Desde la azarosa vida de José María Heredia, y su final patético en el México de 1839, hasta el día que respiramos hoy, la historia
de la poesía cubana ha sido marcada por el exilio de sus mejores poetas. Un catálogo que juntara los nombres y la obra de nuestros
poetas exiliados, alimentaría la pretensión de lo infinito, y siempre debería mantener sus puertas abiertas para recibir, para dar
lumbre y pan a los que nos llegan a diario. Llegar al exilio es caer desnudos y ensangrentados en la condición inhumana de vivir en
el limbo, de no pertenecer a ningún lugar, porque siempre estaremos recién llegando y nunca nos acabaremos de ir de los lugares donde
mordimos la conciencia de estar vivos.
En mi último viaje a Cuba, a finales del año 2000, encontré en las librerías de mi pueblo
una antología acabada de publicar por Letras Cubanas. En Cuerpo sobre cuerpo sobre cuerpo: Catálogo de nuevos poetas cubanos, se daban
noticias frescas de los poetas nacidos entre 1972 y 1983. De las poéticas que alzaban la voz en aquel libro sobresalían varios nombres
llenos de promesas, y uno de ellos era el de George Riverón (Holguín, 1972), especialmente por el poema titulado “los días del perdón”,
texto al que siempre regreso a perdonar y perdonarme.
Hace dos años Riverón nos alegró con la buena nueva de que ya había levado anclas y estaba latiendo en este lado de la Isla, y ahora
nos acaba de regalar una Señal de vida, su primer libro publicado en el exilio. El libro es una suerte de antología personal donde
el autor reúne sus mejores poemas publicados en libros anteriores, a los que suma un puñado de textos inéditos, para armar una magnífica
carta de presentación donde el golpe del tiempo, los insomnios y la fuerza del talento van decantando a los mejores poetas, los que
llegan a sostener las paredes y existencia del viejo catálogo.
Irreverente, preciso, decidor de misterios y verdades dolorosas,
iconoclasta que se desnuda en público para enseñarnos sus desamores y miserias, el poeta va trazando, al paso de cada verso, un mapa
que revela la abrupta cartografía del hombre común. Este es un libro que se convierte en espejo que refleja el rostro descarnado de
quien traspase el umbral y se adentre en sus páginas.
Las palabras y los temas son los mismos, los de siempre: la soledad, el
deseo y la pérdida, los naufragios, los ángeles caídos, el corazón que golpea una piedra para que un hombre siga respirando, el perdón
y el llanto de un payaso; al final, trabajamos el mismo barro a la hora de traducir la vida en versos. Pero, lo que hace único este
libro de George Riverón es la forma en que arma su discurso, sin rebuscamientos ni estridencias, amparado en un dominio perfecto del
lenguaje y desde una sencillez extrema en el uso de su voz. Riverón viene a recordarnos con palabras claras, en un susurro, que nosotros
somos también ese viejo ser para la muerte; y luego de escucharlo atentos, de leer y releerlo, nos acoge una mezcla de alivio y desamparo,
esa plenitud en soledad que siempre nos martilla en el pecho un poema demoledor.
Llega este poeta, con su manojo de versos, para salvar(nos) la eterna batalla donde se parten las lanzas de la legitimidad, donde
un amasijo de escribanos defiende su centro de universo sin comprender que ese combate siempre marca el final de la palabra. Las páginas
de Señal de vida vienen a demostrarnos que poco importan ya la poesía homoerótica o la negrista, la poesía social, la romántica o
la surrealista, si al final lo que nos queda es un poema que nos penetra hondo y nos suelta a las calles, en “los días del perdón”,
a predicar la nueva siembra y el nombre de su hacedor en los cuatro rincones de esa biblioteca postrera que es el tiempo.
Señal
de vida y muerte, es un libro rotundo como los edificios de planta circular, es el aviso de llegada y la confirmación de que en cada
poema, en cada verso irrepetible, el hombre que los ha escrito ha dejado un pedazo de su vida y también ha sentido la cercanía de
la muerte, esa calma que siempre nos regala la perfección de una página.
George Riverón: Señal de vida. Prólogo de Reinaldo García Ramos. West Virginia, Ediciones El Salvaje Refinado, 2005, 80 págs.
con permiso de salvatore quasimodo
espléndido
como un salto
de agua en mitad de la fuente
el bello muchacho atraviesa el patio
en busca del amor crucificado en el poste de telégrafo
billie
holiday canta lover come back to me
y el viento serpentea con su voz los silencios de la noche
rotos interrumpidamente con el chirriar
de las rejas
que se abren al paso del deseo
el bello muchacho se hunde
en la estrecha sombra del poste de telégrafo
elevando las
manos al cielo
alrededor
un coro de voces gime
suplicando al joven dios
una lluvia de luz sobre la tierra
el viento serpentea
lover come back to me
y tras las rejas que se cierran
acaso el corazón nos queda
acaso el corazón
y un gran vacío.
George Riverón (Holguín, 1972) se graduó en Dirección de Cine, Radio y Televisión en el Instituto Superior de Arte de La Habana. Ha publicado los poemarios Contra la soledad de la sombra (1994), El último dios (1997), Los días del perdón (1998), Extraños seres
de la culpa (1999) y Escritos invernales (2001). Salió de Cuba en 2004 y reside en Miami. Dirige y diseña la revista digital
de literatura La Zorra y el Cuervo (www.lazorrayelcuervo.com) y es el editor invitado de la sección OTROS ÁMBITOS de la presente entrega
de DECIR DEL AGUA.
Germán Guerra (Guantánamo, 1966) reside en Miami desde 1992 y en esta ciudad ha publicado Dos poemas (1998)
y Metal (1998). Se ha destacado también como ensayista y editor. Fundó y dirige desde 1998 la Colección Strumento, pequeña
editorial de corte artesanal destinada a la publicación de libros de poesía. Es el Asesor Editorial de la revista DECIR DEL
AGUA.