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                        DECIR DEL AGUA / Segundo ciclo / Segunda entrega / Abril de 2007
OTROS ÁMBITOS  (continuación)
Alberto Lauro
CARTA A SAULO
Willy Peña: El gran tren.  Óleo sobre lienzo, 2002.
Hermano:
Los labios con que has mentido
hoy son mis labios, olvidada la voz,
la zarza ardiente, el polvo
del camino de Damasco.
Es de madrugada.
Como un fantasma entra a mi cuarto
una anciana rezando el rosario
detenido en los misterios dolorosos.
Y todavía me bendice.
Afuera, en la noche del mundo,
de nuevo canta el gallo
tres veces por mí.
EN LA CENA

Alberto Lauro (Holguín, 1959) estudió Filología Hispánica en la Universidad de La Habana y en la Autónoma de Madrid.  Obtuvo el Premio Literatura en 1986 con el poemario Con la misma furia de la primavera (1987) y el Premio de la Ciudad con Los tesoros del duende en 1987.  En Madrid publicó el poemario Cuaderno de Antinoo  (1994).   Reside en España desde 1993, donde su libro En brazos de Caín recibió el Premio Odisea de Novela en 2004.  Los poemas "Carta a Saulo" y  "En la cena" eran inéditos.

Agustín Labrada
INVENTARME EN EL VACÍO

En la balanza,

otros ojos definirán mi luz y mi tiniebla.

 

Mi propia nobleza fue la espada enemiga

y navegué muy solo,

sin poder elegir el arpa o el Infierno.

 

Qué denso es el camino de dos caras.

Si mentí, fue para inventarme en el vacío.

Si viajé sin llegar a la muerte,

fue para mí un misterio.

 

Vengo desde un pozo

adivinando el mundo entre la incertidumbre,

mientras un viejo siglo cruza

ante ese juez más sabio que es el tiempo.

DESDE BERLÍN

A tres eclipses, aún navegaba el muro por la neblina con ángeles sombríos, igual que mis deseos. Soles después, no habría otro dique que la pasión y los años vencidos con su implacable nieve. Nunca hubo muros ni en China ni en Berlín ni en mi sombrero que atajasen el odio, la vida como esfera. Pensé en mi padre y en nuestras alambradas, campos minados para morir los dos sin ángeles ni muros.

CON TUS PROPIAS CIGÜEÑAS

Agazapados o tensos como hachas, desde la bruma o en duros mediodías, envenenan el trigo. Pavorosamente, ocupan cada espiga hasta que baile su amenazante soga dibujando epitafios. No son eternos, aunque fijen azufre y telarañas, y en tu cabeza hospeden un agrio testamento. Esos fantasmas permanecen contigo en cada azote con tus propias cigüeñas, con tu mismo candado.

Debajo: AGUSTÍN LABRADA
(La sección OTROS ÁMBITOS continúa en la página siguiente)

Agustín Labrada (Holguín, 1964) estudió Licenciatura en Educación en La Habana. Desde 1992 reside en México, donde cursó un diplomado en literatura en la Sociedad General de Escritores de México. Ha publicado los poemarios La soledad se hizo relámpago (1987), Viajero del asombro (1991) y La vasta lejanía (2000), así como los libros de periodismo cultural Palabra de la frontera (1995), Más se perdió en la guerra (2000) y Un paseo por el Paraíso (2006), y la antología de poesía amorosa cubana Jugando a juegos prohibidos (1992). Recibió el Premio de la Ciudad de Holguín en 1987. Coordina el Premio Internacional de Poesía “Nicolás Guillén” y dirige la revista Río Hondo.

Esta noche, a la hora de la cena,
—no éramos precisamente doce—
en el lugar de la abuela
descubrimos a una extraña.
¿Cómo es posible que durante años
no supimos cuándo hubo de partir?
Ajenos y ocupados estábamos
en dar falso esplendor a su apellido.
¿Cuándo su traje se hizo jirones,
garras las uñas de sus manos,
pozo de sombras sus bellos ojos,
esa boca tenebrosa
en quien no llegan a reconocer
el rostro amargo de una mujer
que nos acusa de haber vendido
su casa por un pedazo de pan?

POEMA XXXV

De todas las monedas heredé la que es del César.  Para tenerla mentí a cualquier precio.  Dilapidé mi ser en una causa que otros inventaron, sin saldar la deuda contraída con la usura ni borrar el tropel de los caballos que huyeron espantados a la noche. En una cara hay alguien hablando de los muertos.  La otra enmascara al vacío.  Creí que era toda mi gloria.  La guardé como un ladrón que roba a los dioses su única fortuna.  La escondí de las prostitutas y los sacerdotes.  Quería comprar la eternidad o al menos un poco de sombra cuando la tarde amortaja al verano y en mis ojos el fuego se convierte en sangre. Por ella aposté a los tahúres, renuncié a los caminos, hipotequé mi vida.  Cautivos soñaron entregarle su miseria.  Emperadores veneraron su esplendor.  De todas las monedas tuve una.  Y era falsa.

(De Cuaderno de Antinoo, 1994)