Un violín amarillo, bello como el otoño.
F.J.
Y no se empeña en tonos mayores:
él sabe cuánta aurora deshilachada
pesa sobre sus cuerdas.
Y no se queda solo ni un instante
aunque
tres manos gualdas lo acaricien.
Y no le roba al viento los perfumes
ni se jacta en las ventanas de ser
el color del universo.
Es únicamente
un violín desafinado
herido de muerte en el ojal de su memoria.
Conozco la llama pero sé que algo oculta.
Por el momento no es crudo lo que como
ni mi piel es perfecta diana para el frío
—aunque me
cuido de no acercarme mucho—.
Mientras copulo me doy cuenta que somos dos
y ya es demasiado cuando pienso
que una parte de mí se
desparrama
teniendo algo que ver con las estrellas.
Espero que mañana todo el verdor que duerme
renazca y me apresure su mixtura
luminosa
a los labios que ya saben el canto de la noche.
Nos ganará otro prado rencoroso.
La lluvia con su émbolo adorado
se hará grabar de hirsutas melodías
sobre esa otra testa que se aferra.
Palmo
de aire a donde van los nombres
rechinando sensibles casi eléctricos.
Nos guiará la espina deseada
el verde visceral ya antiguo
como la
misma forma, como el pez.
El verbo despasado sienta curso
ya lejos del resorte y el sextante
y la cúpula extinta y de las horas.
Ahora
es un misterio que se incrusta
en los fuelles silábicos del orto.
Ya no podré mirarte si es de noche.
Un animal lejano se tiñe de silencio.
Late el piano sus levísimas notas
salvadas por distancias desmentidas.
Ya
no podré mirarte entre mis manos
en mis huellas menores no te quedas.
Se detienen las hojas en su trote diverso:
el mar es una
sólida explanada
y en su oscuro abismal yo siembro un curso
renazco en las miserias de la calle
soy el cauto rumor que se preexiste
como
sombra chinesca brevemente.
Ya no podré nombrarte ante las luces
que se esconden en contra
y a favor del humo.
Y es que no eres
más la prisa del otoño
Las pinturas obscenas de los bares
El café derramado en las entrañas.
Ya no podré mirarte y es de noche
la
noche es mis huesos y mi sangre:
noche de gatos rascando el infinito
un tango, cucarachas y el olvido
a tientas repartiéndose mi centro.
Rogelio Obaya Sofía (1964). Poeta y filósofo. Estudió en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio de La Habana la carrera
sacerdotal. Tiene publicado el poemario Al borde de la luz (1991). Su obra poética y de reflexión se encuentra dispersa
en publicaciones periódicas de Cuba y otros países. Desde 2000 reside en Santo Domingo, República Dominicana.
No podrán regresar los que se han ido
ni tampoco partir los que han quedado:
este es un juego donde lo pasado
hace veces de todo lo perdido.
No
podré resistir lo que no ha sido
y permanece a mi pesar cifrado
en la esperanza de lo recordado
y en la ruta sin norte del olvido.
Yerra
quien halla. Gime el que no encuentra.
Todo es llegar jamás, volver ya nunca
del recóndito surco mal trazado.
Todo es morir para
quien sale o entra
enarbolando la materia trunca
que comienza y termina sin cuidado.