Extraña ceguera la del curso
de los días si van a cuerpo lento,
si se dilata su medida
en el dominio de otra espera.
Otra antesala
demorada, espera
o más pausado atisbo que otra cosa,
curso blanco
ausente de sí mismo,
como la visión del peregrino
ciego a las puertas
de Santiago:
Su visión, el imposible
manto que despoja de luces los colores
de la piedra y de las gentes,
los murmullos
al final ahora
del Camino.
Su visión, ahora. Los colores
o su víspera. Ya ha llegado,
y hay murmullos sólo, ruidos,
el incienso que se quema y huele
su blancura
infinita. Asombro,
que no haya
colores ni milagro sino el blanco,
el Camino ya sin término en su término
alcanzado, sin lindes ni una
meta,
ni frontera
sino curso en su ceguera,
el mismo curso
que lo llevará de vuelta
a la casa lejana, sobre el mismo
Camino que es ya otro
si desanda
sus pasos de ciego, la penumbra
del tiempo de la vuelta,
las posadas y los altos
donde estuvo y que ya no reconoce,
nuevos
en
su densa demora,
niebla siempre
bajo su ciega eternidad.
El balcón se ilumina, la penumbra
vuelta eco en el de enfrente.
Hay pasos en la calle, la madrugada
cobija y amplifica
los pasos y las
sombras
de la muchacha que espera
sobre el balcón iluminado
a la otra que sube despacio la escalera.
Las siluetas se amplifican,
las pisadas
no resuenan, ni resuena la luz
Es luz callada
la que ampara las siluetas
la que cubre la penumbra de quien mira
hacerse sólo
una las dos sombras
primero en el balcón, luego en el lecho
vislumbre más que vista o que mirada
menos paisaje que confusa
ansiedad del
que escruta —la luz baja
y el lecho superficie donde sombra
y esperas y tiniebla se amalgaman—.
Callada la luz, el cielo raso
la madrugada de ausencia y de fantasmas
recorre su cauce sin saberlo
como recorren las sombras presentidas
la
historia o las ficciones que cobijan
el eco y los balcones, la lámpara pequeña
olvidada junto al lecho, la ventana
entreabierta en demoras
o de espera.
Ciega la luz, la luz transita
el eco y la penumbra, la visión
se aletarga en su suceso, siesta
del que atisba, de la
sombra una sola imaginada
o presentida, sombras
las que concurren en la luz callada
y la cama descubierta, destendida
como los pasos que
resuenan
en la aurora que abriga
la ilusión del sueño y del delirio,
ansiedad
tan larga de quien mira
y que mañana será nada,
mucho menos
que ahora la certeza
del ojo y de la sombra, la certeza
de la luz apagada, silenciosa,
un ancla a la ventana, luz callada.
Qué legibles las páginas del sueño,
tan sin pausa su sentido, tan mediano
sobre el filo donde divergen y confluyen
sus tenaces episodios,
sus dos lados.
Qué dilatada medida su episodio,
el lance donde vuelven tornas sus fantasmas,
el lado siempre oscuro. La muchacha
se
tumba o se tiende —no llega a sumergirse—
en el agua tibia de la tina, aquí los verbos
que en el sueño también valen, y el detalle,
para prescribir un ritual, el del fin,
o habrá que decir, en vez del sueño, el libro.
En el sueño, o entre las páginas que vuelvo
las dos caras manchadas por el negro
y el oro de la tinta, por el agua
tibia de la tina de
madera donde asienta
el cuerpo, el rito, donde remonta la cabeza
apoyando la nuca sobre el borde. La palabra,
Endura, del rito tan extraña,
tan cercana
como el agua que se filtra sobre el piso
de piedra, como el rojo de la sangre paulatino
pero que no alcanza a mancharlo. Alguien
la acompaña, pasa las páginas conmigo
señala con el índice
alguna línea oscura, menos línea
que confín con el sitio del
retorno
donde aclara la luz, y la penumbra
marca el relieve de las cosas, su silueta
vista de perfil, como si la mano sopesara
el esplendor
de un cuerpo o el del trazo
de encausto en el papel, una palabra.
Waldo Pérez Cino (La Habana, 1972) ha publicado el libro de relatos La demora (1997). Reside en Madrid, donde se ha destacado
como narrador, traductor y crítico. Es también autor de varios libros de gramática española. Prepara su Doctorado
en la Universidad de Berna (Suiza) con un trabajo sobre el canon literario cubano. Los poemas suyos que aquí aparecen pertenecen
a su libro Cuerpo y sombra, aún inédito.