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Se nos va todo, Gabriela.
Todo se nos va
a través de la voz que se aferra al recuerdo;
desde la vida que gotea su milagro día tras día
hasta el llanto que quema
la flor de la sangre.
La noche última de un enero frío,
la que te arrastró al mar de los abismos,
no regresará a buscar el verso que
dejaste dormido
sobre las ramas desnudas del árbol del silencio.
Todo se nos va de las manos como agua de océano.
Agua que en tu boca
escribió el dolor inocente
de todos los que nacieron bajo el yugo esclavo
de la pobreza, la injusticia y el rotundo desconsuelo.
Se nos
va todo, Gabriela, en la noria del tiempo.
Pero tu voz resiste, aferrada a nuestra alma,
saltando a la comba con corazón de niño.
En
tu memoria, todavía, resuenan versos solidarios
que exigen paz y amor. Versos que no se irán.
Al pueblo maya de Pac Chén
En la espesura, en el verdor de
la selva, en el agua
que recoge el azul de los cielos antiguos,
brillan las sonrisas de los hombres apegados a la tierra,
arraigados
a ella como las raíces del chechén y del chacáh,
herederos de una ley profunda que vive en la sangre
y permanece en la carne a través
de los siglos.
Escasas son sus pertenencias. Para la vida, para vivirla,
sólo se precisa la ilusión de afrontar el día de mañana,
extraer
de la tierra sólo lo necesario, disfrutar del sol
y contemplar el paso del tiempo sobre un océano blanco.
La naturaleza es madre y es
reina. De ella aprenden
todo lo que yo he olvidado. Para ella viven
cumpliendo el ciclo de la muerte que perpetúa la vida.
En la espesura,
en el verdor de la selva, contemplo
sus chozas de ramas y de palmas, sus pequeños
campos de maíz, los vestidos blancos de las mujeres,
los
nudos de las cuerdas que los unen
a las raíces profundas de la memoria y de la tierra.
Dentro de sus casas no existe la tristeza. Y
afuera
se percibe una belleza que no se ve y está en todas partes.
Es esa belleza invisible, oculta como un gran cenote,
que guarda los
misterios de la vida:
como el corazón que late —incansable— bajo el pecho.
One world is enough for all of us
Sting
Amanece cada día en nuestro mundo,
sólo en un mundo, no en tres. Cada día,
tras leer el periódico,
me pregunto qué razones
justifican
que unas vidas valgan más y otras valgan menos.
No entiendo que hagamos de la muerte violenta
un acto cotidiano, que una mano
ensangrentada
—flor de vida contra el viento del odio—
merezca sólo la mención de un frío comentario.
Y en las carreteras del mar mil
sueños
cruzan a diario el filo salvaje del agua,
dejando atrás las jornadas sedientas del desierto,
el desgarro del hambre, el oscuro
silencio
de una muerte callada.
Sólo conozco un mundo, injusto sí, pero nuestro.
Un mundo, una tierra, bajo el mismo sol y las estrellas.
Y
deseo que en él haya espacio para todos,
en una torre de Babel con las puertas abiertas,
con manos abiertas a la esperanza,
con manos
que sellan solidaridad en el esfuerzo,
que comparten la misma manta para el sueño.
A las víctimas del Pacífico
Como si una bofetada de sal nos
despertara
hallamos que todo era grito bajo el agua,
que todo desaparecía en la hora extraviada
del naufragio, del huir a ninguna parte,
del
cielo derretido en fuego sin memoria.
Un muro de mar arrasó los campos de la vida,
borró con su lengua nombres y familias,
tomó los poblados
como pastos de la ira
y tiñó los sueños con el color de la ceniza.
En lucha desigual intentó el hombre descalzo
aferrarse a la rama de
un árbol; una mujer
no logró retener a un hijo en cada mano;
un niño buscó en la nada la voz de su padre.
En la arena quedó escrita la
espuma de la muerte
y en las playas quedaron las huellas del desastre.
Entre las ruinas: la flor negra del silencio,
la fruta amarga
del desamparo y la lágrima
que nace del dolor del duelo y la esperanza.
Con una bofetada de sal nos despertaron,
contra un muro de mar
nos abrieron la carne,
sobre las olas rojas nos trajeron el grito callado
de hombres perdidos entre mares de barro.
José Luis García Herrera (Espulgues de Llobregat, Barcelona, 1964). Poeta y crítico literario. Fue miembro de la Academia Iberoamericana de Poesía en Barcelona y coordinador de los premios literarios “Ciutat de Sant Andreu de la Barca”. Ha publicado, entre otros, los libros La ciudad del agua (Premio “Elvira Castañón” 1997), Los caballos de la mar no tienen alas (2000, Premio “Villa de Benasque” 1999), El guardián de los espejos (2004, Premio “Víctor Jara” 2003), Las huellas del viento (2005, Premio “María del Villar” 2004), Mar de Praga (2005, Premio “Blas de Otero” 2004) y Las huellas en el laberinto (2007, Premio “Ciutat de Benicarló” 2006). Reside en Barcelona. A excepción de "Tsunami", los poemas que aquí aparecen eran inéditos. (Para más información, véase http://garciaj.eresmas.net o escriba a jlgherrera@telefonica.net)