Con todas las palabras que te guardan,
con todos los silencios que me tienen.
Luz sin nombre, la belleza.
Inalcanzable claridad,
la música.
Mar sin horizontes, tus ojos.
Puente a la memoria, este minuto.
Mañana, todavía, te llevaré conmigo.
Siempre, aún, serás la
dulce gratitud
de este amor que me invento
en el instante justo que antecede a tu partida.
Se cierran las puertas y el tren reanuda su
marcha.
La historia de siempre: el final leído, soñado, vivido...
Toda gran emoción nos salva en su abandono.
Y en las entrañas de todo
gran amor
habita el vértigo del salto hacia una gran ausencia.
Enero 14 de 2008
Cuando llegaste tú, el cielo se asustó...
Liuba María Hevia
Para Laia
I
Amar no es otra cosa que estar siempre
a punto de morir. Y esa cercanía al límite, esa conciencia del salto hacia otra luz es lo que más nos une a la tibieza de esta
vida llena de temblor y colores.
Muchas veces creí morir. Estuve a punto de cruzar la raya. Y tenía entonces mis labios
sobre tu sexo y soñaba con todas las plenitudes mientras me sumergía en una oscuridad palpitante y llena de precioso misterio. La
dimensión de ciertos sueños me dejaba sin aire. La presión de mi sangre me impedía respirar y yo quedaba ahogado, en el éxtasis,
sobre tu sexo húmedo. Las muertes se aproximaban a mi espalda, yo sentía el frío de su presencia deslizarse desde mi cuello hasta
los glúteos. Entre el frío y tu cuerpo yo me sumergía en el goce más intenso. La vida y la muerte me tenían en ese espacio
de frenesí. Me agarraba con mucha fuerza a tu sexo, intentaba esconder mi boca en su interior y encontraba allí el sabor de
la eternidad y la energía necesaria para desconocer y burlarme de la muerte.
no vas a ser valiente para aprender el arte del olvido
J. L. Borges
I I
El recuerdo de lo verdadero permanece. La memoria
del amor es una casa fabricada con buenas piedras. No reconozco ahora esta música que sale de mí. Me taparía los oídos
para no escucharla. Por eso abro la casa de la memoria. Porque no es la música de mi respiración lo que quiero escuchar. Camino hacia otro cuerpo, camino hacia ti, me detengo delante de un tiempo reciente y ya estoy situado en los días de las caricias
infinitas...
Y tu piel me da todas las claves. Yo voy poniendo mis manos, con suavidad, en cada milímetro de tu cuerpo. Mis dedos van sembrando de canciones tu piel. Ellos viajan del interior de tus piernas hasta la entrada misma de tu sexo. Así aprendí que el cuerpo es un instrumento perfecto. O que perfectas son las notas que salen de un cuerpo acariciado. Las únicas
capaces de colmar mis ansias definitivas.
Entonces prefería que no hablaras. Tu cuerpo iba entregándome los acordes de una mágica
canción. Escuchándola, yo me olvidaba de mis manos, me olvidaba del mundo y nada podía comprender. Entre tú y yo, entre
tu piel y mis manos, el universo ardía en mil llamas de ensueño.
—¿No te cansas? —me preguntabas, finalmente.
No sabía
nunca cómo responderte ni qué decirte. Ahora lo pienso: “Nadie puede cansarse del supremo privilegio de tocarte.”
Barcelona,
octubre 12 de 2007
Julio César Guerrero Martínez (Banes, Cuba, 1971) cursó estudios en el Instituto Superior de Arte de La Habana y en 1997 se graduó
de licenciado en Medios de Comunicación Audiovisual. Trabajó en radioemisoras cubanas como guionista y director. Fue editor
del cuaderno Gastón Baquero: un recuerdo familiar y otros textos del poeta (Bilbao, 1995). Actualmente trabaja como
productor y guionista de programas en la Cadena COPE de Barcelona, donde reside desde 1999. Es también el corresponsal de la
revista Decir del Agua en esa ciudad. Los poemas que aquí aparecen eran inéditos.