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Waldo Pérez Cino
A LAS PUERTAS DE SANTIAGO
PUERTAS ABIERTAS (continuación)
(Aquí concluye la sección PUERTAS ABIERTAS)
     
                        DECIR DEL AGUA / Segundo ciclo / Cuarta entrega / Octubre de 2007
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Liliam Cuenca:  Dressed in White.  Acrílico sobre papel, 11 x 16 pulgadas, 2003.

Extraña ceguera la del curso

de los días si van a cuerpo lento,

si se dilata su medida

en el dominio de otra espera.

 

Otra antesala demorada, espera

o más pausado atisbo que otra cosa,

curso blanco

ausente de sí mismo,

como la visión del peregrino

ciego a las puertas de Santiago:

Su visión, el imposible

manto que despoja de luces los colores

de la piedra y de las gentes,

los murmullos

al final ahora del Camino.

Su visión, ahora. Los colores

o su víspera. Ya ha llegado,

y hay murmullos sólo, ruidos,

el incienso que se quema y huele

su blancura infinita. Asombro,

que no haya

colores ni milagro sino el blanco,

el Camino ya sin término en su término

alcanzado, sin lindes ni una meta,

ni frontera

sino curso en su ceguera,

el mismo curso

que lo llevará de vuelta

a la casa lejana, sobre el mismo

Camino que es ya otro si desanda

sus pasos de ciego, la penumbra

del tiempo de la vuelta,

las posadas y los altos

donde estuvo y que ya no reconoce,

nuevos

en su densa demora,

niebla siempre

bajo su ciega eternidad.

LA MIRADA
ENDURA

El balcón se ilumina, la penumbra

vuelta eco en el de enfrente.

Hay pasos en la calle, la madrugada

cobija y amplifica

los pasos y las sombras

de la muchacha que espera

sobre el balcón iluminado

a la otra que sube despacio la escalera.

 

Las siluetas se amplifican, las pisadas

no resuenan, ni resuena la luz

Es luz callada

la que ampara las siluetas

la que cubre la penumbra de quien mira

hacerse sólo una las dos sombras

primero en el balcón, luego en el lecho

vislumbre más que vista o que mirada

menos paisaje que confusa

ansiedad del que escruta —la luz baja

y el lecho superficie donde sombra

y esperas y tiniebla se amalgaman—.

Callada la luz, el cielo raso

la madrugada de ausencia y de fantasmas

recorre su cauce sin saberlo

como recorren las sombras presentidas

la historia o las ficciones que cobijan

el eco y los balcones, la lámpara pequeña

olvidada junto al lecho, la ventana

entreabierta en demoras o de espera.

 

Ciega la luz, la luz transita

el eco y la penumbra, la visión

se aletarga en su suceso, siesta

del que atisba, de la sombra una sola imaginada

o presentida, sombras

las que concurren en la luz callada

y la cama descubierta, destendida

como los pasos que resuenan

en la aurora que abriga

la ilusión del sueño y del delirio,

ansiedad

tan larga de quien mira

y que mañana será nada,

mucho menos que ahora la certeza

del ojo y de la sombra, la certeza

de la luz apagada, silenciosa,

un ancla a la ventana, luz callada.

Qué legibles las páginas del sueño,

tan sin pausa su sentido, tan mediano

sobre el filo donde divergen y confluyen

sus tenaces episodios, sus dos lados.

 

Qué dilatada medida su episodio,

el lance donde vuelven tornas sus fantasmas,

el lado siempre oscuro.  La muchacha

se tumba o se tiende —no llega a sumergirse—

en el agua tibia de la tina, aquí los verbos

que en el sueño también valen, y el detalle,

para prescribir un ritual, el del fin,

o habrá que decir, en vez del sueño, el libro.

En el sueño, o entre las páginas que vuelvo

las dos caras manchadas por el negro

y el oro de la tinta, por el agua

tibia de la tina de madera donde asienta

el cuerpo, el rito, donde remonta la cabeza

apoyando la nuca sobre el borde. La palabra,

Endura, del rito tan extraña, tan cercana

como el agua que se filtra sobre el piso

de piedra, como el rojo de la sangre paulatino

pero que no alcanza a mancharlo. Alguien

la acompaña, pasa las páginas conmigo

señala con el índice

alguna línea oscura, menos línea

que confín con el sitio del retorno

donde aclara la luz, y la penumbra

marca el relieve de las cosas, su silueta

vista de perfil, como si la mano sopesara

el esplendor de un cuerpo o el del trazo

de encausto en el papel, una palabra.

Waldo Pérez Cino (La Habana, 1972) ha publicado el libro de relatos La demora  (1997).  Reside en Madrid, donde se ha destacado como narrador, traductor y crítico.   Es también autor de varios libros de gramática española.  Prepara su Doctorado en la Universidad de Berna (Suiza) con un trabajo sobre el canon literario cubano.  Los poemas suyos que aquí aparecen pertenecen a su libro Cuerpo y sombra, aún inédito.