En un libro de piedra están los nombres
de todas las ciudades de la sangre.
Por el cauce del Sena pasa el tiempo
con todo su cortejo
de palabras.
Un hombre por los puentes pasa, oscuro,
dejando el abanico de sus pasos
como una rosa abierta, destrozada,
o el charco
de mercurio de un espejo.
Una muchacha que no tiene párpados,
con sus ojos de herrumbre, anda perdida:
ardieron en el aire mis
recuerdos
como un escapulario de perfumes.
Pisé fotos, auroras, calendarios:
ahora estoy muerto y no sé lo que busco.
acaso ya estoy muerto y me paseo
por las casas que tuve: las paredes
se ahondan en espejos polvorientos
donde apenas las sombras de la
música
acumulan sus turbias floraciones
de instantes entrevistos: huelo el moho
que muerde lentamente estos silencios
y que cubre la noche
y los objetos,
los cuadernos, las fotos, los sillones,
con un manto de lodo y de lombrices:
los rostros de mis hijos y mi esposa
que no
sé dónde están, que están tan lejos
que apenas los vislumbro y ya se borran,
y no sé si están muertos o son máscaras:
las ventanas que
dan a un cielo turbio
de un mundo sin relojes: las ventanas
rotas que dan a un siglo diecinueve
de niños silenciosos y de escuelas,
de
armarios, de pupitres y de féretros:
afuera siempre llueve, llueve, llueve,
y el agua sucia de esta lluvia empapa
las alfombras, los
libros y los muebles
que habitan caracoles y crustáceos:
igual que siempre llueve en el pasado
llueve ahora en mi casa, llueve siempre,
y
esta lluvia es de hierro, como un ácido,
y me borra la cara, las imágenes
que mis ojos guardaban como brasas,
y el rescoldo del alma
está muy frío
y se ahoga en el humo de una tarde
que ya no tiene luz: y vuelvo a verme
andando por las casas donde estuve
tal si fuera
yo mismo algún recuerdo
que ya nadie recuerda: estoy perdido
y no puedo encontrar lo que buscaba:
un libro que aún no he escrito y cuyo
título
es una cicatriz que se deshace
en mi frente vacía: un libro hundido
en esa biblioteca de ceniza
empapada de lluvia y de parásitos
que
se deshace como un pan mojado,
como un buque en el fondo de los años...
Cualquier calle: una calle en un rincón del mundo,
está sola en sí misma, con sus cielos y charcos,
con sus rotas ventanas y sus autos
inmóviles,
con sus niños de herrumbre que juegan en los patios.
Una calle en la roja ciudad de la memoria,
la ciudad que no acaba
y que aplasta el ocaso:
esa calle me espera bajo los nubarrones
de acero, lodo y viento de un siglo ya pasado.
Si la lluvia la
moja se hace rosa de hierro
y florecen de súbito puentes, cúpulas, arcos:
y la ciudad es como una herida reciente
que dejara en la historia
sólo un rastro de fango.
La realidad reposa sobre sí misma: es isla
en medio de la calma de una tarde perdida:
todo está colocado como si ya no fuera
más que
el fijo recuerdo de una persona muerta.
Todo está colocado tan limpio y tan lejano
que parece el paisaje de un remoto pasado:
ya
no hay sombra en la sombra bajo la luz metálica
de estas cosas que se hunden en su propia sustancia.
Todo está tan inmóvil y todo
está tan limpio
que en el árbol no hay árbol y no hay río en el río:
todo parece un sueño que alguien haya olvidado
y que está en lo
real como estampa en un libro.
Pedro José Vizoso (Xinzo de Limia, Ourense, 1959). Licenciado en Filología por la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED)
y diplomado como Master of Arts por New Mexico State University. Ha vivido y trabajado en España, Suiza, Venezuela y actualmente
prosigue sus estudios de postgrado en la Universidad de Arizona. Ha publicado tres libros de poesía: Lo real y su
sombra (1993), Cuaderno de bosque (1995) y La doble vida (2004 y 2007). En 1999 publicó
también una traducción de la obra poética de Gérard de Nerval. Los poemas que aquí publicamos eran inéditos.