Si este ungüentario de cristal romano
que veinte siglos irisaron, donde
la transparencia envejecida apenas
deja ya ver el soplo que le
diera
forma de lágrima y que aún se esconde
en su interior como con miedo a verse
en otro tiempo; si este vaso leve
que otro soplo o milagro
ha conservado
indemne entre los mármoles partidos
de la arrasada villa, resbalase
de mis manos y en un funesto instante
se estrellase
en el suelo dulcemente,
consternación aparte, no sabría
apreciar las distintas magnitudes
de tamaño suceso, ni sabría
ponerle fecha; pero
estoy seguro
de que en el tiempo aquel, que permanece
detenido entre togas y columnas,
se oirían los clamores del desastre.
(De Los estados transparentes)
Siempre llegamos a destiempo.
Cada llegada es un fracaso. Parte
ya el tren y conseguimos
subir en marcha. Todo en vano.
Nos lleva, es
cierto. Pero ya se ha ido.
A través del cristal nos asomamos,
pero la vida ya se ha ido; todo
se ha ido inacabado.
Estamos viendo, rostros,
árboles,
de otras personas y otros campos.
Estamos contemplando una montaña
que ya no es esta misma que miramos.
Oímos voces, gritos,
carcajadas
que hace ya tiempo que sonaron.
Difícilmente pretendemos
hallar una respuesta por el tacto;
y cuando al fin tocamos algo vivo
ya
no está allí lo que tocamos.
Cada momento que nos lleva
es un presente ya pasado.
Nos lleva, es cierto. Pero ya se ha ido;
se había ido
al alcanzarlo.
Toma en sus manos el cincel y, solo,
de poder a poder, se enfrenta
con la piedra.
Y
la va desbastando,
y mete en puntos una idea,
da solidez a un pensamiento.
Mas, a medida que perfila el rictus
de los labios, el
pliegue
o la arruga del manto, va esculpiendo
también el aire que rodea
la naciente escultura,
va modelando lo incorpóreo, el hueco
reflejo
de las mismas formas.
Esos huecos son los que busco, ese
Moisés, esa Piedad, que andan vagando
por no sé dónde y que quisiera
poder
un día contemplar.
¡Qué museo del aire! ¡Qué esplendente
galería de estatuas
magistrales, sin las imperfecciones
de la materia, sólo el
alma
intangible, el espíritu
de cada obra!
(De Los dominios del cóndor)
Como en nervudos arcos
transparentes y altivos lo intangible
manifestando su dureza, alzando
la sólida estructura de su propia
inexistencia
perdurable;
como
la claridad de una vidriera, en torno,
trenzando
sus tupidas
mallas inconsistentes y el silencio
acolchando los huecos
de esta otra forma de materia;
como
el universo, nuevo, renaciendo,
volviendo a ser en otra
dimensión no visible;
como un fulgor translúcido
en medio mismo de la nada,
todo
el vasto imperio de lo bello sube
envuelto en alas y en susurros, sube,
crece, se expande en albos
corales, mudos cánticos de gloria,
litúrgicos
lamentos,
sosteniendo
las altas bóvedas del aire.
(De Los estados transparentes)
Guardo tus manos, que iban poniendo
musgo por mis roquedales
desnudos y no guardo
los brotes perecederos.
Guardo tus ojos, en los que
iba viendo
pasar el barco de la dicha y no guardo
los arreboles del ocaso, que teñían
de sangre y oro nuestro amor.
Guardo tu dolor y
no guardo
los golpes y las ramas cortadas.
Porque sólo es cierto lo que permanece.
Porque somos lo que hemos sido.
Porque el tiempo no
existe:
lo que existe es la historia.
(De Las edades del frío)
Rafael Guillén (Granada, 1933). Su obra poética participa de las coordenadas más valiosas de la Generación del 50. Ha publicado
los poemarios Antes de la esperanza (1956), Pronuncio amor (1960), Límites (1971), Los estados transparentes (1993), Las edades del
frío (2002) y Los dominios del cóndor (2007). Ha recibido el Premio Nacional de Literatura, el de la Crítica de Andalucía, el
Boscán y el Ciudad de Barcelona, entre otros. También cultiva la narrativa y el ensayo. Sus poemas y artículos han sido
traducidos a numerosos idiomas.