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                        DECIR DEL AGUA / Segundo ciclo / Segunda entrega / Abril de 2007
VESTIGIOS DEL OLEAJE (continuación)
Orlando Rossadi
 
QUEMARSE EN ESA LLAMA

José Luis Domínguez: Los dedos en la llama.  Chihuahua, Instituto Chihuahuense de la Cultura (Colección Solar), 2006, 208 págs.

Bajo el título general de uno de los libros reunidos en el tomo, Los dedos en la llama, el poeta mexicano José Luis Domínguez recoge diez publicaciones anteriores que marcan y definen una trayectoria de años en el “taller poético” espiritual y mental del creador. Son diez aportaciones al mundo del poema que en su conjunto parecieran proceder de varios caminos, de diferentes “enviones emotivos”, como lo definiría Leopoldo Marechal, de impulsos divergentes distintos, como en verdad así se presenta la poesía: variaciones de un mismo tema para diversos instrumentos. He creído siempre que la creación literaria se abre ante el estímulo de una circunstancia que se ha metido en nuestro interior bien hondo, hasta doler, para que de allí despunte en las cuartillas el poema cumplido.

 

El libro está traspasado de un hálito de poesía verdadera que recorre la situación del creador para carenar, por momentos, en aguas a veces bajas: los “minidestellos”, aquellos otros del diario inconcluso de todo un mes de intenso escepticismo, y ese otro fabuloso andamiaje de su “Anexo de bitácora do capitao Fernao de Magalhaes”, esconden por los recovecos del relato el gusto y el regusto de la poesía conseguida.  En ocasiones nos quedamos con el deseo de festejar en grande el poema escueto y sostenido como vehículo y depositario de emociones en palabras que enganchen los sentimientos y que, en muchos textos del libro, se exponen en iluminadora evidencia:

“Sobre estas palabras van descolgándose mis ojos, mientras la vida, allá afuera, se me va haciendo tarde. Ángeles de tinta van tatuando el corazón del manuscrito. Poema húmedo, sicomoro huérfano de sol y de hojas, que aún no toca el cierzo que vaga por las calles.” (99)

 

A veces parece que en su obra terminada pretendiera o quisiera ser algo más que el buen poeta que es, como demuestra esta conseguida selección, y se lanza a robarle espacios al narrador, sobre todo en aquellos momentos en que se viste de ropajes cercanos a la prosa y sale el “relato” a contar cosas dentro del cuerpo, ahora un tanto frágil, del poema.  Es aquí, en esa entrega, que el texto se quema en su propia llama, o se desmiembra y deshilvana en palabras sueltas, como en los reintentos futuristas de sus “Tres poemas de nostalgia lanzados al viento por Neshé Yashín” (142).  En estos tiempos que corren, en que ciertos embelecos cubren la página y roban casi toda la atención, el poema pareciera buscar nuevas soluciones y ofrecer más atractivos que la simple poesía, y sin pensarlo mucho nos vemos tentados a dar el salto en el vacío.

 

Para mi gusto los textos más logrados de este libro, en esta selección, son los que pintan de cuerpo entero la esencia del escritor en su creación, los que sacan a pasear al alma en el buen oficio del hacedor de poesía, y Domínguez lo logra en “Paseo vespertino” y algunos otros más del libro Odiseo en el espejo (2003); en aquellos vuelos a la manera de carreras de ciervos que huyen del cazador de Los cantares del ciervo (1997) e incluso en algunos trozos muy conseguidos dentro del disfraz de la prosa, como lo es aquel que dice: “Tengo un cuerpo que es mi sal y mi tierra, pero no soy mi cuerpo, hogar en ruinas, ni esta sal enardecida de mis huesos, en realidad soy ese algo que no sé qué soy.” (180)

 

Con  la muestra abarcadora que es Los dedos en la llama, estamos ante un buen escritor que no tiene por qué recurrir a ningún delirante recurso que no sea su esencialmente humana y guiadora intuición poética, la cual, cuando se le escucha, conduce al poeta de cuerpo entero que es Domínguez por el camino trazado en sus propias palabras:  Atado por un cáñamo de hueso, mi corazón de péndulo se rompe sobre baldosas frías, parágrafo traidor que me delata, palimpsesto del alma donde una honda pena cobra vida.” (93)

ESCRITO OLVIDADO EN EL BURÓ
DEL CUARTO DE MADAME CURIE

Soy una bruja,

una arpía de ideas cortas y cabellos largos.

Me encanta ser cínica,

es una forma segura de tener siempre la sartén por el mango.

No presumo de ser una femme fatale

sino de ser sólo una arpía.

 

¿Nunca has oído que detrás de cada gran hombre hay

           [una harpía?

 

Hazme tuya,

prometo no sacarte el corazón,

ni siquiera los ojos,

si acaso grabaré tu espalda con mis uñas para

           [que me recuerdes,

para que mi deseo no sólo sea un sueño en tu cuerpo

           [desnudo,

sino carne, piel y huesos.

Me ceñiré a ti como la hiedra al muro,

te adherirás a mí como el musgo a la piedra

           [húmeda del río.

No temas al que dirán, Pierre,

el secreto odio, la secreta envidia que te profeso,

llevarán puesta, siempre,

la máscara pública del amor.

PASEO VESPERTINO

Llega hasta aquí, caminando,

desde el viejo barrio de Bloomsbury,

sin encontrar vestigios de Eliot o Virginia.

Observa un letrero ya oxidado de una pared en ruinas:

“Don’t let you throw the empty voltees”.

Nunca sabrá cómo ni por qué quiso venir a Londres,

sólo quería romper el viejo y duro molde de su máscara,

            dejar de vivir la vida inútil de los otros,

            dejar de ser el inquilino detestable en los ojos

                       [siempre abiertos de los otros.

Aquí la luna mucho menos es distinta de la luna de América,

aquí la luna sigue siendo etérea al mirándose al espejo;

aquí la gente es como en todas partes:

carne, sangre, sal, huesos y “una inercia tan absurda”;

aquí el mal del siglo es no llegar a tiempo,

            tomar litros de té

           y guardar las apariencias;

“aquí todo es tan viejo y sucio

con ese hollín de siglos incrustado en la epidermis”

y el agua es agua,

y el humo, humo.

El Támesis,

un torrente de sucia sombra desbordándose.

Se ahoga el tedio de esta tarde en ese hondo

           [abismo del crepúsculo.

(De Los dedos en la llama)

José Luis Domínguez (Cuauhtémoc, Chihuahua, 1963) recibió mención honorífica en el Premio Nacional de Poesía Pellicer-Frost (1999) y en 2000 obtuvo la beca David Alfaro Sequeiros del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes, en la modalidad de creación literaria.  En 2001 recibió el Premio Chihuahua en el género de ensayo.  Es autor del volumen El jardín del colibrí (2002), donde analiza la poesía escrita por mujeres en el estado de Chihuahua, y fundador de la Sociedad de Estudios Históricos de Cuauhtémoc Victoriano Díaz, A.C.

Orlando Rossardi  (La Habana, 1938) tiene una destacada obra poética, ensayística y de dramaturgo.  Ha publicado, entre otros volúmenes, la antología  La última poesía cubana (1973) y el estudio Historia de la literatura hispanoamericana contemporánea (1976), así como los poemarios  El diámetro y lo estero (1964), Que voy de vuelo (1970), Los espacios llenos (1991), Memoria de mí (1996) y Los pies en la tierra (2006). Salió de Cuba en 1960 y reside en Miami.

(La sección VESTIGIOS DEL OLEAJE continúa en la página siguiente)