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                        DECIR DEL AGUA / Segundo ciclo / Segunda entrega / Abril de 2007
OTROS ÁMBITOS  (continuación)
Kenia Leyva
LEGADO

Qué negra nana, hijo mío...

Delfín Prats

 

 

Lejos de todo lo innombrable

nos pareció justo inventarnos una canción

que lavara los pasos.

Canción distinta

a la de nuestros padres,

de música prohibida

y melenas culpables,

ellos nos susurran verdades

para que no ignoremos la génesis

de las culpas y los entonces.

Nos pareció justo

escoger el animal que más se nos asemejara

para convertirnos en él,

era como asistir a un baile

en el que todos abiertamente mostraban

su antifaz.

Sobre los nuestros, los errores

de otra generación

sin querer

nos empujan al desquite

sabiendo que el duelo es desigual,

el ofendido jamás escoge las armas,

sólo llega puntual a la cita

con todas las miradas y dedos

apuntando a su cabeza.

Parte disputada de mi generación.

Cada estación nos entrega su enigma,

obligándonos a descifrar las señales,

a buscar entre los padres

el código prometido

para aprender a vivir con esta canción inventada,

canción lejana y distinta

que nos hace sorprendernos en el centro

mismo de las dudas,

que nos sumerge en viejos estatutos

y nos devuelve a la ciudad aún desconocida

mientras el fruto de lo legado

comienza otro duelo.

LA TORMENTA HA SIDO DURA

Nada habrá que nos salve,

ni los domingos, ni los recuerdos recién bañados en el río,

ni las travesuras de ir creando en cada calle las próximas

travesuras,

ni el amante que en días inocentes

hizo perder la inocencia de los días.

 

Qué mito estábamos tejiendo

para vernos limpios y distantes

sin que duela la memoria.

De qué forma nos fuimos convirtiendo

en otoño que pregunta     eco que descompone el mar.

El mar, otra vez el mar, símbolo de todo y nada,

paisaje que hiere y reconstruye.

 

Incrédulos y melancólicos

nos descubre cada día la ciudad,

hija pequeña de la Isla.

Infiel a la madre,

vengativa y lacerante,

ciega los pasos

entregándonos perfectos laberintos,

diseños exquisitos para perderse

y bendecir el abandono entre sus muros.

 

La tormenta ha sido dura,

como duro es este oficio de náufragos

amando el canto de los pájaros

desde este desamparo.

Diana Rosa Latourt: Moons Are Coming, II.  Colografía.

Kenia Leyva (Holguín, 1974) es graduada de Técnico Medio Superior en Construcción Civil.  En 2002 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Adelaida del Mármol con el libro La limpia sangre del cordero (publicado en 2003).  En su haber tiene, además, Disertación de Cleopatra mientras amanece sobre Roma (2000) y Yo no podría jurar, Premio Alcorta 2003 (publicado en 2004). Reside en su ciudad natal.

(La sección OTROS ÁMBITOS continúa en la página siguiente)
LA OTRA ORILLA O PALABRAS DEL QUE ESPERA

                                                                       A George Riverón, por su poema La Raya

 

Detrás quedó la Isla, sus vicios y manías, su breve geografía flotando sobre las dudas del que espera.  El que espera es un animal tendido como una sombra en toda su levedad bajo el débil fuego de las cosas perdidas.

 

Aún es nuestro el recuerdo, la vocación de entregarnos sin preguntas a la nostalgia.  La raya no es más que un símbolo, una palabra conjugada sin tiempo ni persona por el destino.  Aún se resguarda del olvido los días compartidos sin más pan que los aullidos de Allen Ginsberg  y una música que pretendía ocultar los deseos cuando pasaba un cuerpo, los cuerpos, porque el amor y la dimensión de unos ojos sostuvieron el temblor y la prisa del que ahora escribe desde un sitio distante las coordenadas del invierno.

 

El que espera sabe del peligro de vivir contando las horas como si fueran simples cuentas emborronadas en cuadernos escolares.  Sabe del miedo, de la asfixia,  de las mil caras de la ausencia.  Sabe que la sobrevida siempre será una apuesta de riesgo, un acto premeditado del que todos somos culpables.

 

Detrás quedó la isla, sus montículos de sal, el pequeño cuarto del vedado bendecido por el té y el sudor en las madrugadas, la suma de los siglos cayendo sin misericordia sobre las columnas fisuradas.  Sobre todo.

 

El que escribe desde un sitio distante acaricia un cuerpo mientras nieva.  El que espera piensa en estas cosas, o prefiere imaginar que el que escribe es feliz  como en los días compartidos sin más pan que los aullidos de Allen Ginsberg y un mediodía duro, tan duro, como el peligro de contar las horas como quien cuenta los árboles al borde del camino.