No nos damos cuenta de que tiene sed
con sólo un cesto para el pienso,
y llora de tanta sed que tiene,
mientras el olor de su excremento
le
sube por el pelo y se le impregna
entre los ojos, esos ojos chiquitines
en los que me reflejo y te reflejas,
los ojos que le hundimos
por la sed,
que le vamos a cerrar ya para siempre.
El cachorro mueve la cola
y nos lame de tanto que nos quiere,
sonreímos, acercamos
nuestra mano,
y acabamos olvidando:
él no es más que un rincón
en un almacén glacial y pestilente
de ese pueblo, tan diminuto
en la región
al sur de un país moderno,
un estado de los tantos que ha engendrado
este planeta, tercero en el sistema
que gira en torno a una estrella
de
las más lejanas al centro
de la galaxia que mueve en su espiral
algunas millonadas, quién sabe cuántas;
una galaxia más bien pequeña
a este lado del universo,
del universo éste donde resuena
el gemido del cachorro que tú y yo hemos enjaulado.
(De El ángel de la peste)
Que es yeso, te dicen, esta arena blanca
que se extiende sin descanso
en dunas que el viento moldea
y empuja con la paciencia infinita
del
que no espera nada ni a nadie aguarda.
Que toda esta cuenca inmensa, explican,
era un mar en la última edad del hielo
y el blanco desierto
de ahora su lecho
que sigue brillando, millones de años después,
en arenales cristalinos y cambiantes.
Pero de todas las versiones, sólo
hay una
que te aclara este misterio de luz, arena y viento:
las leyendas indias hablan de blancas paredes
de pájaros inmolados por el
relámpago.
El Volga es ancho como un mar.
Un barco cruza lentamente
hacia otra orilla
que no se ve,
otra margen que hay que suponer,
o presentir
igual
a ésta:
con olas, con arena,
con estos nuestros pies desnudos,
y una brisa para rodearlos.
Me lo acabas de decir:
El Volga tiene orillas
que
no se conocen.
El barco ya se está alejando
y aquí, todavía,
las olas, la arena.
Tal vez, en la otra orilla,
unos pies se hayan
acercado
y esta misma brisa los envuelva.
(De Tierra Negra)
En las noches de amplitud intensa
observo la Ciudad por todos los días
que no pude verla.
Pienso las noches de Ciudad
por todas las horas
que pasé soñándola,
por las veces que la presentí.
Mi vista es pequeña para el mar de luces
que viene a mis ventanas;
mis dedos, y los
de Raquel dormida al lado,
y los de veinticinco o cinco mil millones de personas
no bastan para palpar la noche de Ciudad,
y abarcarla,
y saber dónde termina,
porque sospecho que Ciudad no tiene fin,
que de una acera a otra hay tanta distancia
como infinitas las posibilidades
de cruzarla.
Ciudad no tiene fin. ¿Acaso hay algo que termine?
La noche es un monarca que nos engaña y sobrecoge,
y nos hace pagar el
tributo
de no saber atravesarla con los ojos vendados
y las manos atadas a la espalda.
Yo miro la noche mexicana y me pregunto
dónde acabará
Ciudad, por miedo a descubrir
que no somos nadie en ella,
que no somos nada.
(De El ángel de la peste)
De lo que pudo ser si cada acto
no hubiese sido la exclusión de todos
los demás ese instante.
Rafael Guillén
Una es la acera
que guía dos cuerpos
a su encuentro.
Una sola acera, las baldosas,
los cierres de las tiendas,
los
bares y un taller,
portales, farolas, coches,
una calle completa
en el tráfago de la gran ciudad
ajena a esta acera gris y cuarteada
con
unos discos recién comprados, él,
paso lento, distraído, y ella,
desenvuelta, mirada alta, melena corta,
y un libro a medio leer
en el
bolso que se cae
y detiene los pasos
de ambos al encuentro
de un futuro ya escogido.
Francisco Plata (Granada, 1976). Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Granada y diplomado como Master of
Arts por New Mexico State University. Como poeta es autor de los libros El ángel de la peste (2002) y Tierra
Negra (aún inédito). Profesor de español en Orël (Rusia), Las Cruces (Nuevo México) y, en la actualidad, en la Universidad
de Texas en Austin, donde reside y realiza estudios de postgrado. Ha colaborado con poemas, cuentos y artículos críticos en
diversas publicaciones de España y Estados Unidos. Los poemas “Arenas blancas” y "Encuentro" no pertenecen a libro alguno
y eran inéditos.