Ena Columbié
Ena Columbié (Guantánamo, 1957). Licenciada en Filología. Ha publicado Dos cuentos (1987), El exégeta (1995), Ripios y Epigramas (2001) y Ripios (2006). Gran parte de su obra está dispersa en revistas y periódicos de Cuba y de otros países. Hay textos suyos en las antologías Lenguas recurrentes (1982), Lauros (1989) y Epigramas (1994). Salió de su país en 1996 y reside en Los Ángeles, California.
Guantánamo es un nombre largo, antiguo y sobre todo sonoro, que significa en arahuaco, lengua taína, “tierra de ríos”. Fue dado
por los primeros pobladores a una porción del sudeste cubano penetrada por las aguas y rodeada de montañas bucólicas. Pero no
sólo es sonoro su nombre, también lo es la campiña, fuente y madre de esenciales ritmos musicales. Las personas del centro y
occidente de la Isla dicen que los guantanameros hablamos cantando; es cierto en la mayoría de los casos, sobre todo en la gente de
monte adentro. Es que el guantanamero, guajiro de pura cepa, aprendió el sonido de todas las cosas, del viento, los colores,
el tiempo, el silencio... Sonido y acento que encuentra su eco en la poesía.
Difícil es lograr una muestra representativa
de la poesía guantanamera. En ese empeño anda enfrascado el investigador y poeta Augusto Lemus, quien está próximo a publicar
su antología Entre la montaña y el mar; material que recoge más de cien años de poética local. Y cuando digo difícil,
hablo de muchos aspectos involucrados, pero sobre todo del fatalismo geográfico en el que aún vive la ciudad, donde los escritores
en general se cuecen en su propia tinta.
Regino E. Boti, primera voz trascendente de Guantánamo y renovador de la poesía cubana en 1913, debió autofinanciarse la publicación
de sus libros y todavía no tiene el verdadero reconocimiento que su talla mayor reclama en nuestra lírica. Mireya Piñeiro Ortigosa hacía
una poesía consciente, alta y de un sentimiento exquisito...
Lugar
de la tibieza, concurrencia
de las aguas; allí la vida canta
su ufanía en eternos nacimientos:
escondido torrente, las mareas
convocan nuevas márgenes y espacios.
Va
mi cuerpo, sin razones ni lastre,
hacia la más extraña cacería:
ciervo de luz, inatrapable curso
que
en mi sangre inaugura resonancias
—salmodia entre bestia y serafín.
Quiero
rendirme eternamente a ese dominio
sin amarras, jubilosa galera.
¿Habrá
puerto mejor para mi vida
que
el desvalido amparo de tu boca?
(De En lo callado de la hoguera, Ed. Unión, 1994)
...cuando Marilyn Bobes, Reina María Rodríguez y otras voces femeninas publicaban
libro tras libro en la capital del país a finales de los años 70 y principios de los 80. A Mireya le publicaron por primera
vez en 1994 un modesto librito que pasó sin divulgación alguna. A Germán Guerra, hoy una de las voces líricas cubanas más substanciales,
nunca le publicaron; era demasiado joven, rockero e irreverente. Lo mismo había sucedido con el grupo Ego, primer
núcleo de poetas en la historia de la ciudad, que se gestó como tropa en los 80 y fue amordazado.
Los poetas más representativos que alzan la voz a inicios de los 90 los defino como los Nuevos Egos, ya que la mayoría creció
bajo el amparo de los miembros de la agrupación de marras. Pertenecen a una atractiva generación marcada por el desprendimiento
y por la ausencia de nostalgia por el terruño, escapan del gueto aldeano y en su búsqueda por nuevas formas y temas, se convierten
en poetas del mundo, estrenando diversidad de voces y estilos. Algunos van a los origenistas y se quedan con ellos, otros recelosos
de la tradición, apuestan por allende los mares física o poéticamente, pero en cada uno hay un desenfado que los hace libres a pesar
de todo; aunque muchos se pierden en el marasmo: Carlos Manuel Salazar, Mi infancia fue un río de piedras limpias, regresó a su ambiente
campestre; Miguel Justo Vázquez, Habrás de volar para ser esa nube, perdió sus pasos por otros horizontes; a Carlos Alberto González,No cierres tus ojos / los delfines del sueño no habitan / en las nubes, una mina antipersonal le apagó la vida y los versos en la
frontera con la Base Naval norteamericana; Abelardo Urgelles Orue, este amor es casi un rock sinfónico, se decidió por los colores
y los pinceles...
Otros siguieron con el cincel y el martillo la lección del viejo maestro, tallando sus diamantes, obrando en
silencio. Son estas ocho voces que presentamos aquí, entre los que se encuentran transgresores, místicos, esteticistas, intimistas
y traviesos, pero sobre todo son cuidadosos, vibrantes y líricos, principales características para la buena poesía.
No quiero
pecar de abrumadora, prefiero dejar que el lector saque sus propias conclusiones sobre estos poetas de la tierra de los ríos, y para
ello los dejo con un consejo en palabras de Boti, nadie mejor que él para ofrecérnoslo: Las musas, como los mares, muestran sus tentadores
tesoros nada más que a los que penetran en las palpitaciones de sus senos. (...) Las perlas están en el fondo. Baja a buscarlas.