No vengas, Marcel
yo conozco la suerte de las calles
tengo el invierno sujeto en la memoria
pero voy a pedirte que no vengas.
Aquí
esta muchacha. La he visto:
su cuello es largo y triste —como no imaginabas
que existiera—. Trae con ella el humo lejano de
Livorno,
mediterránea razón de sus criaturas.
Sólo dijo: la suerte del pintor —aquel— Amadeo
Modigliani. Le he ofrecido una silla junto
al
fuego.
Voy a amarla, seguro, como estoy amando
la certeza de que vuelve en el milagro de los panes
en el milagro de los peces
en
su voz que asusta las verduleras y los gatos.
No vengas, por Dios Marcel, ahora
espera o mejor
arrastra la nieve y deja tus manos
cuando
ella se marche, podré morir así
tranquilamente.
Marcel:
Voy a morirme y no es como esperaba
falta la chimenea en el estudio,
faltan el brandy, los pinceles.
Dirán: el gran
pintor, el gran amigo
del otoño y de los gatos (ya no el ebrio,
el eterno mendigo); mostrarán
los pechos exaltados por el llanto
No confíes.
Ahora
seré La blusa rumana o Laura
con pendientes, seré esos dibujos
que hice desnudo como el mundo.
Vendrá mi madre a llorar junto a
la
tumba. Cuida a Laura, se vuelve
pequeña fácilmente. Despídeme del Café
La Fontaine.
Llévame a casa, Marcel.
I
Lento
Lento
Lento
un trazo frágil, el cuello
ha de ser largo y triste como esos
ojos que a Marcel le parecen imposibles.
Allá
dejó el sueño de Livorno, guardo
para mí: torres y caballos, rostros
moribundos en el coñac de La Fontaine, todo
el rojo del molino
que Lautrec pintó en su locura.
París duele como el rostro de mi madre, ahora
que Laura pone sus pendientes y las estrellas
acuden
a girar en sus orejas. Si el reino
de los cielos existe, será el único
lugar donde cubrirme de este
miedo a las ciudades en invierno.
Sólo me queda
el dibujo lento
lento
de este rostro de mujer con sus ojos
imposibles. Lo demás es el frío.
II
Es el dibujo más simple: Marcel
y he puesto una ventana
y una lámpara
y un Dios, con tal que no esté
sólo.
Estamos en la
orilla, yo
Escoltado por el día de mi muerte. Aquí
Marcel lo puede todo, sabe los mil y un
nombres de París, donde las fuentes del vino
secular
y las palabras que ahuyentan el insomnio hacedor
de fantasmas en las noches de verano.
Sean dos abismos, elijo
el sueño, el cimiento
vacuo de la
lluvia. Puedo echarme a correr y luego
vestir mi manto de deidad inoportuna. Para entonces
no será una tarde en el verano
y podremos
encender esta lámpara
y rasgar la ventana
y presumir de Dios
ante Marcel nunca solo y desnudo
para siempre.
Invierno, siempre es
invierno. Que poco logra uno
guardarse la demasiada música que ronda.
Viene el carnaval. Se posa
en la ventana
y canta, canta sin
reposo. No sé qué hacer con la risa
de los arlequines y el trino
sonámbulo de las chirimías.
Les doy color, un
poco, los
disuelvo, que se pierdan. Un carnaval
no es cosa de pintores tristes.
Pasó la murga. He imaginado a Laura
y Marcel entre
los jóvenes danzantes, quise
retenerlos. Ya no estaban.
Eduardo Muñoa Fernández (1970). Poeta, narrador, dramaturgo y director artístico. Ha publicado el poemario Crónicas
del dado bailarín (1993). Obtuvo los premios Regino E. Boti, Tomás Savignon y Talleres Literarios Nacionales. Su producción
poética y dramática se encuentra dispersa en antologías y publicaciones periódicas de Cuba y otros países. Reside actualmente
en Quito, Ecuador.