Digo de ti caracoles desiertos –huecos no,
amplios, henchidos, poblados.
Miro ahora fijo tu mano
y a tus pies los dioses se han sentado.
Digo
de ti palabras labiales,
digo de ti las extremas vocales.
Digo y procedo: el puente estrella
donde se habita y pasa
es uno y el
mismo; no obstante diferente, es él,
que nos trae y nos lleva, nos revela
y funda en Gracia.
Abres los brazos, libres o intensos,
y
no es sólo a mí a quien recibes:
abrigas lentas luces, vientos densos,
distantes calmas, costas, musgos, nieves…
Así los caracoles: cuando
los tenemos
en la mano, rugosos y sonoros,
¿quién sabe si los comprendemos
hoy, después o antes?
Pienso que las palabras esenciales
que me expresan están en esas hojas
que no saben quién soy, no en las que he escrito.
Jorge Luis Borges
En
las hojas, en las palabras escritas,
en las letras alineadas, en lo que nunca leí,
pero también en lo que dices
apresuradamente
como quien
tapa una cueva,
pero también en el gato durmiendo
sobre el muro,
pero también en el roce de las ropas,
en el amor que otros hacen,
en los
ojos abiertos y bien fijos,
pero también en los vientos insalubres
y en la página en blanco
frente a mis pies,
pero también en la mano
estrechada
anormalmente cálida
y en la frase que se cuela entre dos puertas,
pero también en el verde intenso de las ortigas
y en la ceja
lisa,
pero también en la tumba de las intenciones,
en los futuribles densos
y en los pasos inalterables,
heme aquí conjugado,
heme
aquí conjugado como un verbo.
¿Dónde fuiste cuando dieron las cuatro
y, antes, quién eras tú, si eras?
Amigo o enemigo, ¿puedo hablarte ahora
sentado frente a mí y
con los hombros
doblados al peso de la pluma?
Te hablo sobre la cabeza baja
y veo más allá de ti, en el horizonte,
tus riesgos y tus pasos;
pero
no sé dónde fuiste, ni si eras.
Te miro a fondo, bajo el sol y la lluvia,
haciendo gestos amplios o sólo un leve ademán;
dices palabras
antiguas,
de antes de las cuatro,
y nada sé de ti que tú me digas
de esa cabeza sorda.
No te pregunto por la verdad,
qué piensas de mañana
o si ya leíste a Goethe;
si por lo menos amaste o amas
misteriosamente
a una mujer, a un pez, a una amapola.
No quiero esa mudez de condolencias
hacia
mí, hacia ti, o sólo hacia la tierra
que tú y yo pisamos –y comemos.
Pregunto simplemente si tú eras,
quién eras, y dónde fuiste
después
que dieron las cuatro.
¿Acaso no tienes ojos? No te los veo.
De tarde en tarde
mueves la cabeza, pero tal vez me engaño.
Palabra,
no te entiendo.
De nieve nada sé, de sol tampoco,
de millares de sosiegos despiertos,
del subir de tu rostro tras los hombros,
de la mano ardiente, de
la vista del balcón
nada sé.
Pongo palabras como cosas hechas:
sólo entre ellas, mientras juegan, leves,
su rodar sin color ni cualidades,
mi
creencia existe y ya no es mía,
o sólo tan mía como tuya y de ellas,
aire entre los dedos, zumo de verdades.
Tu palabra está lejos
como de lejos veo
la luz solar que esconde
las ramas del deseo.
Más de mí que de ti
mi palabra está lejos:
rozo
el bronce de aquí
y es allá que resuena.
¿Estás tan cerca de ella
cual yo, de la luz tuya?
Tener la misma piel
nos da calor de luna.
Que
es calor de sereno
entre un día y otro día,
sabor de blando invento,
amor-telegrafía.
Pedro Tamen (Lisboa, 1934). Su extensa obra poética, iniciada en 1956 con Poema para todos os dias, está recogida ampliamente
en Poesia 1956-1978 (1978), Tábua das matérias: poesia 1956-1990 (1991) y Retábulo das matérias: poesia, 1956-2001 (2001). Sus poemarios Guiâo de Caronte (1997) y Memória Indescritível (2000) fueron traducidos al español por Miguel
Ángel Viqueira: Caronte y memoria (2002). Su poesía ha sido traducida también al italiano, inglés y francés. Traductor
de autores tales como Lautréamont, Breton, Jabès, Proust, García Márquez, Onetti, Vargas Llosa y los cubanos Alejo Carpentier y Reinaldo
Arenas. En 2000 recibió el Premio PEN Club.