He compartido la esperanza con el bufón
la vileza del polvo
con los pies del mendigo
Los dos llevan un paso
como arrastrando la memoria
como
arrastrando lo innegable
No existe más vigilia
que la desesperación de estos hombres
ni más desgarradura
que el privilegio de sus ropas
Han
puesto en subasta la pobreza
con que ansías la noche
la mano que los clava
sin justificación
ni pacto
Han perdido los años
y la penumbra
los acoge
el infierno
la desolación
Dejaron los pies sobre las calles
la memoria
y el rostro
Cuando los veo en su total destierro
la esperanza
es otra
Pienso en los ardores del cuerpo
en el sudor que les raja la carne
porque a veces yo también he sido el bufón
porque a veces yo también he sido el mendigo
Las murallas
se han ido apagando delante del poniente
delante de unas manos que dicen adiós
y recuerdan la ausencia
Esa ausencia de ojos
interminables
que todo lo percibe:
el barrio
los portones
las balaustradas
esencias del clamor extinto
del visible cansancio
a orillas de
la costa
Casas precarias al fondo del camino
y una colina
abriéndose al espacio
a la corriente tempestuosa del mar
Detrás de las murallas
la
multitud asedia
el musgo viola la selva de sus límites
Un hombre repara en los sitios de la ciudad
Y mientras alguien lo observa
la memoria
es esa espada
donde todo fluye
Hoy llevo navajas en el cuerpo:
no por ser indócil
no por ser una línea fuera de trazo
Hace mucho asimilo trampas como héroe
y dejo que
la mansedumbre
entre a la tormenta
al confortable paraíso
No voy a definir el bien del mal
hecha está la frialdad
la sed del que adula
Para
muchos soy una bandera hinchada por el aire
yo que siempre he sido demasiado tonto
yo que nunca he tenido propiedad de nada
Para
mí la corrupción es el destino del juego
el fin de cada ciudad
por eso trato de poner disfraz a la tristeza
de no herir con mi felicidad
de
no ser tan perfecto
Ahora sirvo de carnada
de festín
de víctima
como anzuelo sigo en la corriente
Hace mucho
la humildad es una piel
de culebra
un pasaporte prohibido
Ahí está: con el paso dolido, delante de los que un día le prometieron resignarse. No sabe si abrirse la cabeza o soltar un quejido.
La ciudad lo espera, otros vendrán a llenarle el corazón, a llenar sus manos con cuanta música haya. Conoce las piedras del camino,
la ruta por la que llega lumbre al pecho. Cuesta trabajo ver su cara. Se arriesga al sol, a la caída. Las raíces del día buscan
su cuerpo, la torcida nostalgia de sus pies. Sabe que todos partieron, que la resignación es una moneda. Sabe que la ciudad sigue
sitiada por los mismos hombres, y que él, sigue ahí. Aferrado a todo, mirando cada minuto del reloj, cada hora dispersa.
Ramón Elías Laffita (1968). Poeta y narrador. Tiene publicado los libros Las Tribulaciones de Adán (1991), Contaminando las sombras (1998), Sueño mágico (2002) y Palabras hacia la noche (2005). Su obra
figura en antologías de Cuba y otros países. Ha sido premiado en varios concursos, entre ellos el certamen internacional
Nosside Caribe 2003. Reside en La Habana, Cuba.