Lo primero fue el hombre
apuntalando las paredes del taller
para que Dios se regodeara
entre su torno y la tibieza del barro
recogido
en el nacimiento de los arcoiris.
Lo primero fue este Sol de la mañana
para alumbrar la desesperación del hombre.
Primer hombre
alimentando la vigilia
la ausencia de los nombres y las herramientas
los azoros cotidianos y el deseo de una hembra.
Todas las preguntas
coronadas con un nuevo Dios
exigente de holocaustos, libaciones y misterios
cuando la lluvia y el eclipse golpeaban a la puerta.
Los
primeros fueron los colores
y el olor de la hierba ungiendo un rígido verano
y las ovejas pastando de su propia inocencia
al final de
una llanura enorme y sin respuestas.
Llanura negando desde un trono la redondez del universo.
Las piedras trazando en el
vacío
el primer círculo de muerte más allá de la mano
trazando la destreza que nos brinda el aguijón del hambre
los dolores secos en
la espalda, la rueda y el camino
las manadas de lobos y de espadas, de cruces y patíbulos
y el hombre devorando al hombre en el espejo.
Lo
primero fue un espejo
y la cuchilla de afeitar en la garganta.
Lo primero fue un juguete roto.
Lo primero fue la máquina del tiempo
—reloj
de soles numerados y dimensiones planetarias—
el tiempo de la hila y de las pieles
curtiéndose en un viento rancio de cuaresma
para que
fueran trazados los primeros caligramas
y el poema.
(Canción)
Quiero escuchar que no se ha ido la inocencia
que aún la luz puede brotar como columna
entre la sal y el pan y la ausencia
de milagros.
Quiero escuchar que no se ha ido la inocencia
aunque la luz entre en sí misma preñada de silencio
y el vuelo circular de
los insectos caiga en ámbar
para que hombres y mujeres pierdan el aliento
soplen en sus diminutos saxos contra el agua
alimenten las
vigilias huecas pierdan el aliento
pudran sus manos, sus versos y rodillas en la niebla
y olviden morder rumbo al Cantar de los Cantares.
Quiero
escuchar pero se aferran a mi ojo
campanarios y lagares bailoteando sobre el lodo
seculares monasterios que se desmoronan
bajo el pesado
estiércol de un teatro de patriarcas.
Arde en el viento de la noche una pagoda
con el vientre despojado de sus ídolos.
Quiero escuchar
la luz con máxima inocencia
oigo un rumor de barcos que se alejan.
A Félix Lizárraga
Ya no hay ciudad que te repita las canas y el olvido,
irte, ser, estar o acostumbrarte ya nada significan,
ya
no hay ciudad ni muro que detenga tus pasos
ni abiertas calles con fuegos de artificio a tu regreso.
Ya no hay ciudad ni mar ni barcos
en los puertos,
no busques más, tu sombra no te sigue.
Tú mismo en la ciudad te has convertido:
Eres tú el muro que te detendrá.
Ya
no hay ciudad ni hombres hundidos en el sueño.
Aquí estamos, diciendo para que nadie entienda,
fingiendo ya ser mudos, ya ser ciegos
y sabios,
rehaciendo nuestras casas para espantar el tiempo
con las hojas ruinosas de este otoño tan largo.
Y aquí estamos, sentados
sobre la luz y el tedio,
colgando nuestras piernas al borde de la isla.
Aquí estamos, y estamos tan cansados.
Veinticuatro cuadros por segundo.
Sangre calcinada sobre el día en que cayeron
las paredes, callaron las paredes
vómito del público al
vacío
ventana donde nace el tiempo
espejo laberinto ante el espejo.
Clavos que sostienen otro hombre en cruz
veinticuatro clavos por segundo
y
la hora perfecta de guardar silencio
segundo, luz y sangre calcinada.
Duendecillos del arroz liban su pánico
un hombre sueña que muerde
la ventana
crecen dientes al costado de la casa
y el camino está sembrado de sepulcros
de puentes y ventanas donde muere el tiempo.
Biblioteca
en las entrañas del caballo de madera
limpísimos caballos galopando el fuego
devorando memorias, palabras, espejos
vómito de piedra en
la ceniza
caballo de marfil en cuadro negro
veinticuatro cuadros en el ojo
segundo, luz y grito calcinado.
Los cánceres de Dios son eco
en el silencio
arcos sucesivos de aristas que se tocan
bailoteando la esperanza del pulmón
hierba ensangrentada en el pecho del espantapájaros
veinticuatro
fotogramas por segundo
veinticuatro cuadros
veinticuatro ventanas por segundo.