Misericordia
señor
bajo este sable
pasa rasando la nube de la muerte.
Misericordia del cojo
y del bastón manchado
de la sangre que brota
del que todo se ríe.
Tiende tu mano
sobre las rudas ánimas
sobre los niños que no verán la luz.
De nada servirán las piedras de la suerte
las monedas marcadas
el ramo de azucenas
por igual recorta el sable
un picadillo bajo el ojo del gotero.
Sólo tu mano hará la diferencia
sólo ella salvará
de entre la muchedumbre
a los corderos.
Pero mayor ha de ser su tormento
oír en la distancia
el grito exacto de los
decapitados
cargar sobre sus hombros
por extraños caminos
la cruz sin fin de los sobrevivientes.
Sobre sus lenguas secas
se bordará también
la gota del silencio
la gota del jamás.
Misericordia
señor
misericordia.
Le dije a Faulkner que cambiaría el mes;
me llevaría la luz hacia la primavera,
vuelta atrás,
donde los árboles ya comenzaban
a ser verdes.
Mas hacía calor en Egipto;
un sol respiraba lentamente,
caía en los ojos,
se oía.
Estuve pensando que dios era agua,
un río con barcos,
una pirámide;
el borde de un alma caminando rápido
para ser pura y
piedra.
A la distancia, se sentía el secreto,
o los muchos secretos que rondaban
los labios
para sentir la iluminación.
No
abandonamos la paz de las cosas que escuchaban
inmóviles desde la arena
todo lo que teníamos que decir:
la voz era gentil
pero venía
de un acto de frecuencia,
del movimiento primero en el vacío:
el gesto irremediable no se equivocaba.
El triunfo final de
lo que acontecía
era más bien como un cabello creciendo
sobre la cabeza: no se notaba el gesto.
Todo estaba listo para el desembarque;
una
paradoja nos rodeaba en la creencia,
pues la luz de marzo entraba: era el equinoccio,
el rayo sutil sobre el sarcófago
que aliviaba a
los dioses escondidos.
Vamos a dormir y despertarnos simultáneamente:
el propósito del tiempo es confundirnos
para que no podamos
comprender la eternidad.
El camino está ansioso de encontrarnos,
pero insistimos en que deseamos sonar con las campanas,
levantar
el mar con la mirada.
Visto por fuera, el tiempo es una raya
e, igualmente, el marítimo horizonte;
además, una raya curva, el monte
y otra, undosa, la
orilla de la playa.
¿Alguien dibuja allende la pantalla
de la realidad? Yo, de polizonte,
me colara
en la barca de Caronte
para ver Esa Mano que allí ensaya
una vez y otra un dibujo perfecto:
una vertiginosa pincelada
que recubre
el abismo de la nada
y nos transporta en vilo en su trayecto
contra la oscuridad que se levanta
Maya Islas (Cabaiguán, Cuba, 1947) ha publicado varios poemarios, entre llos Altazora (1989), Merla (1991) y Quemando luces (2004). También es autora de Lifting the Tempest at Breakfast (2001), un libro cibernético de poemas en inglés. Recibió el Premio de Poesía Carabela de Plata (Barcelona, 1978) y la Beca Oscar B. Cintas de Creación Literaria en 1990-91. Trabaja en New York como Consejera en Parsons School of Design, una dependencia de New School University, y como profesora de español en Baruch College.
Odette Alonso (Santiago de Cuba, 1964) obtuvo el Premio Internacional de Poesía “Nicolás Guillén” en 1999 con su cuaderno Insomnios
en la noche del espejo. Ha publicado, entre otros, los poemarios Palabra del que vuelve (1996), Cuando la lluvia cesa (2003)
y El levísimo ruido de sus pasos (2006), así como el libro de relatos Con la boca abierta (2006). Compiló la antología Las cuatro
puntas del pañuelo. Poetas cubanos de la diáspora, proyecto que en 2003 recibió uno de los premios del Cuban Artists Fund (Nueva York). Radica en México desde 1992.
Rolando Davidson (La Habana, 1965) cursó estudios de periodismo en la universidad de su ciudad natal. Estudió Ciencias de los
Medios de Comunicación Audiovisual en el Instituto Superior de Arte, también en La Habana. Sus poemas han aparecido en La Tribuna
Hispana y en varias revistas digitales. Desde 1993 reside en Alemania.