En la carretera de Sóller
(que conduce únicamente a Sóller)
voy persiguiendo rostros y señales
a través de curvas cada vez más cerradas
dejo
atrás el promontorio y la ermita de la Trinidad
con sus tres monjes de barbas negras
haciéndonos salir con su pasto mágico
en los ojos
dejo atrás esas zonas
que caen sobre el mar como los últimos relámpagos
sobre la carretera donde sopla el viento de Valldemossa
y el
viento de Sóller como una tentación hacia el abismo
a través de curvas cada vez más cerradas
cada vez más sombrías entre el desfiladero
y los cipreses
en la carretera donde vi el primer ciprés y supe distinguirlo
de toda compañía de la primera palabra para la fuga
aún
vamos sobre ruedas como en una carroza
en giros obligatorios la otra parte
de nosotros mismos ha quedado allá arriba
huertos sin gaviotas
a expensas de las piedras
el cielo con una enorme cicatriz
el paisaje con tres monjes sodomitas
cae sobre las curvas que se suceden
en
la carretera de Sóller
con alguien a mi lado presumiendo una luz que desconozco
un lento varadero entre tablas
es estrecha la vía y Sóller
aparecerá
cuando el verde se desprenda de la máscara
de los grandes troncos
que levantan puentes y pendones de fieltro
y el muérdago sobre
el cristal
que sedimenta el aire
en la carretera de Sóller
a más de quinientos metros sobre el nivel del mar
donde todos los peces se
pierden se parecen
y están las negras barbas de los ermitaños
echándonos al tiempo cerrándonos la puerta
hacia la carretera
donde Sóller
espera
hacia el asfalto que inicia el final del recorrido
donde el brezo y el mirlo se apresuran
sobre mi cuerpo roto
prolongado hacia
Sóller hacia un deseo
demasiado ajeno a la luz o a los destrozos
del carro que cede de pronto al precipicio
tras la fragancia de las
curvas
y Sóller al fondo
recibe al visitante con flashes y sonrisas
y algunas excesivas rosas depositadas sobre ti como por descuido
en
la carretera en Sóller
entrando triunfal como un silbo a punto de desaparecer.
A esto le llaman nube porque pasa
cansada de ser vista
a esto que se enreda y desenreda entre las manos
falta la margarita
falta la margarita
que era la mancha de siempre
la mancha falta la nube la margarita
pasa repetida
en la inscripción de un tiempo que no compartimos
en San
Rafael a las doce de la noche
el veintiocho de octubre de dos mil dos
a esto le llaman nube es volátil
con la vista cansada amablemente
el
devenir a tientas el tejado
ausente aún tejas rotas
marcando el paso de los años
se ha grabado el convite
sobre la piedra y San Rafael
un
veintiocho a las doce
sólo dos mil ángeles acudían
contra dos mil demonios el año dos mil dos
San Rafael y aquellos edificios diminutos
de un tarot
de peligrosa piedra en declive
a esto le llaman paso
de los años borrados
se enredan y desenredan como las manos
en la blanca
brisa de siempre
cabelleras imperceptibles
del retrato faltan
la brisa la margarita San Rafael
aquel enorme pasadizo a la proximidad
las
zanjas albañales denostando un ritmo que no tiene
la blanca risa de los albañiles
pobres marcando el paso de los años
a esto le llaman
nube espacio vacío pared
pequeñas tejas de las doce
frías como la piedra peligrosa del declive
posterior entre las manos
se enreda se
desenreda el tiempo La Habana dos mil dos
un veintiocho de octubre es un día cualquiera
que llaman nube invierno elemental
un pequeño
vacío en la pared
falta la margarita
y esto.
Félix Hangelini (La Habana, 1977). Licenciado en Letras por la Universidad de La Habana. Ha obtenido los premios
de ensayo Temas 2000, y Calendario 2002 por La construcción de las olas (La Habana, Editora Abril, 2003) y el Premio de la Academia
Castellana y Leonesa de Poesía 2005, por el poemario La devastación (La imaginación de la Bestia) (Valladolid, Fundación Jorge Guillén,
2006), al cual pertenecen los textos que aquí publicamos. Reside en Barcelona, España.