Con la presente edición doy por terminado el segundo ciclo de esta revista. A partir de ahora, Decir del Agua entra en un receso,
durante el cual me propongo atender otras tareas y proyectos que se han ido aplazando desde noviembre de 2002, cuando fundé esta publicación.
La historia de las revistas literarias es siempre, casi por definición, muy azarosa: si no tienen acogida, se esfuman en la ilusión; si la tienen, comienzan a exigir de los editores una dosis cada vez mayor de energías y de tiempo. Confieso sin ninguna falsa modestia que Decir del Agua está en el segundo caso: la revista ha tenido una creciente repercusión y, sobre todo en los últimos dos o tres años, ha ido calando en círculos y en públicos cada vez más diversos y complejos. El volumen de la correspondencia y de las colaboraciones recibidas no ha cesado de aumentar, reafirmando nuestro interés por reflejar en esta publicación la riqueza y la diversidad de la actividad poética en idioma español de los países latinoamericanos y de España, y en particular la obra de los autores más jóvenes. Al mismo tiempo, esos logros estimularon nuestra disposición a presentar también la poesía escrita en otras lenguas mediante traducciones encargadas especialmente para esta revista.
Me siento estimulado y satisfecho por esa respuesta de los lectores, por los elogios que he recibido y por la repercusión que esta
revista ha tenido en muchos medios. Con eso contaré primordialmente cuando llegue, por suerte, el momento de animarme
a reemprender la labor editorial.
Durante los seis años transcurridos, sacamos 23 entregas, quince en el primer ciclo (2002-2006)
y ocho en este segundo ciclo que hoy concluye. Al revisar ahora el contenido de esas entregas, no puedo dejar de reafirmarme
en la convicción de que la poesía en español que se escribe hoy en el mundo está imbuida de vigor, temeridad y experimentación,
de riesgos artísticos asumidos correctamente, de fe y arrojo vital. Si esta revista ha contribuido en algo a demostrarlo,
ese es ya un mérito que compensa ampliamente por las incontables horas de trabajo y de gestión editorial que estos años nos han
impuesto. Me siento contento y orgulloso de haber contribuido a difundir esa convicción de vitalidad poética entre los lectores
de tantos países.
No voy a entrar en estadísticas minuciosas, pero tampoco puedo resistirme a la tentación de resumir con satisfacción los triunfos
obtenidos. Por ejemplo, en los 23 números publicados se acogió la obra de más de 200 poetas y de más de 50 ensayistas y estudiosos
de la poesía en español, así como de profesores especializados y traductores de mérito. Presentamos numerosas secciones especiales
sobre la poesía escrita en diversas regiones y países como Ecuador, Andalucía, Brasil, Portugal, Argentina y Nuevo México, entre
otros, y dimos difusión a las obras de autores que nacieron en tres ciudades de mi país natal: Santiago de Cuba, Holguín
y Guantánamo, y también a las de los poetas que viven en Miami, una ciudad que en múltiples aspectos es cubana
y latinoamericana. Ilustramos nuestras entregas con las imágenes de reconocidos pintores, dibujantes y fotógrafos, entre ellos
Hugo Consuegra, Ernesto Briel, Baruch Salinas, Liliam Cuenca, Justo Luis García, Gladys Triana, Jesús Selgas, Néstor Arenas,
Waldo Balart, Lydia Rubio, Isabel Pavâo, Ofill Echevarría, Joherms Quiala y Lilia Luján. Además, preparamos homenajes a
poetas cubanos desaparecidos, como José Mario, Jorge Oliva, Roberto Valero, Amando Fernández y Juan Alonso, y secciones de reconocimiento
a escritores vivos de nuestro país, entre ellos Magaly Alabau, Antonio Desquirón Oliva, Maya Islas, Felipe Lázaro y Francisco Morán. En el acápite “La traducción y sus sorpresas” me siento honrado de haber presentado en español la obra extraordinaria
de autores como Czeslaw Milosz, Hart Crane, W. B. Yeats y Archibald MacLeish, entre otros. O sea, el saldo es altamente positivo,
y es fácil apreciarlo cuando se recorren todos los números publicados hasta ahora, que permanecerán en la red durante el receso anunciado
aquí. Los lectores podrán leer o releer esos textos en el momento en que lo necesiten.
No puedo concluir sin dejar
constancia de mi sincero y profundo agradecimiento a todos y cada uno de los autores que me han ayudado en esta tarea y que generosamente
brindaron sus obras y su talento para que la revista se hiciera realidad y se fuera realzando y enriqueciendo. Y desde luego,
hago extensivo ese agradecimiento a los miembros del Consejo Editorial, Juan Cueto-Roig, Germán Guerra y Jesús J. Barquet, quienes
en todo momento estuvieron dispuestos a dedicar su tiempo y sus esfuerzos a revisar y mejorar el contenido de la publicación. Mi gratitud va también a los corresponsales, que siempre nos apoyaron y nos facilitaron la tarea. A todos, muchas gracias. Nos volveremos a ver en las aguas cambiantes de la poesía.