para Eva y Clara
Avatar la muerte.
Tajar la mueca viperina
que raspa el agua.
Ser el retrato mojado
en la vorágine del arrecife.
Saca
la mano Shelley
tortura el horneado sueño
que cuaja desperdicios
exprime la llaga en servidumbre
la herida entumecida pulverizada en la corriente.
Tomad el negro himen
que percute con manojos de desprecio
la sortija prohibida que descuera la limosna.
Sé
la hostia mendicante
que cicatriza el atropello
revela el pasmo de la jaula
la insania del musgo que asesina.
No es esa orilla la
que debemos cruzar.
No es esa libertad la que mendigan las piedras.
Avatar. Avatar el crujido de la noche
más indigna
la pupila
parturienta que ensancha
letargos del amor
sobre el diente mortífero que araña la roca.
Toca la peste de la proa.
El humor de la
bitácora lastimera
que revienta eslabones
en las benditas costas del silencio.
No vendrá el eco a salvar
las monedas de esta
sombra
ni la ola prematura
podrá devolver el milagro de la conquista
ni siquiera tus ínfimas arrugas
harán revivir la bravura del melindroso
pétalo.
La oveja trina más allá del quebranto
resuella la mutilada sed
porque en el susto la maleza cabe
porque sobre el corazón escampa
otro
idilio de cruz amortajada.
Saca la lengua y escupe todo cuanto envidia la vida.
Rebota los ojos y perfora el rostro del
ahogado
trepanado por cascabeles.
Un verso no cabe en un bote.
Un remo no detiene el vinagre que cuelan los adioses.
Un Cirio no
drena la vastedad que avarienta el reclamo.
Deja que las tres Marías se cansen de esperarte
con la arcada cortamundo que deshila
el sudario.
No ha pasado ni una hora
de tanta eternidad consumida.
Vamos a despertar
sin esa sordidez que encalla la neblina.
Sin
la guadaña que premastica a los peregrinos.
Vamos a macerar las visiones
sin esa ociedad que cancela el cementerio
sin el punzón de espumas
que desdobla las entrañas.
Deja que el ancla se aferre a su destino
húndete sin riendas en la blanca modorra
que calcina el aciago
Sol.
Sumérgete sin los pájaros
en el turbio orín que demarca el naufragio.
Cada hombre oficia un ramo de la deriva.
Cada hombre
es un crepúsculo ensangrentado por el cielo.
Lenguaje; eres demasiado angosto
y demasiado débil para aliviarnos;
la pena máxima no puede alzar la voz.
¡Si pudiéramos acentos suspirar,
llorar palabras.
John Donne
Escúpenos en la página Señor
en ella raspo un cáliz
tan frío
como el ámbar que exorcizan mis sienes
ateridas
al rasponazo de la voz.
Dilo todo de una vez
delira desde el mástil de los gorriones.
Doma el enigma rapaz del clavo
mugriento en
la pared.
A mí la muerte me ofrenda
con luminoso salitre.
Lenguaje no me humilles no censures mi aridez
no te postres sobre el vaho
de las heridas.
Envía
el acento que cría al sufriente huesillo
cuesta abajo en el pútrido presagio
de compadecerme
hasta estallar
con el grifo clandestino
de la desolación.
A mí la muerte me dora
con secas espinas
con el angosto delirio de acampar
sobre el llanto
que extralimita
el colgado horizonte.
Íntima unción con el deterioro
de indefinida causa.
Tal vez me acechan lerdas nubes.
Tal vez
el corazón reitera su húmeda franja
exige la otredad
resucitadora de las palabras
desmesura para hurgar sobre el cadáver
que se estrena
con el parto infeliz de la liturgia
con el vocablo mediocre de la oratoria
celestineando.
Manos sin trazos.
Manos sin trazos.
¿Qué
importa como me llame Dios?
¿Qué importa otro Eunuco en el coro?
Miladis Hernández Acosta (1968). Poeta y ensayista. Ha publicado, entre otros libros, Los filos del barro (2000), Memorias del abismo (2004), El conjuro de las runas (2005) y Salmos para el hastío (2005). Ha recibido premios en los concursos Regino
E. Boti, Manuel Navarro Luna y José María Heredia, entre otros, y en el IV Encuentro Iberoamericano sobre la vida y obra
de Dulce María Loynaz. Figura en antologías y publicaciones de Cuba y de diversos países. Reside en Guantánamo,
Cuba.