Eduardo Muñoa Fernández
AVISO A MARCEL SOBRE UNA MUCHACHA EN EL ESTUDIO DE PARÍS
AETERNUM VALE
TEMAS Y VARIACIONES EN AMADEO MODIGLIANI
CARNAVAL DE INVIERNO EN LA VENTANA
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                        DECIR DEL AGUA / Segundo ciclo / Sexta entrega / Abril de 2008
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Joherms Quiala: Bienvenido, Robby.  Óleo sobre lienzo,  60 x 80 cms., 2007.

No vengas, Marcel

yo conozco la suerte de las calles

tengo el invierno sujeto en la memoria

pero voy a pedirte que no vengas.

 

Aquí esta muchacha. La he visto:

su cuello es largo y triste —como no imaginabas

que existiera—. Trae con ella el humo lejano de

Livorno, mediterránea razón de sus criaturas.

 

Sólo dijo: la suerte del pintor —aquel— Amadeo

Modigliani. Le he ofrecido una silla junto

al fuego.

 

Voy a amarla, seguro, como estoy amando

la certeza de que vuelve en el milagro de los panes

en el milagro de los peces

en su voz que asusta las verduleras y los gatos.

 

No vengas, por Dios Marcel, ahora

espera o mejor

arrastra la nieve y deja tus manos

cuando ella se marche, podré morir así

tranquilamente.

Marcel:

Voy a morirme y no es como esperaba

falta  la chimenea en el estudio,

faltan el brandy, los pinceles.

 

Dirán: el gran pintor, el gran amigo

del otoño y de los gatos (ya no el ebrio,

el eterno mendigo); mostrarán

los pechos exaltados por el llanto

No confíes.

 

Ahora seré La blusa rumana o Laura

con pendientes, seré esos dibujos

que hice desnudo como el mundo.

 

Vendrá mi madre a llorar junto a la

tumba. Cuida a Laura, se vuelve

pequeña fácilmente. Despídeme del Café

La Fontaine.

Llévame a casa, Marcel.

I

 

Lento

Lento

Lento

un trazo frágil, el cuello

ha de ser largo y triste como esos

ojos que a Marcel le parecen imposibles.

 

Allá dejó el sueño de Livorno, guardo

para mí: torres y caballos, rostros

moribundos en el coñac de La Fontaine, todo

el rojo del molino que Lautrec pintó en su locura.

 

París duele como el rostro de mi madre, ahora

que Laura pone sus pendientes y las estrellas

acuden a girar en sus orejas. Si el reino

de los cielos existe, será el único

lugar donde cubrirme de este

miedo a las ciudades en invierno. Sólo me queda

el dibujo lento

lento

de este rostro de mujer con sus ojos

imposibles. Lo demás es el frío.

II

 

Es el dibujo más simple: Marcel

y he puesto una ventana

y una lámpara

y un Dios, con tal que no esté

sólo.

 

Estamos en la orilla, yo

Escoltado por el día de mi muerte. Aquí

Marcel lo puede todo, sabe los mil y un

nombres de París, donde las fuentes del vino

secular y las palabras que ahuyentan el insomnio hacedor

de fantasmas en las noches de verano.

 

Sean dos abismos, elijo

el sueño, el cimiento vacuo de la

lluvia. Puedo echarme a correr y luego

vestir mi manto de deidad inoportuna. Para entonces

no será una tarde en el verano y podremos

encender esta lámpara

y rasgar la ventana

y presumir de Dios

ante Marcel nunca solo y desnudo

para siempre.

Invierno, siempre es

invierno. Que poco logra uno

guardarse la demasiada música que ronda.

 

Viene el carnaval. Se posa

en la ventana y canta, canta sin

reposo. No sé qué hacer con la risa

de los arlequines y el trino

sonámbulo de las chirimías.

 

Les doy color, un poco, los

disuelvo, que se pierdan. Un carnaval

no es cosa de pintores tristes.

 

Pasó la murga. He imaginado a Laura

y Marcel entre los jóvenes danzantes, quise

retenerlos. Ya no estaban.

Eduardo Muñoa Fernández (1970).  Poeta, narrador, dramaturgo y director artístico.  Ha publicado el poemario  Crónicas del dado bailarín  (1993). Obtuvo los premios Regino E. Boti, Tomás Savignon y Talleres Literarios Nacionales.  Su producción poética y dramática se encuentra dispersa en antologías y publicaciones periódicas de Cuba y otros países.  Reside actualmente en Quito, Ecuador.