Qué negra nana, hijo mío...
Delfín Prats
Lejos de todo lo innombrable
nos pareció justo inventarnos una canción
que lavara los pasos.
Canción distinta
a la de nuestros padres,
de música prohibida
y melenas culpables,
ellos nos susurran verdades
para que
no ignoremos la génesis
de las culpas y los entonces.
Nos pareció justo
escoger el animal que más se nos asemejara
para convertirnos en
él,
era como asistir a un baile
en el que todos abiertamente mostraban
su antifaz.
Sobre los nuestros, los errores
de otra generación
sin querer
nos empujan al desquite
sabiendo que el duelo es desigual,
el ofendido jamás
escoge las armas,
sólo llega puntual a la cita
con todas las miradas y dedos
apuntando a su cabeza.
Parte disputada de mi generación.
Cada
estación nos entrega su enigma,
obligándonos a descifrar las señales,
a buscar entre los padres
el código prometido
para aprender a vivir
con esta canción inventada,
canción lejana y distinta
que nos hace sorprendernos en el centro
mismo de las dudas,
que nos sumerge en viejos estatutos
y nos devuelve a la ciudad aún desconocida
mientras el fruto de lo legado
comienza otro duelo.
Nada habrá que nos salve,
ni los domingos, ni los recuerdos recién bañados en el río,
ni las travesuras de ir creando en cada calle
las próximas
travesuras,
ni el amante que en días inocentes
hizo perder la inocencia de los días.
Qué mito estábamos tejiendo
para
vernos limpios y distantes
sin que duela la memoria.
De qué forma nos fuimos convirtiendo
en otoño que pregunta eco
que descompone el mar.
El mar, otra vez el mar, símbolo de todo y nada,
paisaje que hiere y reconstruye.
Incrédulos y melancólicos
nos
descubre cada día la ciudad,
hija pequeña de la Isla.
Infiel a la madre,
vengativa y lacerante,
ciega los pasos
entregándonos perfectos
laberintos,
diseños exquisitos para perderse
y bendecir el abandono entre sus muros.
La tormenta ha sido dura,
como duro es este
oficio de náufragos
amando el canto de los pájaros
desde este desamparo.
Kenia Leyva (Holguín, 1974) es graduada de Técnico Medio Superior en Construcción Civil. En 2002 obtuvo el Premio Nacional de
Poesía Adelaida del Mármol con el libro La limpia sangre del cordero (publicado en 2003). En su haber tiene, además, Disertación
de Cleopatra mientras amanece sobre Roma (2000) y Yo no podría jurar, Premio Alcorta 2003 (publicado en 2004). Reside en su ciudad
natal.
A George Riverón, por su poema La Raya
Detrás quedó la Isla, sus vicios y manías, su breve geografía flotando sobre las dudas
del que espera. El que espera es un animal tendido como una sombra en toda su levedad bajo el débil fuego de las cosas perdidas.
Aún es nuestro el recuerdo, la vocación de entregarnos sin preguntas a la nostalgia. La raya no es más que un símbolo,
una palabra conjugada sin tiempo ni persona por el destino. Aún se resguarda del olvido los días compartidos sin más pan que
los aullidos de Allen Ginsberg y una música que pretendía ocultar los deseos cuando pasaba un cuerpo, los cuerpos, porque el
amor y la dimensión de unos ojos sostuvieron el temblor y la prisa del que ahora escribe desde un sitio distante las coordenadas del
invierno.
El que espera sabe del peligro de vivir contando las horas como si fueran simples cuentas emborronadas en cuadernos
escolares. Sabe del miedo, de la asfixia, de las mil caras de la ausencia. Sabe que la sobrevida siempre será una
apuesta de riesgo, un acto premeditado del que todos somos culpables.
Detrás quedó la isla, sus montículos de sal, el pequeño
cuarto del vedado bendecido por el té y el sudor en las madrugadas, la suma de los siglos cayendo sin misericordia sobre las columnas
fisuradas. Sobre todo.
El que escribe desde un sitio distante acaricia un cuerpo mientras nieva. El que espera piensa
en estas cosas, o prefiere imaginar que el que escribe es feliz como en los días compartidos sin más pan que los aullidos de
Allen Ginsberg y un mediodía duro, tan duro, como el peligro de contar las horas como quien cuenta los árboles al borde del camino.