Fernando de Villena (Granada, 1956). Doctor en Filología Española por la Universidad de Granada. Ha dedicado varios
estudios a poetas del Siglo de Oro, entre ellos: El primer culto de España: D. Luis Carrillo de Sotomayor (1984) y la Antología
lírica de Luis Barahona de Soto (1991). Profesor de literatura española en Granada. Ha publicado una veintena de
libros de poesía, recogidos en los volúmenes Poesía 1980-1990 (1993) y Poesía 1990-2000 (2004). Actualmente
está preparando un poemario titulado Elegías. Es autor de varias antologías poéticas y cuenta también con una importante
obra narrativa.
Sombrío es el camino y tortuoso
que a
Creyeras que es la noche cuando avanzas,
y el sol no se ha dormido todavía,
pero
las altas ramas
de pinos y cipreses
impiden todo atisbo de su luz.
Se oye a veces un trino
colmado de misterio
que suena a despedida
y
casi también como advertencia.
Es sombrío el camino
que entre campos de loto
poco a poco desciende
tal la lenta serpiente hasta
su presa.
Acaso aún lo ignoras,
pero noche tras noche,
cuando crees que sueñas,
pero día tras día,
cuando crees que vives,
recorres
su calzada pedregosa,
te acercas a las aguas del silencio.
(De El Mediterráneo)
A veces un instante
del tiempo se equivoca
y todos los aromas y sonidos
o tal vez los sabores, las personas,
los sitios de otros años
que se fueron,
renacen de repente
con una intensidad que casi nos asusta.
Y vemos a los muertos
que tanto nos amaron
y nos hablan
de nuevo
y no es un sueño todo.
Granada a nuestros pies, otra Granada
más íntima y fulgente
bajo la suave noche de un otoño
que yo
ya no recuerdo.
Los juegos con mis primos;
mis padres en el auto,
y el olor del pinar que comenzaba
en la misma cuneta…
A veces
un instante
del tiempo se equivoca.
Es un instante sólo,
pero brilla y nos arde en lo más hondo
como si fuera eterno.
(De Elegías)
La vida se nos iba
en días inocentes
de mansa lluvia y frío en los tejados.
Leíamos sin orden, amábamos a veces…
El vano conversar y la
esperanza incierta
nos llevaban el resto.
En días soleados
las fieles estaciones al paso por los chopos
—ya verdes, ya dorados,
ya desnudos—
silentes nos decían la vida se nos iba.
Y se nos fue la vida, ¡tan callando!,
sin traer una nueva primavera
después
del largo y doloroso invierno.
(De Delfín de ausencias)
Aquí, bajo esta losa
que una estatua, besada por la lluvia,
custodia, diligente,
el caudal se remansa de los míos.
Duermen todos
—ya tierra, ya gusanos o nada—,
duermen todos y fueron necesarios
para que alcance ahora
el aura de mi sangre
la yerta rama de este pensamiento.
Aquí,
bajo esta losa, cerca de estos cipreses,
reposarán un día
todo el fuego de playas al crepúsculo
que mis pupilas guardan,
todo el temblor
de labios femeninos
que conservo en los míos cual tesoro,
todo el amor que el corazón me cerca,
todo el dolor que alienta mis entrañas.
¡Es
tan breve la vida para tan larga muerte!
¡Es tan leve este mármol para tan áurea vida!
(De El libro de la esfinge)