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Vengan. Se acaba la paciencia
del que se ahoga, a buches. Siempre
es así, a pedazos, que se logran
o se deshacen las
cosas. La silla
de aluminio que suelta sus cuerdas plásticas
hilo por hilo. El pez muerto arrojado
en la arena,
y por lo tanto no es pescado,
suelta lentejuelas, vidrios, filigranas.
Vengan pronto. Se acaba la sorpresa que prepara
su
mesa para nosotros, que prendía la última vela
que le quedaba. La repisa fue la pista
donde aterrizó el polvo cansado
de girar.
He oído decir que hay una playa, la más hermosa,
la más azucarada. La playa del más.
Y en ella viven cangrejos también. No me lo han dicho,
pero se sobrentiende, porque de no ser así, no
me hubieran hecho el cuento de la playa del más.
Me hubiese
herido el que me pintaran ese cuadrito de cocoteros
curveados y oleaje turquesa, de caracoles estrafalarios
y piernas tostadas. Tiene que haber cangrejos también.
Aclaro: estoy contento aquí. Esta playa, de piedra
y uva caleta, no está mal. Está, al menos, limpia de cuentos.
Abridor de cartas. Lo oí perfectamente
aquí en mi hueco, al lado de la cerveza.
La mujer de la bikini roja piensa
que yo
sería un magnífico abridor de cartas.
Chik chik chik y a leer se ha dicho.
Cuentas y revisticas. Y la nota de despedida
que
el tipo que vino la semana pasada con ella
bostezando le va dejar sobre la coqueta
cualquier mañana de éstas. Por poco me
aplasta
cuando se tiró en la arena y ya era tarde,
y como ya no había nadie, la agarró y se dio banquete.
Chik chik chik,
pero ninguno de los dos —muertos de risa—-
se enteró que aquí abajo estaba Cangrejo, con miedo
y hundiéndose. Por suerte
la arena me acomoda.
Se parece al lenguaje. Lo único que no hay que abrir
nada para leerla. Nadie te la tiene que
dejar.
Cuando se le cayó esta camisa al hombre
que salía de la playa con novia y cerveza,
no se podía imaginar lo que yo haría
con este
trapo. Casita, laberinto suave.
Tienda de campaña, mono de nubes.
Naipe sin número, signo, o cara—
naipe en el tablero
de mi playa,
porque el que hace de sus encuentros
pertenencia soñada, se hace el único dueño,
el que tiende trampas a los trapos.
Ricardo Pau-Llosa (La Habana, 1954). Poeta, crítico de arte, editor y profesor. Reside en Estados Unidos desde 1960. Recibió la beca “Oscar B. Cintas” en 1984-85. Tiene una abundante obra poética en español y en inglés. Ha publicado los
poemarios Sorting Metaphors (1983), Bread of the Imagined (1992), Cuba (1993), Vereda Tropical (1999), The Mastery Impulse (2003)
y Parable Hunter (2008). Su obra ha aparecido en numerosas revistas literarias y ha sido incluida en The Carnegie Mellon Anthology
of Poetry y otras antologías. Ha sido comisario de destacadas exposiciones de pintura y escultura y es autor de varios libros
sobre artes visuales y artistas como Fernando de Szyszlo, Hugo Consuegra, Olga de Amaral, Rogelio Polesello, Rafael Soriano y otros. Los poemas que aquí publicamos pertenecen a su libro inédito Cangrejo. Reside en Miami. Para más información, véase
http://www.pau-llosa.com.