Germán Guerra
GÉNESIS
MING Y / EL OSCURECIMIENTO DE LA LUZ
PARLAMENTO DE ARLEQUÍN DEMENTE
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                        DECIR DEL AGUA / Segundo ciclo / Sexta entrega / Abril de 2008
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OTROS ÁMBITOS / GUANTÁNAMO: IMAGEN Y PALABRA (continuación)
Joherms Quiala: El silencio de la Virgen.  Óleo sobre lienzo, 114 x 84 cms.

Lo primero fue el hombre

apuntalando las paredes del taller

para que Dios se regodeara

entre su torno y la tibieza del barro

recogido en el nacimiento de los arcoiris.

 

Lo primero fue este Sol de la mañana

para alumbrar la desesperación del hombre.

Primer hombre alimentando la vigilia

la ausencia de los nombres y las herramientas

los azoros cotidianos y el deseo de una hembra.

Todas las preguntas coronadas con un nuevo Dios

exigente de holocaustos, libaciones y misterios

cuando la lluvia y el eclipse golpeaban a la puerta.

 

Los primeros fueron los colores

y el olor de la hierba ungiendo un rígido verano

y las ovejas pastando de su propia inocencia

al final de una llanura enorme y sin respuestas.

 

Llanura negando desde un trono la redondez del universo.

 

Las piedras trazando en el vacío

el primer círculo de muerte más allá de la mano

trazando la destreza que nos brinda el aguijón del hambre

los dolores secos en la espalda, la rueda y el camino

las manadas de lobos y de espadas, de cruces y patíbulos

y el hombre devorando al hombre en el espejo.

 

Lo primero fue un espejo

y la cuchilla de afeitar en la garganta.

 

Lo primero fue un juguete roto.

Lo primero fue la máquina del tiempo

—reloj de soles numerados y dimensiones planetarias—

el tiempo de la hila y de las pieles

curtiéndose en un viento rancio de cuaresma

para que fueran trazados los primeros caligramas

y el poema.

(Canción)

 

Quiero escuchar que no se ha ido la inocencia

que aún la luz puede brotar como columna

entre la sal y el pan y la ausencia de milagros.

Quiero escuchar que no se ha ido la inocencia

aunque la luz entre en sí misma preñada de silencio

y el vuelo circular de los insectos caiga en ámbar

para que hombres y mujeres pierdan el aliento

soplen en sus diminutos saxos contra el agua

alimenten las vigilias huecas pierdan el aliento

pudran sus manos, sus versos y rodillas en la niebla

y olviden morder rumbo al Cantar de los Cantares.

Quiero escuchar pero se aferran a mi ojo

campanarios y lagares bailoteando sobre el lodo

seculares monasterios que se desmoronan

bajo el pesado estiércol de un teatro de patriarcas.

 

Arde en el viento de la noche una pagoda

con el vientre despojado de sus ídolos.

Quiero escuchar la luz con máxima inocencia

oigo un rumor de barcos que se alejan.

(La sección OTROS ÁMBITOS continúa en la página siguiente)
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LA CIUDAD Y EL BORDE DE LA ISLA

A Félix Lizárraga

 

Ya no hay ciudad que te repita las canas y el olvido,

irte, ser, estar o acostumbrarte ya nada significan,

ya no hay ciudad ni muro que detenga tus pasos

ni abiertas calles con fuegos de artificio a tu regreso.

Ya no hay ciudad ni mar ni barcos en los puertos,

no busques más, tu sombra no te sigue.

Tú mismo en la ciudad te has convertido:

Eres tú el muro que te detendrá.

 

Ya no hay ciudad ni hombres hundidos en el sueño.

Aquí estamos, diciendo para que nadie entienda,

fingiendo ya ser mudos, ya ser ciegos y sabios,

rehaciendo nuestras casas para espantar el tiempo

con las hojas ruinosas de este otoño tan largo.

Y aquí estamos, sentados sobre la luz y el tedio,

colgando nuestras piernas al borde de la isla.

Aquí estamos, y estamos tan cansados.

Veinticuatro cuadros por segundo.

Sangre calcinada sobre el día en que cayeron

las paredes, callaron las paredes

vómito del público al vacío

ventana donde nace el tiempo

espejo laberinto ante el espejo.

Clavos que sostienen otro hombre en cruz

veinticuatro clavos por segundo

y la hora perfecta de guardar silencio

segundo, luz y sangre calcinada.

Duendecillos del arroz liban su pánico

un hombre sueña que muerde la ventana

crecen dientes al costado de la casa

y el camino está sembrado de sepulcros

de puentes y ventanas donde muere el tiempo.

Biblioteca en las entrañas del caballo de madera

limpísimos caballos galopando el fuego

devorando memorias, palabras, espejos

vómito de piedra en la ceniza

caballo de marfil en cuadro negro

veinticuatro cuadros en el ojo

segundo, luz y grito calcinado.

Los cánceres de Dios son eco en el silencio

arcos sucesivos de aristas que se tocan

bailoteando la esperanza del pulmón

hierba ensangrentada en el pecho del espantapájaros

veinticuatro fotogramas por segundo

veinticuatro cuadros

veinticuatro ventanas por segundo.

Germán Guerra (1966).  Poeta, ensayista y editor. Ha publicado Dos Poemas (1998), Metal (1998) y Libro de silencio (2007).  En diciembre de 2006 ganó mención de honor en la novena entrega del Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén.  Con su último libro ganó el Florida Book Awards en la categoría de Lengua Española, al mejor libro publicado en 2007 por un autor residente en el estado de la Florida.  Textos y poemas suyos han aparecido en numerosas revistas y periódicos de diversos países.  Desde 1992 reside en Miami.