Pequeño: la aventura se termina
en el comienzo. No me toques. Vete.
El sueño que has perdido te somete
a la tribulación. Ya es tarde. Fina
como la nieve estoy en la colina
dejándome llevar por el grumete
que no eres tú ni la pobreza. Vete,
por
favor. No soporto la neblina
de esta tarde ridícula que azota
mi mejilla sin luz como una gota
oscura. El hombre es una sombra
huraña,
un aprendiz, un clown, un intruso
que se arriesga a mentir. Adiós, iluso
bufón, quédate solo en tu cabaña.
No te abandono. Soy un peregrino
y como tal regreso. En otra parte
que desconoces volveré a encontrarte
mostrándome el origen del camino.
No te abandono. Sólo te conmino
a una espera de siglos. Sin culparte
de ser causa y efecto del destino
ni de las sombras que disipa el Arte.
No
te abandono. Te acompaña el mundo
y esos torpes gigantes que confundo
con el aspa soberbia del molino
o viceversa. Espérame, Utopía.
Yo
siempre volveré de la agonía
a restaurar las piedras del camino.
Yo te recordaré por el abrazo
de la mentira y por el desaliento
no por el desamparo que lamento
ni por la incertidumbre del fracaso.
Recordar
es inútil. Lo prudente
es el olvido que, a merced de todo,
existe, aunque lo niegue de algún modo
un inmortal poema de Occidente.
Pero
yo voy a recordarte, amigo.
A pesar del abrazo y de la duda
inmemorial. Yo volveré a tu puerta
como el gozque sediento de tu abrigo.
Siempre
regresaré, libre y desnuda,
a galopar por tu ciudad desierta.
He venido a decir qué tiempo dura
la sucesión impávida del tiempo
porque bien sé que el tiempo es sólo tiempo
y su añoranza largo tiempo
dura.
He venido a decir que el tiempo es pura
invención de tus sueños a destiempo
para no resultar un contratiempo
de la memoria
eternamente oscura.
Entro en el tiempo como en el azogue
de un espejo flamante que asegura
mi pertenencia a su vulgar recinto.
Y
le doy vida al tiempo en la escritura
antes que el tiempo de una vez me ahogue
en su desmesurado laberinto.
Acuérdate de mí cuando se eleve
en el silencio tu infeliz plegaria
y déjame escuchar la temeraria
caída inexorable de la nieve.
Acuérdate
de mí si a veces llueve
sobre tu soledad imaginaria
que reduce mi nombre a la precaria
marioneta que un raro viento mueve.
Acuérdate
de mí que soy la duda
inmemorial y
que no comprende tu mortal pureza.
Cierra los ojos y no pienses. Lejos
yo te
estaré esperando en los espejos
como una sombra inútil que regresa.
Ronel González Sánchez (Cacocum, Holguín, 1971). Poeta y ensayista. Licenciado en Historia del Arte. Su primer
poemario, Si los gorriones olvidaran el cielo, data de 1989. Tiene publicados más de una veintena de volúmenes y su obra ha
recibido numerosas distinciones, entre ellas el Premio Iberoamericano Cucalambé en décima escrita (2006) y el Premio Nacional Eliseo
Diego de ensayo (2006). Entre sus libros recientes se destacan La furiosa eternidad (2000), El Arca de no sé (poesía para niños,
2001), Selva interior; estudio crítico de la poesía en Holguín (2002), La inefable belleza (2003), La sucesión sumergida (ensayos,
2006) y Atormentado de sentido: para una hermenéutica de la metadécima (décimas, 2007). Reside en Holguín, Cuba.