La pelota que rebotó contra los muros del colegio,
es la misma lanzada en un parque de mi infancia…
aún no ha tocado el suelo.
La pelota de Dyron
cayó sobre la pátina de un héroe
muerto a balazos por la tiranía
del año cincuentaitantos
Desde la casa contigua
al monumento,
reclama Ricardo González Fernández,
antiguo compañero de lucha
del héroe asesinado
La poesía nada tiene que ver
con ese hombre,
la pelota es la misma
lanzada en la infancia de Dylan Thomas
a inicios del pasado siglo. Pues la pelota de Dyron
—igual
a aquella—
se ha quedado en un punto de la altura,
en brazos de la estatua
en homenaje al héroe asesinado
en el cincuentaitantos.
En mis últimas horas no tengo ni una línea escrita por tu mano, ni una línea de aquel a quien he dado mi vida entera. Esperé,
esperé desesperadamente. No me llamaste, no me escribiste ni una palabra, ni una sola palabra.
Stefan Zweig
Mujer
desconocida que escribes desde Innsbruck, tampoco dije yo mi nombre, ni tuve el suyo. Quien debió reciprocidad faltó a mis días, como
aquel por el que tú caminabas los desiertos
Mujer desconocida, yo también me pregunto cuántos inviernos duró su sentir. ¿Cinco?
¿Siete? Acaso nada. Acaso hoy debo reconocerme muerto sobre la faz de la tierra, inerte como todos mis antecesores. Acaso
debo poner fin a esta costumbre de pronunciar con desconfianza, casi con miedo el nombre amado. Acaso debo dejar de nombrarlo
Pero
tú, mujer desconocida, no has estado sola; yo he seguido, minuto a minuto, cada paso. ¿Comprendes ahora que esas huellas no te merecían? No creas que has sido más desconocida que él. A él, ninguna de las voces que susurraron palabras a su oído hoy le recuerdan. Con tu muerte él ha dejado de existir, pues sólo en ti fue posible su nombre a la manera de lo eterno. De lo que se lleva prendado
sin que nada ni nadie pueda apagar. De lo que nunca se muda de lugar. De lo que nunca muere. Ningún pecho de aquellos en los
que estrechó sus furias hoy le dicen nada. No hay ni habrá nadie a su lado susurrándole canciones
Nadie, mujer desconocida,
nadie, porque esa carta que escribías desde Innsbruck sigue abierta, no ha querido entrar a ningún sobre. No quiere extraviarse
vulgarmente en las oficinas del correo. No está dispuesta a ser leída por nadie más que su único y feliz destinatario. Pues él sigue vivo mientras yo escriba estas líneas a las que no pondré punto final hasta conocer que alguien pretende continuarlas.
Mujer
desconocida que escribías desde Innsbruck, tu carta y la mía son una misma carta.
Ghabriel Pérez (Holguín, 1968) ha publicado los poemarios En brazos de nadie (2000), que había obtenido el Premio de la Ciudad en
1998, y Canción de amor para el fin de los siglos (Premio Poesía de Amor de Varadero, 1999), así como Hijo de Grecia (2005). Su libro de relatos El parque de los ofendidos recibió el Premio Calendario en 2002. Reside en su ciudad natal. Los textos
que aquí publicamos eran inéditos.
En esta noche hilada desde una rueca díscola,
han sido revelados los símbolos, que hacen
del universo
una ciudad irreal como la incierta Thule:
el discreto velamen, la nefasta atracción del laberinto,
el espejismo de la zarza,
en el camino de regreso a Canaán.
La vuelta a la raíz es el silencio,
pero el destino prisionero que
condenó a mi estirpe
a vagar por la silvestre y encumbrada vía,
develó los anagramas que proscriben el retorno.
Signos contrarios
al miedo y a la duda
me regresaron al umbral,
donde el acceso a la ciudad perdida
es la imagen de un rito
virtual del intermundo.
Esta es la noche protohistórica
para nombrar y ser nombrados,
el abandono de una edad cuyo centro es un árbol
como el desasosiego. Árbol guía, árbol antípoda
de la ceniza y el cuchillo, trasmigración
de los espacios por fundar.
Estoy en el origen de las
palabras,
al centro de una pradera reminiscente
que no sé atravesar.
Hondo es el llamado que emerge del Jardín.
Piedra de sacrificio en plena oscuridad,
no puedo retorcer
el idioma para que salte el logos
la región quebradiza de mi espíritu.
Me declaro incapaz para el regreso,
inútil para franquear
las puertas de cualquiera
Jerusalén Celeste,
porque volver sólo es posible si el ardid visionario
de quien siempre aspiró a
fuera más trascendente
que sus propias tinieblas.