Escapas
pensando en los ojos que lavan tu sueño
orfebre dándole a la tarde
un bocado de palabras cayendo hacia el eco de Orfeo
tierra
húmeda donde penetra tu mano y escapa la noche
y se adormece el cielo que dibuja tu cuarto
sobre la cerveza terminada
cronología exacta
de mi mejor ambición.
Vamos dejando una casa con su sol
y ese paisaje de helechos cercenando el azul.
Atrás queda el viento
que alguna vez
trajo el olor a
marino
mientras nos liamos al día con el azaroso recuerdo:
asumir el error de haber acariciado el pérfido labio,
la desazón de convidar
al amigo
que no volvió por esos poemas consagrados al olvido.
Ya no tendremos el mantel de crudo lienzo
blanqueado a insistencia de
la abuela
después de los almuerzos de domingo. Días
en que logró reunir un segmento familiar bajo los naranjos
donde amaron las tías
al varón que nunca les perteneció;
años en que cargábamos con la escasez del recíproco amor
y llorábamos ingenuamente por la muerte
de Federico
[García Lorca
y nos confundimos de itinerario creyendo que la petulancia
tiene resortes para viajar
seducidos
por el reflejo de un cuerpo evocado en alguna
[elegía.
Vamos dejando la ciudad sin un Sena para suicidios ni
[faraónicas piedras
pero que resplandece con su Cristo en la bahía y su
[Capitolio
donde en aquella oficina
la amiga hizo eco de su legible manuscrito.
Dejamos la casa con su arsenal de arcilla y río,
con sus libros agolpados en un rincón
de lo que fue
[nuestro dominio
con las fotos en donde vimos el final de nuestra virginidad
junto al desconocido
que sonríe
inclinado a ver
este pasaje al cierzo.
Vengo de lejos
digo
a escribir como puedo
en los metros y suburbios de Montréal
y nada cambia
excepto por el vaho de la tarde
el hedor de
los puentes
escurriéndose en la nieve
la gente que apaga el odio contra los espejos.
Nada cambia
yo lo sé
lo vivo en la utopía de
ser feliz
provocándome cada hora una salida
penetrando estas calles amparados por
[los mercados
fruterías comercios
desfiles
que al atardecer se convocan en la calle
[de Sainte-Catherine
yo pongo mis ojos en los espacios abiertos
persigo
tu mano que de noche
sentencia la paz con que arrastro mi orgullo.
Vengo de lejos
digo
a lamer como puedo
tu imagen más allá del
azogue.
Creímos que una isla era un país vencido por el sol y el salitre con que adormecimos nuestros rostros durante largos años de juerga.
Al atisbar las primeras postales holandesas izamos el sueño de nadar hacia otras islas donde apagar la sed. París y Filadelfia
fueron perfectos paisajes a color y cerramos los ojos percibiendo el olor a puerto, agua de rosas, jabón de tocador. Al reverso
iba la rúbrica del amigo extasiado con la nieve amortiguando la noche del veinticuatro de diciembre, noche donde la madre dormía en
La Habana luego de bendecir al hijo pródigo en la larga distancia del teléfono.
Aquellas postales fueron designadas al decorado de
nuestra oficina. París y Filadelfia implantaron los rostros desconocidos, banderas de un futuro incierto como la nieve amontonada
en las postales a color.
Creímos que la isla era la cándida madre dispuesta a lamer las llagas. Fuimos criaturas reduciéndose
a perder lo poco de valor conservado durante largos años de permanencia junto a la familia, propiciada lealtad para no correr hacia
las primeras quimeras que ya se vislumbraban.
Tiempo después, la madre a la puerta alzaba la mano en la isla y decía vuelve con ese
manojo de billetes del que tanto hablamos e iza mi sueño desesperado, inconcluso, ven a calmar la fiebre de este juego perdido a la
espera del otoño.
Nuevas postales llegan a la isla, donde la madre clama por abordar la nueva patria del hijo, despojar la miseria
de la mesa, el perdón de estos años de querer algo más que fanáticas pompas al verde olivo y a esa palabrería con que bordaron tantas
bocas. Palabras inútiles perforando las canciones de la tropa diezmada, jóvenes de pelo largo y botas deambulando por las calles
en busca de helados y sexo o, si acaso, un poco de compasión por tanta ruina.
Montreal, 2006
Ihosvany Hernández González (La Habana, 1974). Cursó estudios de Historia en la Universidad de su ciudad natal. Desde 2004 reside
en Montreal, Canadá. En 2006 resultó finalista del segundo Premio Internacional de Poesía “Desiderio Macías Silva”, de México,
con su libro Días despavoridos como ciervos. También ha cultivado la narrativa: en 2005 recibió el segundo premio de “Tendiendo
Puentes”, un concurso convocado por la Universidad de Toronto, con su cuento Salón Sahara, incluido en Ruptures, Continuities and
Re-Learning; the Political Participation of Latin Americans in Canada. Tiene inéditas dos novelas. Los poemas que aquí aparecen
eran inéditos. Para más información, consulte la página digital http://es.geocities.com/ihoshernandez.