él se desliza por la piel:
desnuda de sombra y de noche.
Daniel Alejandro Gómez (Argentina, 1974). Poeta, narrador, ensayista y dibujante. Ha publicado un libro de relatos, Muerte
y vida (2006). Sus cuentos y poemas han aparecido en varias antologías, entre ellas La voz del mundo (2006, en formato digital), y en periódicos y revistas de Argentina, Brasil, Colombia, España y Estados Unidos. Ha escrito artículos sobre temas políticos
para la revista Sufragio, de México. Uno de sus poemarios será publicado próximamente por la Editorial Ábaco, de España. Reside en Gijón. Los poemas La cicatriz de tu mirada y Tiempo de otoño se publican por primera vez.